“Hay una última cosa que deben saber. Mauricio no pudo construir esta red solo. Alguien de nuestra familia lo ayudó desde el principio.”
Renata se puso blanca.
Yo sentí que el final venía como un tren.
Mi padre dijo el nombre.
“Santiago Duarte.”
Mi abuelo.
El padre de mi madre.
El hombre que me enseñó a andar en bicicleta. El que nos llevaba churros los domingos. El que lloró en el funeral de mi mamá como si el mundo se hubiera acabado.
Pero mi abuelo llevaba muerto diez años.
—No entiendo —susurré.
En el video, mi madre continuó:
“Cuando mi papá murió, creí que todo había terminado. Pero antes de morir me confesó que había dejado un sucesor dentro de la familia. Alguien joven. Alguien que crecería sin sospechas. Alguien a quien podrían usar cuando llegara el momento.”
El cuarto quedó sin aire.
Mi mirada se fue, lentamente, hacia mi hijo.
Santiago dio un paso atrás.
—Mamá…
—No —dije antes de que nadie más hablara—. No.
Lucía bajó la vista.
Renata lloró.
Mariela giró apenas, pero no apuntó su arma. Todavía no.
Santiago levantó las manos.
—Yo no sabía todo.
Esa frase me mató más que una confesión completa.
—¿Qué sabías? —pregunté.
Su rostro se quebró.
—Que la empresa donde trabajo era de Aranda. Que me metieron ahí por recomendación de un socio de la familia. Que me pidieron información de tu vuelo. Me dijeron que era para cuidarte, para evitar que alguien más te siguiera. Yo… yo pensé que era por la venta, por la casa. No sabía lo del dinero.
—Les diste mi vuelo.
—Sí.
—Mi hotel.
No contestó.
—Santiago.
—Sí.
Sentí que el pecho se me abría por dentro.
—¿Y el mensaje? ¿Lo del maletero afuera?
—Eso fue real. Lo vi y entendí que me habían usado. Por eso fui a buscarte.
—Pero ya les habías dado todo.
Mi hijo lloró. Lloró como cuando era niño, pero yo no pude tocarlo.
Mariela pidió que se sentara. Él obedeció. No hubo esposas todavía, tal vez porque también era víctima, tal vez porque yo estaba a punto de caer en pedazos y ella lo notó.
Entonces escuchamos un aplauso lento desde el pasillo.
Mauricio Aranda entró como si aquella casa todavía le perteneciera. Traje gris, cabello blanco impecable, sonrisa de hombre acostumbrado a comprar silencios.
Detrás de él venían dos hombres armados.
—Qué bonito reencuentro familiar —dijo—. De veras. Me sacaron una lagrimita.
Los agentes de Mariela intentaron reaccionar, pero desde otra entrada aparecieron más hombres. Todo fue rápido, tenso, un círculo cerrándose.
Mauricio miró a Lucía.
—Siempre fuiste una decepción, mija.
Lucía no respondió.
Luego me miró a mí.
—Valeria Sandoval. Te pareces a tu papá cuando cree que todavía puede ganar.
—¿Dónde está? —pregunté.
Mauricio sonrió.
—Muerto, por supuesto.
Mentía.
No sé cómo lo supe. Tal vez por arrogante. Los hombres como Mauricio disfrutan mostrar trofeos, y si mi padre hubiera estado muerto, habría descrito cada detalle.
Lucía dio un paso al frente.
—Ya se acabó, papá.
Él soltó una carcajada.
—¿Con qué? ¿Con un videíto viejo? ¿Con unos archivos incompletos? ¿Con una policía que no va a salir viva de aquí si se pone necia?
Mariela no se movió.
—Señor Aranda, está cometiendo un error.
—Mi reina, llevo treinta años cometiendo errores que terminan en penthouses.
Entonces Santiago hizo algo que jamás olvidaré.
Se levantó despacio, con las manos aún visibles.
—El archivo no está incompleto.
Mauricio lo miró con fastidio.
—Siéntate, chamaco.
—No.
Mi hijo sacó su celular del bolsillo y lo puso sobre el escritorio.
—Cuando me pidieron la información de mi mamá, instalé un respaldo en su servidor. Al principio fue por miedo. Luego por culpa. Desde que llegamos a la casa, todo lo que se abrió en esa laptop se copió automáticamente y se mandó a tres correos programados.
Mauricio dejó de sonreír.
Santiago tragó saliva.
—Uno a fiscalía. Uno a un periodista. Y uno a Renata.
Renata levantó su celular, que acababa de vibrar.
Archivo recibido.
Por primera vez, Mauricio pareció viejo.
Muy viejo.
Luego ocurrió el caos.
Uno de sus hombres levantó el arma. Mariela disparó primero, no al cuerpo, sino a la lámpara sobre ellos. El cuarto explotó en oscuridad y chispas. Santiago me empujó al suelo. Lucía jaló a Renata detrás del escritorio. Gritos. Pasos. Cristal rompiéndose. El olor metálico del miedo.
No sé cuánto duró.
Tal vez veinte segundos.
Tal vez una vida.
Cuando las luces de emergencia se encendieron, rojas y débiles, Mauricio estaba de rodillas con Mariela apuntándole. Sus hombres habían sido reducidos por los refuerzos que entraron por el patio trasero.
Santiago tenía sangre en la ceja, pero estaba vivo.
Renata temblaba entre los brazos de Lucía.
Yo me levanté con las piernas flojas, buscando aire.
—¿Mi papá? —le pregunté a Mauricio.
Él me miró con odio.
—No sabes cuándo dejar de preguntar.
—¿Dónde está?
Lucía se acercó a él.
—Diles.
Mauricio escupió al piso.
—Pregúntenle a Camila.
—Camila está muerta —dije.
Y él sonrió.
Esa sonrisa fue el verdadero disparo.
—¿Eso les dijo?
Nadie respiró.
Renata se llevó una mano al pecho.
—No.
Mauricio soltó una risa baja.
—Ay, mis niñas. Su mamá siempre fue la mejor actriz de esta familia.
Mariela lo sujetó, pero él ya había logrado lo que quería: destruir el piso bajo nuestros pies.
Horas después, cuando Mauricio fue trasladado y la casa quedó rodeada de patrullas, Mariela recibió una llamada. Se apartó al patio, escuchó, hizo dos preguntas y volvió con una expresión que nunca le había visto.
—Encontraron una propiedad ligada a Aranda en Valle de Bravo —dijo—. Había un cuarto médico clandestino.
Renata se puso de pie con esfuerzo.
—¿Mi papá?
Mariela me miró a mí.
—Encontraron a un hombre. Muy débil. Coincide con la edad de Alejandro Sandoval. Lo están trasladando.
Me tapé la boca.
Mi padre estaba vivo.
Treinta y cinco años de ausencia, odio, preguntas. Vivo.
Pero Mariela no había terminado.
—También encontraron a una mujer.
El patio entero se quedó mudo.