—Al principio sí. Luego pensé que podía amarte. A ratos hasta lo creí. Pero cada Navidad, cada comida familiar, cada vez que tu madre hablaba de “lo mucho que Mauricio nos dejó”, yo veía la cara de mi mamá tragándose su rabia.
—¿Y por eso me quieres destruir? —pregunté.
—No. Por eso vine a recuperar lo que nos robaron.
—Yo no te robé nada.
—Usted disfrutó todo.
—Yo no sabía.
—Qué cómodo no saber.
Sus palabras me golpearon porque no eran completamente mentira. Yo había amado a Mauricio con una devoción ciega. Había ignorado sus silencios, sus viajes repentinos, sus llamadas que contestaba en el jardín. Había elegido creer en el hombre que me besaba la frente, no en las sombras que dejaba detrás.
Pero una cosa era el pecado de un muerto. Otra, la crueldad de los vivos.
—Pudiste venir a hablar conmigo —dije.
—¿Para qué? ¿Para que me ofreciera una disculpa con té de manzanilla?
—Para saber la verdad.
Renata rió.
—La verdad nunca le ha importado a la gente como ustedes. Solo les importa cuando les toca perder.
Entonces escuchamos otro ruido afuera.
Un motor.
Puertas cerrándose.
Voces.
Renata giró, molesta.
—¿A quién llamaste?
—A nadie —dije.
Entraron dos policías ministeriales, seguidos por Daniel Rivas, el abogado joven que la licenciada había jurado que ya no llevaba asuntos familiares.
Y detrás de ellos venía Estela, mi empleada de toda la vida, con los ojos rojos y una bolsa de mandado apretada contra el pecho.
—Doña Valeria —dijo Daniel—, ¿está bien?
Renata retrocedió.
—Esto es una propiedad privada.
Daniel levantó una orden.
—También es el lugar donde se están resguardando ilegalmente documentos personales, y posiblemente donde se cometió privación ilegal de la libertad.
Alejandro señaló la puerta.
—Me encerraron aquí.
Renata lo miró con odio.
—No seas ridículo.
Estela avanzó un paso.
—Yo vi cuando Tomás recibió la orden de trabar la puerta.
Renata la fulminó.
—Tú deberías estar en Puebla.
—Nunca me fui a Puebla —dijo Estela—. Me escondí en casa de mi prima porque usted me amenazó.
Yo la miré, confundida.
—Estela…
Ella rompió en llanto.
—Perdóneme, señora. Me quitaron las llaves, copiaron papeles, me hicieron firmar cosas. Dijeron que si hablaba iban a acusar a mi hijo de robo.
Daniel se acercó a mí.
—Señora Valeria, necesito que escuche esto con calma. Hace tres semanas Estela vino a mi oficina. Me contó que algo raro pasaba. Empezamos a revisar movimientos, órdenes de servicio, solicitudes judiciales. El problema era que no teníamos una prueba directa.
—¿Y ahora?
Daniel miró hacia la esquina de la bodega.
Uno de los policías caminó hasta una cámara pequeña, escondida entre cajas.
—Ahora sí.
Renata palideció.
—Esa cámara no es mía.
—No —dijo Daniel—. Es de Tomás.
Como si lo hubieran invocado, Tomás apareció en la entrada, escoltado por otro policía. Venía con la cara golpeada y el labio partido.
—Perdón, doña Valeria —dijo—. Al principio trabajé para ellos. Luego vi que iban por todo.
—¿Ellos?
Tomás miró a Renata.
—Renata y la licenciada Arriaga.
Camila Arriaga.
Mi cabeza empezó a hilar más rápido.
—¿Dónde está ella?
Nadie contestó.
Renata, por primera vez, perdió la compostura.
—Ustedes no entienden nada. Esto empezó antes de mí.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Renata soltó una risa quebrada.
—¿No se los contó Mauricio? Claro que no.
Sacó de su bolsillo una memoria USB y la levantó como si fuera una granada.
—Aquí está todo.
Un policía intentó quitársela, pero ella retrocedió.
—No. Primero quiero que ella sepa.
Me señaló.
—Usted cree que yo soy el monstruo porque llegué a quitarle su casita, sus papeles, sus seguridades. Pero la verdad es que Mauricio ya había planeado quitarle todo mucho antes de morirse.
—Cállate —dijo Alejandro.
—No, mi amor. Ahora sí vamos a hablar claro.
Renata conectó la memoria a una laptop que estaba sobre la mesa. Daniel no la detuvo. Quizá porque también quería saber. Quizá porque todos sentimos que ya no había vuelta atrás.
Apareció un video.
La imagen era vieja, granulada, grabada en lo que parecía un despacho. Mauricio estaba sentado frente a una mujer joven: Camila. Pero no parecía amante abandonada. Parecía socia.
Mauricio habló mirando a la cámara.
“Si algo me pasa, Camila conserva copia del acuerdo. Valeria no debe tener control absoluto del patrimonio. Es emocional, impulsiva, incapaz de manejar una crisis. Alejandro será fácil de orientar cuando llegue el momento. La hija de Camila puede entrar a la familia por él. Así aseguramos continuidad.”
Sentí que el mundo se abría debajo de mis pies.
El video siguió.
Camila preguntó: “¿Y si Valeria sospecha?”
Mauricio sonrió.
“Valeria nunca sospecha. Ese es su talento.”
No grité.
No lloré.
Algo dentro de mí se quedó quieto, más allá del dolor.
Renata miraba la pantalla con lágrimas furiosas.
—Yo crecí creyendo que ese video era prueba de que él nos debía algo. Mi mamá me dijo que yo tenía que recuperar lo nuestro. Pero hace dos meses entendí otra cosa.
—¿Qué? —pregunté.
Renata tragó saliva.
—Que mi mamá no fue víctima. Fue cómplice.
Camila Arriaga entró en ese momento por la puerta lateral.
Traía una pistola pequeña en la mano.
Todo ocurrió en segundos. Los policías gritaron. Alejandro me jaló hacia atrás. Renata se quedó congelada, como niña sorprendida rompiendo un plato.
—Suelta eso, Camila —ordenó Daniel.
Camila no miró a nadie más que a Renata.
—Te dije que no trajeras a Valeria.
—Me mentiste —dijo Renata.
—Te protegí.
—Me usaste.
Camila rió con una frialdad que me recordó a Mauricio en el video.
—Todos usamos a alguien, hija. Bienvenida a la vida real.
La pistola temblaba en su mano, no por miedo, sino por rabia.
—Mauricio prometió dejarme la mitad de todo. Luego quiso echarse para atrás. Se murió antes de firmar. Y esta señora se quedó con lo que era mío.
—No era tuyo —dije, con una calma que ni yo entendí—. Tampoco era completamente mío. Pero no era tuyo.
Camila me apuntó.
—Usted no sabe nada.