Y una placa enrollada de metal delgado, como una cinta.
Santiago la tomó con cuidado.
—Es una microplaca médica antigua. Se usaba para archivar códigos de muestra.
—¿Puede leerse? —pregunté.
—Con equipo especializado.
—¿Dónde?
El abogado dudó.
—En el archivo de Abarca. La clínica cerró hace décadas, pero el inmueble sigue en pie. La Fundación lo conserva como museo médico privado.
Paula soltó una carcajada incrédula.
—Claro. Porque esto no podía ponerse más de película.
Fuimos esa misma noche.
La antigua clínica Abarca estaba en la colonia Roma, detrás de una fachada porfiriana con balcones de hierro y cantera gris. Por fuera parecía una casa elegante abandonada. Por dentro olía a humedad, madera vieja y desinfectante fantasma.
Santiago tenía una llave.
—No pregunten —dijo.
—Ya vamos bastante tarde para eso, licenciado —le respondí.
Entramos.
El archivo estaba en el sótano, detrás de una puerta metálica. Había estantes con cajas numeradas, expedientes, frascos vacíos, fotografías médicas. Todo cubierto por una capa de polvo.
Paula encontró primero el lector antiguo, una máquina pequeña conectada a una lámpara. Santiago colocó la microplaca con manos expertas.
La luz parpadeó.
Aparecieron códigos en una pantalla diminuta.
Santiago buscó en un directorio impreso, pasando hojas amarillas.
—Muestra R-1966-A… Muestra R-1966-B…
Su voz se apagó.
—¿Qué dice? —pregunté.
No contestó.
Le arranqué la hoja.
Había dos columnas.
Miriam Reed: compatibilidad materna Teresa Luján. Compatibilidad paterna Harold Reed.
Paula Reed: compatibilidad materna Teresa Luján. Compatibilidad paterna Harold Reed.
Parpadeé.
—No entiendo.
Paula se acercó.
—Las dos somos hijas de Teresa y Harold.
—Entonces Harold mintió.
Santiago tomó otra hoja con la mano temblorosa.
—No. Hay una tercera muestra.
Abajo, casi borrado, decía:
Producto C: femenino. Entregado a Elena Morales. Compatibilidad paterna Julián Abarca. Compatibilidad materna Teresa Luján. Estado: vivo. Nombre asignado: Paula Reed.
Paula dejó de respirar.
—Pero arriba dice que yo soy hija de Harold.
Santiago pasó páginas con desesperación.
—Hay doble registro.
Yo vi una nota manuscrita al margen.
La leí antes que ellos.
Intercambio realizado por T.L. la noche del 24 de diciembre de 1966.
T.L.
Teresa Luján.
Mi madre.
Debajo había otra línea:
Miriam y Paula no son gemelas. Son trillizas.
El sótano entero pareció hundirse.
—No —dije.
Pero la verdad ya estaba ahí, escrita en tinta vieja.
Había una tercera niña.
Una tercera hija de Teresa.
Una niña nacida del engaño de Abarca.
Una niña entregada a Elena.
Paula empezó a temblar.
—Entonces yo…
Santiago revisó los registros.
—No sabemos cuál registro corresponde a cuál bebé después del intercambio.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Que Teresa cambió las identidades.
La lámpara zumbó sobre nuestras cabezas.
Encontré otro sobre pegado debajo de la caja del archivo. Tenía mi nombre. No Miriam. No Paula.
Decía:
Para mis hijas, cuando las tres estén listas.
Las tres.
Dentro había una fotografía.
Tres bebés sobre una cama blanca. Mi madre al centro. Elena a un lado. Y al otro lado, una joven de rostro duro, bata médica, cabello recogido.
Volteé la foto.
Camila Abarca.
Paula susurró:
—¿Quién es Camila?
Santiago se puso lívido.
—La directora actual de la Fundación Abarca.
En ese momento, las luces del sótano se encendieron de golpe.
Una voz femenina habló desde la escalera.
—Qué bueno que por fin llegaron.
Nos volvimos.
Una mujer de nuestra edad bajaba lentamente. Alta, elegante, cabello canoso recogido, piel miel, ojos oscuros, cejas fuertes.
Mi reflejo.
El reflejo de Paula.
Pero más frío.
—No manchen —murmuró Paula.
La mujer sonrió.
—Hola, hermanas.
Santiago retrocedió.
—Doctora Abarca.
—Camila —corrigió ella—. Después de todo, estamos en familia.
Yo apreté la esfera blanca.
—¿Tú sabías?
—Por supuesto.
—¿Desde cuándo?
Camila bajó el último escalón.
—Desde siempre.
Paula lloraba sin sonido.
—¿Eres la tercera?
Camila la miró con una ternura falsa.
—No, Paula. Tú eres la tercera.
El golpe fue brutal.
—Mentira —dijo Paula.
Camila sacó un expediente nuevo, impecable, de una carpeta blanca.
—Teresa intercambió a las bebés para proteger a la hija de Abarca. Pensó que si Harold creía que la niña ilegítima estaba perdida, no la buscaría. Elena aceptó criarla. Pero Elena se equivocó de bebé aquella noche.
Santiago murmuró:
—No puede saber eso.
—Claro que puedo. Yo hice las pruebas hace años.
Camila me miró.
—Miriam es hija de Harold y Teresa.
Luego miró a Paula.
—Tú eres hija de Harold y Teresa.
Se tocó el pecho.
—Y yo soy hija de Teresa y Julián Abarca.
Paula soltó el aire como si la hubieran apuñalado.
—Entonces eres nuestra media hermana.
Camila sonrió más.
—No exactamente.
Se acercó al lector y apagó la lámpara.
—Julián Abarca no era mi padre.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté.
Camila abrió un cajón metálico y sacó una última esfera. Negra. De vidrio brillante. Sin estrellas.
La dejó sobre la mesa.
—Mi padre fue Harold Reed.
—Acabas de decir—
—Dije lo que los registros decían. Pero los registros fueron alterados por Teresa, por Elena, por Harold y por Julián, cada quien para proteger su propia versión. Todos mintieron. Todos. Menos la ciencia.
Sacó una prueba genética moderna.
—Hace diez años exhumé restos de Julián Abarca. No comparto sangre con él. Comparto sangre con Harold. Y con ustedes.
Paula se agarró del estante.
—Entonces somos trillizas.
Camila negó lentamente.
—No.
Yo ya no podía más.
—Habla claro de una vez.
Camila me miró con una tristeza real por primera vez.
—Ustedes dos sí nacieron en 1966. Yo nací en 1965.
—Eso es imposible —dije.
—No. Lo imposible fue lo que hicieron después.
Abrió la esfera negra. Dentro había una grabación en cinta miniatura, vieja. Santiago encontró una grabadora en el archivo. No pregunté por qué todo parecía esperando nuestra llegada. Quizá porque lo estaba.
La cinta sonó con estática.
Luego apareció la voz de mi madre.
Joven. Rota.
Harold, por favor. No puedes hacer esto.
La voz de mi padre respondió, fría.
Ya está hecho. Camila fue el primer intento. Miriam y Paula son la corrección.
Otra voz, de Elena:
Son niñas, no muestras.