Elisa descargó los movimientos bancarios. El dinero había entrado a la cuenta de Mauricio el 18 de septiembre y había salido en cuatro transferencias el mismo día.
La primera, de cincuenta mil dólares, a una empresa llamada Litoral Consultores.
La segunda, de ciento veinte mil, a una cuenta en Texas.
La tercera, de ochenta mil, a una financiera de Guadalajara.
La última, de sesenta y dos mil, a una cuenta cuyo titular aparecía oculto por una orden judicial.
—No es un error del banco —dijo Elisa—. Es un desvío deliberado.
Renata se dejó caer en el sillón.
—Yo no hice eso.
—¿Quién es Gabriel Luján? —pregunté.
Renata levantó la vista.
—No sé.
—Sí sabes.
—Te dije que no.
—Lo escuché hace seis semanas. Dijiste su nombre y hablaste de una transferencia.
Mauricio miró a su esposa.
—¿Conocías a Gabriel antes del cierre?
—Era el contacto del corredor.
—¿Y por qué te reíste cuando dijiste que no sería antes del cierre?
Renata se quedó callada.
Elisa cerró la computadora.
—Voy a presentar denuncia por fraude, falsificación y administración fraudulenta. Pero antes necesito saber algo: ¿alguien los presionó para comprar esa casa?
Mauricio respondió demasiado rápido.
—No.
Renata respondió al mismo tiempo:
—Sí.
Los dos se miraron.
Y en ese instante comprendí que no estaban ocultando la misma mentira.
Esa noche, Mauricio durmió en el cuarto de visitas. Renata no durmió. La escuché caminar por el pasillo, abrir cajones, mover cosas. Cerca de las tres de la mañana, bajé con una lámpara en la mano y la encontré frente al librero donde guardaba mis documentos.
—¿Qué busca? —pregunté.
Renata se sobresaltó.
—Un vaso de agua.
—El agua está en la cocina.
—No tengo que pedirle permiso para caminar dentro de la casa de mi esposo.
—Esta casa no es de su esposo.
Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de mí. Todavía tenía el maquillaje corrido y un moretón pequeño en la muñeca.
—Usted no entiende nada.
—Explíqueme.
—No puedo.
—¿No puede o no quiere?
Me sostuvo la mirada. Durante unos segundos vi a la mujer que había cargado a mis nietos, que me había abrazado el día del funeral de su suegro, que me decía “mamá Vero” cuando necesitaba dinero.
Después vi a la mujer que me había golpeado.
—Si mi hijo está metido en algo, lo voy a saber.
—Su hijo no es el hombre que usted cree.
—Eso ya lo estoy empezando a notar.
—Mauricio no robó el dinero.
—Entonces dime quién lo hizo.
—Si se lo digo, usted no va a volver a dormir tranquila.
—Ya no duermo tranquila desde que tú subiste esas maletas.
Renata bajó la voz.
—Gabriel Luján no es un corredor inmobiliario. Es un investigador privado. Y está siguiendo a Mauricio desde hace meses.
Sentí que el piso se inclinaba.
—¿Por qué?
Renata miró hacia la escalera.
—Porque Mauricio lo contrató.
—¿Para qué?
—Para investigar a su papá.
Mi esposo llevaba cinco años muerto.
—Eso no tiene sentido.
—Su marido no murió de un infarto, señora Del Río.
La lámpara se me resbaló de la mano y golpeó el piso.
Durante un momento sólo escuché el zumbido del refrigerador.
—¿Qué está diciendo?
—Que alguien lo ayudó a morir.
La cachetada que yo había recibido horas antes empezó a arder de nuevo, pero ya no por el golpe. Me ardía el cuerpo entero.
—Usted está enferma.
—Ojalá lo estuviera.
Renata se sentó en el primer escalón. Parecía agotada, mucho mayor que sus treinta y nueve años.
—Hace ocho meses, Mauricio encontró una carpeta entre las cosas de su papá. Estados de cuenta, fotografías, copias de escrituras. Su marido tenía otra familia.
Yo no contesté.
No porque me sorprendiera. Porque durante cinco años había sospechado que algo no cuadraba.
Enrique Del Río había muerto en un hospital privado después de caer por las escaleras de su oficina. El médico habló de un accidente. Mauricio había sido quien lo encontró, aunque nunca me explicó por qué había ido ese día a la oficina de su padre.
Yo había preguntado. Él había respondido que Enrique lo llamó.
Nunca volví a tocar el tema.
—¿Qué familia? —pregunté.
Renata sacó su celular. Abrió una fotografía.
Era un hombre de unos cuarenta años, elegante, con una cicatriz en la ceja. Estaba junto a Enrique frente a un restaurante de San Pedro.
—Se llama Emiliano Luján.
—¿Luján?
—Es el hijo que su marido tuvo con otra mujer.
La fotografía parecía respirar sobre la pantalla.
—¿Y Gabriel?
—Su hermano.
—¿Los dos están metidos en esto?
Renata asintió.
—Emiliano cree que Enrique le dejó una parte de sus negocios. Pero su marido cambió el testamento antes de morir. Toda la herencia quedó para usted y Mauricio.
Me reí, aunque no tenía gracia.
—Mi esposo no tenía grandes negocios.
—Eso era lo que usted creía.
Renata deslizó otra imagen. Una bodega, cajas apiladas, camiones con el logotipo de una compañía que yo había visto cientos de veces en las camisas de Enrique: Del Río Logística.
—Su marido lavaba dinero para un grupo criminal. Emiliano quería esa operación. Cuando Enrique se negó a entregársela, lo mataron.
—¿Y Mauricio contrató a Gabriel, el hermano de Emiliano?
—No sabía que eran hermanos. Gabriel se presentó como investigador. Mauricio quería saber la verdad sobre la muerte de su papá.
—¿Y el dinero?
Renata apretó el celular.
—Gabriel dijo que necesitaba un adelanto para conseguir pruebas. Mauricio vació sus ahorros y pidió un préstamo. El depósito de la casa era parte de eso.
—¿Me está diciendo que mi hijo entregó trescientos doce mil dólares para investigar a su padre?
—No. Le entregó el dinero a Gabriel porque Gabriel lo amenazó.
Antes de que pudiera contestar, se escuchó un golpe en la puerta principal.
Mauricio apareció en la escalera con la cara pálida.
—¿Qué le dijiste?
Renata se levantó.
—La verdad.
—No sabes toda la verdad.
—Entonces dísela tú.
Otro golpe retumbó en la casa.
Esta vez no fue una visita.
El perro comenzó a ladrar en el patio.