Pero lo había comprado porque sabía cómo mantenerlo vivo.
Inés, la propietaria, era hermana del difunto padre de Beatriz. Había fundado el hotel con él, aunque el inmueble y la empresa habían quedado a su nombre. Beatriz administraba el negocio desde hacía quince años y hablaba de él como si le perteneciera.
Cuando Inés anunció su retiro, mi suegra dio por hecho que nadie se atrevería a cambiar nada.
Yo hice una oferta.
Inés no me regaló un peso. Revisó mis cifras, rechazó mi primera propuesta y me obligó a aumentar la reserva para reparaciones. Aceptó financiar una parte del precio; el banco cubriría otra, y yo comprometería todo lo que tenía.
Por petición suya, la negociación se mantuvo reservada hasta la firma. Quería evitar presiones familiares.
Aquella mañana se había cerrado la operación.
Aquella noche debían anunciarla.
Yo había llegado esperando hablar primero con mi esposo. Lo busqué antes de la recepción, pero estaba ocupado con su madre. Después Beatriz vio mi vestido, decidió que yo arruinaba su fotografía y me cerró el paso frente a los invitados.
Ahora el champán empezaba a secarse sobre mi piel.
El señor Salcedo se acercó al micrófono.
“Les pido un momento de atención”.
Beatriz se volvió hacia él, recuperando de inmediato su sonrisa.
“Por supuesto. Por fin una noticia importante”.
Salcedo abrió el sobre.
“Esta mañana concluyó la compraventa del Hotel Santa Aurelia, incluyendo el inmueble y la totalidad de las acciones de la empresa que lo opera”.
Gabriel dejó de mirarme.
El notario continuó:
“La nueva propietaria es la señora Elena Ruiz”.
Beatriz no soltó la copa.
La apretó tanto que vi blanquearse sus nudillos.
Y Gabriel, por primera vez en toda la noche, dio un paso hacia mí.
## Parte 2: Las llaves no borran lo ocurrido
“¿Qué está diciendo?”
La pregunta de Gabriel me llegó antes de que terminara el murmullo de los invitados.
El señor Salcedo bajó el documento.
“Lo que consta en la operación que ambas partes firmaron hoy”.
Beatriz avanzó hacia él.
“Debe haber un error. Inés no puede haber hecho esto sin consultarme”.
Desde la mesa junto a las ventanas, Inés se puso de pie con ayuda de su bastón. Llevaba un vestido negro sencillo y un broche de plata que yo había visto durante todas nuestras reuniones.
“Te avisé que iba a vender, Beatriz”.
“A mí me dijiste que estabas escuchando propuestas”.
“Y escuché una que podía cumplir”.
Mi suegra giró hacia mí.
“¿Con qué dinero?”
La pregunta salió con tanto desprecio que varias personas bajaron la mirada.
“Con un crédito, una parte financiada por la vendedora y recursos míos”, respondí.
“¿Recursos tuyos?”
“Sí”.
Gabriel se acercó lo suficiente para hablar sin que lo escuchara todo el salón.
“Vendiste la bodega”.
No era una pregunta.
“Te lo dije hace seis meses”.
“Me dijiste que estabas resolviendo asuntos de tu papá”.
“Y cuando intenté explicarte cuáles, me pediste que no te aburriera con trámites”.
Apartó la mirada.
Recordó. Lo vi en la manera en que apretó los labios.
Beatriz quiso tomar el documento, pero Salcedo lo mantuvo fuera de su alcance.
“Las copias correspondientes se entregarán por los canales acordados”.
“Yo dirijo este hotel”.
“Hasta ahora”, dijo Inés. “La compraventa contempla una transición. Elena decidirá cómo se lleva a cabo”.
La gente comenzó a acercarse para felicitarme.
Algunos estaban sinceramente sorprendidos. Otros parecían ansiosos por demostrar que no habían visto lo sucedido. Un hombre que había sonreído cuando me cayó el champán me estrechó la mano y dijo que siempre había sabido que yo llegaría lejos.
Retiré la mano con suavidad.
“Necesito cambiarme”.
Fue Teresa quien me llevó al cuarto de blancos.
Allí, lejos del perfume de los invitados, el hotel olía a jabón caliente y sábanas planchadas. Me senté en una silla de plástico mientras ella buscaba una blusa limpia entre las prendas que las empleadas dejaban para emergencias.
“No tengo nada de tu talla”, dijo.
“Una camisa grande está bien”.
Me trajo una del uniforme de mantenimiento.
Al quitarme el vestido, vi el borde rojo que la costura había dejado debajo de mi vientre. No estaba lastimada, pero me temblaban las piernas.
Teresa cerró la puerta.
“Ahora sí puedes llorar, si quieres”.
Aquello me hizo más daño que la copa.
Lloré sin ruido, con la cara entre las manos. Teresa no me habló de lo fuerte que era ni de lo mucho que iba a ganar. Se quedó sentada junto a mí hasta que pude respirar parejo.
Después me preguntó:
“¿Vas a despedirnos?”
Levanté la cabeza.
“No”.
“Hay gente diciendo que van a cerrar para convertirlo en departamentos”.
“Eso no está en mi plan”.
“Entonces dilo pronto. La gente está asustada”.
Tenía razón.
Mientras yo trataba de acomodar mi dolor, otros estaban calculando si podrían pagar la renta el próximo mes.
Salí con la camisa gris y el vestido doblado dentro de una bolsa. Busqué al jefe de cocina, a Teresa y al encargado de mantenimiento.
“El hotel seguirá funcionando”, les dije. “No hay un plan de despedir al personal. Mañana tendremos una reunión para explicar los cambios”.
El encargado de mantenimiento, Julián, cruzó los brazos.
“¿Y las reparaciones?”
“Las vamos a revisar una por una”.
“Eso nos dicen cada año”.
No me ofendí. Yo misma había escuchado esas promesas.
“Entonces no me crean esta noche. Vean lo que hacemos”.
Gabriel me esperaba junto al despacho de dirección.
“Tenemos que hablar”.
“Sí”.
Entramos. Beatriz ya estaba allí.
Sobre el escritorio descansaba el llavero del hotel: cinco llaves y una pequeña placa de bronce con el nombre Santa Aurelia.
Mi suegra lo cubrió con la mano.
“Te has metido en algo que no entiendes”.
“Por eso llevo meses estudiándolo”.
“Comprar una empresa no te convierte en directora”.
“Lo sé”.
Mi respuesta la desconcertó más que una amenaza.
Abrí mi carpeta.
“Había previsto treinta días de transición contigo. Después de esta noche, no voy a trabajar sola a tu lado. A partir de mañana, cualquier pago necesitará una segunda autorización y un administrador externo revisará los pendientes”.