Gabriel frunció el ceño.
“¿Vas a humillarla delante del personal?”
Lo miré.
“Estoy hablando de controles de dinero”.
“Sabes a qué me refiero”.
“Sí. Y tú sabes lo que pasó delante de los invitados”.
Beatriz empujó la silla hacia atrás.
“No voy a rendirle cuentas a una empleada”.
“Entonces podemos acordar tu salida conforme al contrato”.
El aire del despacho cambió.
No había gritado. No había pedido que se arrodillara. Sólo había pronunciado una consecuencia que no podía descartar con una sonrisa.
Gabriel me pidió unos minutos a solas.
Su madre salió y cerró con fuerza.
Él se sentó enfrente de mí.
“¿Por qué no confiaste en mí?”
La pregunta me dolió porque había una parte cierta en ella.
“Debí decirte antes de firmar”, admití. “Lo pensé muchas veces. Pero cada vez que hablaba de trabajar, tú me respondías que esperara, que no molestara a tu mamá, que me concentrara en el embarazo”.
“Soy tu esposo”.
“Por eso quería que me escucharas”.
Se quedó viendo la bolsa donde había guardado el vestido.
“Lo de la copa estuvo mal”.
Esperé.
“Pero tú también llevabas meses preparando algo a nuestras espaldas”.
No había podido terminar una disculpa sin cobrarme otra.
“Lo que hice puede discutirse”, dije. “Lo que hizo tu madre también. Una cosa no paga la otra”.
Esa noche no regresé a casa con él.
Me fui al departamento de mi amiga Lucía, a quien había pagado durante meses para que revisara conmigo los presupuestos. Ella era contadora, no inversionista, y había sido la primera en decirme que mis cifras necesitaban menos entusiasmo y más reservas.
Me recibió con una cobija y dos platos de arroz.
“No tomes decisiones grandes hoy”, me aconsejó.
“Ya compré un hotel”.
“Entonces deja las demás para mañana”.
A la mañana siguiente volví al Santa Aurelia.
El administrador externo debía llegar a las diez. Antes, Teresa dejó una carpeta sobre mi escritorio.
“Esto estaba en los pendientes de proveedores”.
Adentro había una factura de reparación de la caldera marcada como pagada.
Recordé el número. Lo había revisado en los documentos de la compra.
Llamé a Julián.
Él leyó la factura y negó con la cabeza.
“Ese trabajo nunca se hizo”.
Sentí un peso distinto bajo las costillas.
La compra estaba cerrada. El dinero ya estaba comprometido.
Y yo acababa de descubrir que una de las cifras en las que había confiado era falsa.
## Parte 3: Lo que Gabriel había firmado
No fui a buscar a Beatriz con la factura en la mano.
La Elena de otros años lo habría hecho. Habría entrado a su despacho intentando demostrar que no era tonta y habría salido con una explicación a medias, una culpa nueva y una orden de no volver a cuestionarla.
Esta vez llamé al proveedor.
El hombre que contestó tardó en encontrar el folio. Después me dijo que aquella factura correspondía a un anticipo para una casa particular.
“¿Qué dirección?” pregunté.
La reconocí antes de que terminara.
Era la casa de Beatriz.
Pedí que me enviara por escrito el alcance del trabajo y el comprobante que tenía registrado. Cuando colgué, Lucía estaba sentada al otro lado del escritorio.
“No sabemos todavía cuánto hay”, dijo.
“Sabemos qué hizo”.
“Sabemos lo de esta factura. No mezcles todo antes de revisar”.
Me obligó a respirar.
El administrador externo, Ramiro, llegó con una libreta y una lista de accesos que necesitaba. No era un hombre dispuesto a impresionarse por mi historia familiar.
“Si quieren que revise cuentas, necesito cuentas completas”, dijo. “Si quieren que les dé la razón, busquen a otra persona”.
Le entregué la factura.
Durante los días siguientes encontramos pagos de pintura, carpintería y equipo de cocina cargados al hotel. Algunos trabajos existían, pero sus importes incluían materiales que habían terminado en la casa de Beatriz.
No era un saqueo espectacular.
Era una costumbre.
Un gasto aquí, otro allá, una factura dividida de manera conveniente. Lo suficiente para vaciar las reservas de mantenimiento y obligar al personal a trabajar con aparatos que fallaban.
La firma de Gabriel aparecía en seis autorizaciones.
Lo llamé y le pedí que fuera al hotel.
Llegó al final de la tarde, con el cansancio visible en la cara. Yo había estado durmiendo mal y tenía los tobillos hinchados. Nos sentamos en una mesa del restaurante antes de que comenzara la cena.
Puse las copias frente a él.
“Necesito que me expliques esto”.
Revisó la primera.
Luego la segunda.
“Son gastos de mi mamá”.
“Pagados por el hotel”.
“Hay cosas que siempre se han manejado así”.
Aquella frase me dio más miedo que una mentira.
“¿Tú sabías?”
“Sabía que algunas facturas incluían trabajos de la casa. No sabía que fueran tantas”.
“¿Y por qué las firmaste?”
Dejó los papeles sobre la mesa.
“Porque ella ha trabajado aquí toda su vida. Nunca cobró lo que debía cobrar”.
“Tenía un sueldo. Lo revisé”.
“Un sueldo no refleja todo”.
“Entonces podía negociar otro. No cargar sus muebles como reparaciones de habitaciones”.
Gabriel se recargó en la silla.
“Hablas como si fuera una delincuente”.
“Estoy hablando de dinero que falta”.
Un mes antes, Julián había pedido cambiar una tubería y Beatriz le había dicho que no alcanzaba. Teresa había recibido sólo una parte del pago de horas extras. La diferencia no era abstracta: estaba en el techo manchado del tercer piso y en las cuentas domésticas de las personas que seguían trabajando allí.
Gabriel bajó la voz.
“¿Qué vas a hacer?”
“Que devuelvan lo que corresponde”.
“¿Y si no pueden?”
“Primero necesito saber cuánto es”.
“Elena, es mi madre”.
Puse una mano sobre el vientre.
“Y ésta es nuestra hija. No voy a pagar durante años una deuda mayor para cubrir cosas que no compré”.
Él extendió la mano hacia mí. No la tomé.
“Podemos resolverlo en familia”.
“Lo estamos intentando. Pero resolverlo no significa esconderlo”.
A la mañana siguiente, Beatriz no se presentó.
En cambio, llamó a varios proveedores para decirles que la nueva dirección estaba suspendiendo pagos y que convenía exigir anticipos. Dos entregas se retrasaron antes del mediodía.