—¿Por qué cambiarían solo una chapa antes de cambiar todas? —pregunté, aunque la respuesta ya estaba flotando entre nosotros.

El cerrajero miró hacia la cocina.

—Tal vez porque necesitaban una llave primero.

No dije nada. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Subí corriendo las escaleras, agarrándome del barandal como una mujer de noventa años.

En mi recámara, el aire olía a lavanda y madera encerada. Abrí el clóset. La caja fuerte seguía ahí, empotrada en el fondo, intacta, con su teclado negro apagado. Tecleé la clave. Sonó el pitido familiar. Dentro estaban las joyas de mi madre, unos dólares de emergencia y el reloj de Mauricio.

Respiré.

Pero entonces me acordé del escritorio.

El escritorio de cedro donde guardaba los documentos “no tan delicados” porque, según yo, nadie buscaría ahí.

Me arrodillé frente al cajón inferior. Tiré de la manija.

Vacío.

No desordenado. No revuelto.

Vacío.

Mi pasaporte no estaba.

Mi acta de nacimiento no estaba.

Las pólizas del seguro no estaban.

Las escrituras de la casa de Cuernavaca no estaban.

Los certificados médicos no estaban.

La carpeta azul con los papeles del fideicomiso de Mauricio no estaba.

Me quedé mirando el fondo de madera del cajón como si en él pudiera aparecer una explicación.

Abajo sonó el timbre.

Una vez.

Luego otra.

El cerrajero gritó desde la entrada:

—Señora… llegó una licenciada.

Me asomé por la ventana de la recámara. Un sedán negro estaba estacionado detrás del camión. De él bajó una mujer alta, de traje gris, con lentes oscuros y una carpeta bajo el brazo.

No era Renata.

Pero cuando se acercó a la puerta, el cerrajero dijo algo que me heló por completo.

—Ella también vino la vez pasada.

Bajé lentamente, con una mano pegada al muro. La mujer me esperaba en la entrada, impecable, con esa seguridad de los abogados que han aprendido a decir cosas horribles sin mover una pestaña.

—Señora Valeria Mendoza —dijo—. Soy la licenciada Camila Arriaga.

—¿Qué quiere?

Abrió la carpeta.

Alcancé a leer la portada.

Solicitud de incapacidad legal.

Mi garganta se cerró.

—¿Incapacidad de quién?

Ella me miró con una mezcla de lástima y cálculo.

—Su familia inició un procedimiento preventivo para proteger su patrimonio y su integridad.

—Mi familia soy yo.

—Su hijo Alejandro Mendoza y su esposa Renata figuran como solicitantes.

—Mi hijo no firmó eso.

—Tenemos documentos.

—Mi hijo está incomunicado.

—Precisamente por eso se presentó una autorización previa.

Quise reírme, pero me salió un sonido roto.

—Usted no va a entrar a mi casa.

—No necesito entrar, señora. Solo debo notificarla.

Me extendió un sobre manila.

No lo tomé.

—Váyase.

—Tiene una audiencia programada en setenta y dos horas. Si no se presenta, el juez puede resolver con los elementos disponibles.

—¿Qué elementos?

La licenciada metió la mano en la carpeta y sacó unas hojas.

—Reportes médicos. Testimonios. Evidencia de conducta errática. Riesgo de abandono del inmueble. Posible deterioro cognitivo.

Cada palabra era una bofetada limpia.

—Eso es mentira.

—Podrá argumentarlo en audiencia.

—¿Quién presentó esos testimonios?

Por primera vez, Camila Arriaga titubeó.

—Familiares directos y personal cercano.

Personal cercano.

Pensé en Estela, mi empleada de toda la vida, que se había ido a Puebla dos semanas antes porque, según Renata, su hermana estaba enferma. Pensé en el jardinero nuevo que Renata había recomendado. Pensé en las llamadas perdidas del banco que yo no contesté porque estaba en fisioterapia.

Todo empezó a acomodarse con una crueldad insoportable.

—¿Dónde está mi hijo? —pregunté.

La licenciada cerró la carpeta.

—Eso debería preguntárselo a su nuera.

La miré fijo.

—Usted sabe algo.

—Señora, le recomiendo conseguir representación legal.

—Yo tenía un abogado.

—El licenciado Rivas falleció hace tres años.

—Su hijo trabajaba con él.

—El hijo del licenciado Rivas ya no lleva asuntos familiares.

Mentira.

Daniel Rivas, hijo de mi abogado, me había ayudado con unas escrituras apenas el año pasado.

La licenciada me estaba midiendo. Quería ver si yo dudaba de mi propia memoria.

Y casi lo logró.

Cerré la puerta en su cara.

Luego hice lo que cualquier madre desesperada haría: llamé a mi hijo.

Una vez. Dos veces. Diez veces.

Nada.

Llamé al hotel de Baja California donde supuestamente se hospedaba con sus amigos. Me dijeron que no había ninguna reservación a nombre de Alejandro Mendoza.

Llamé a Santiago, su mejor amigo, el compañero de pesca de toda la vida.

—¿Qué onda, Valeria? —contestó con voz somnolienta.

—Santiago, ¿estás con Alejandro?

—¿Con Alejandro? No, ¿por?

—¿No se fueron a pescar?

—No, señora. Yo estoy en Monterrey desde el lunes.

El celular se me resbaló de la mano.

Mi hijo no estaba pescando. Mi hijo estaba desaparecido.

Durante treinta segundos no pude respirar. Luego me obligué a moverme. Cerré la puerta con llave —la única que todavía controlaba— y empujé un sillón contra la entrada trasera. El chofer de mudanzas ya se había ido después de firmar mi negativa. El cerrajero se quedó en la banqueta, como si su conciencia no le permitiera marcharse.

—Señora —me dijo desde afuera—, ¿quiere que llame a la policía?

—No.

No confiaba en nadie todavía.

Busqué mi bolsa, mis lentes, las llaves del coche. Pero antes de salir, vi algo en el piso junto al escritorio del recibidor: una tarjeta caída detrás de la maceta de barro.

Era del jardinero nuevo.

“Servicios integrales de mantenimiento”.

Atrás, escrito a mano, había un número.

No sé por qué lo marqué.

Contestó una voz masculina.

—¿Bueno?

—¿Quién habla?

Silencio.

Luego un susurro.

—Doña Valeria.

—¿Quién eres?

—Soy Tomás, el jardinero.

—¿Dónde están mis documentos?

Respiró agitado.

—Yo no quería meterme.

—¿Dónde están?

—No puedo hablar. Me están vigilando.

—¿Quién?

—Su nuera no trabaja sola.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Dónde está Alejandro?

Tomás se quedó callado.

—Dime dónde está mi hijo.

—Bodega 14.

—¿Qué bodega?

—La de Azcapotzalco. A donde iban a llevar sus cosas.

Y colgó.

No pensé. No recé. No lloré.

Tomé el coche y manejé.