Mauricio se quedó blanco.
—Alguien llegó antes que nosotros.
—¿Quién sabía que estaba aquí? —preguntó Elisa.
Nadie contestó.
Entonces escuchamos el sonido de un carro arrancando en la calle.
Corrimos al frente. Una camioneta negra avanzó hacia la salida de la privada. No alcancé a ver la placa, pero sí a la persona detrás del volante.
Era mi hermana, Patricia.
Patricia había vivido en Saltillo durante quince años. Era la única persona, además de Enrique, que conocía la historia completa de Luz del Norte.
La llamé.
No contestó.
Tres horas después, la Fiscalía nos llevó a declarar. Revisaron las cámaras de seguridad de la privada y confirmaron que Patricia había entrado a mi casa la noche anterior utilizando una copia de la llave.
Yo no podía aceptarlo.
—Mi hermana no haría esto.
Elisa me miró con tristeza.
—Las familias hacen cosas terribles cuando hay suficiente dinero.
—No Patricia.
—¿Usted sabía que era socia de Luz del Norte?
Me quedé helada.
—No.
—Aparece como accionista desde 1998.
Todo empezó a acomodarse de la peor manera.
Patricia no era una espectadora. Había firmado documentos con Enrique. Había recibido transferencias. Había estado cerca de la bodega la noche de su muerte.
Y conocía la casa mejor que nadie.
A las seis de la tarde, recibí un mensaje desde un número desconocido.
“Ven sola a la antigua lavandería industrial. Lleva el testamento.”
No le dije a nadie.
Bueno, eso creí.
Tomé las llaves de mi carro y manejé hasta la zona industrial donde había trabajado de joven. Las naves estaban abandonadas, con los muros cubiertos de grafiti y las ventanas rotas. El aire olía a humedad y metal.
Patricia me esperaba junto a una puerta oxidada.
Llevaba un abrigo negro y el cabello recogido.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque Enrique iba a entregarnos.
—¿A quiénes?
—A todos.
—¿A ti y a Emiliano?
Patricia negó.
—Emiliano es un animal. Gabriel también. Pero no son los únicos.
Sacó un sobre de su bolso.
—Aquí está el testamento original.
—¿Por qué lo robaste?
—Porque tu hijo no debe heredarlo.
—Mauricio es el heredero.
—No, Vero. Mauricio no es tu hijo.
El mundo se redujo al eco de aquella frase.
—Cállate.
—Enrique no podía tener hijos.
—Mauricio nació nueve meses después de nuestra boda.
—Lo adoptaron.
—Mientes.
Patricia abrió el sobre y sacó una copia de un acta de nacimiento antigua. El nombre de la madre estaba tachado, pero debajo aparecía una anotación legal.
“Reconocimiento de filiación suspendido por orden judicial.”
—Enrique compró al bebé —dijo Patricia—. La madre era una muchacha de diecisiete años que trabajaba en la lavandería. Se llamaba Elena Luján.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Luján…
—Gabriel y Emiliano son sus hermanos. Y Mauricio también.
No pude respirar.
La voz de Renata volvió a mi memoria: “Su hijo no es el hombre que usted cree”.
—¿Enrique sabía?
—Él fue quien arregló todo. Pagó para que Elena desapareciera y te entregó al bebé como si fuera suyo. Tú no podías embarazarte después del accidente de la fábrica, ¿te acuerdas?
Yo sí me acordaba.
La explosión de una caldera. Las quemaduras. El médico diciéndome que jamás tendría hijos.
Pero Mauricio no había sido adoptado.
Eso me había dicho Enrique.
Me había jurado que era un milagro.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque Enrique me amenazó. Dijo que si hablaba, te quitaría la casa y te acusaría de cómplice. Tú firmaste papeles sin leerlos, Vero.
—¿Y qué tiene que ver el testamento?
Patricia bajó la mirada.
—Enrique dejó toda la fortuna a Mauricio porque sabía que era su hijo biológico. Pero incluyó una cláusula: sólo podía heredar si descubría la verdad y protegía a su madre adoptiva.
—¿A mí?
—A ti.
—Entonces, ¿por qué todos quieren la casa?
Patricia sacó otra hoja.
—Porque la cláusula convierte la propiedad en un fideicomiso familiar. Si Mauricio muere, la casa y las empresas pasan a sus hermanos biológicos: Gabriel y Emiliano.
Sentí un frío profundo.
—Gabriel está muerto.
—Eso dicen.
—¿Y Emiliano?
—Es quien está detrás de todo.
—¿Y tú?
Patricia se acercó.
—Yo ayudé a Enrique a esconder las pruebas. Pero cuando murió, Emiliano me encontró. Me obligó a localizar el testamento. Si no lo hacía, iba a matar a mis hijos.
—¿Por qué me citaste sola?
—Porque quería entregártelo antes de que fuera demasiado tarde.
Un ruido se escuchó detrás de las máquinas.
Patricia se volvió.
Emiliano salió de la oscuridad con una pistola en la mano.
Tenía el mismo gesto de Enrique cuando se enojaba: la boca apretada, los ojos sin luz.
—Qué conmovedor —dijo—. Las hermanas reunidas después de tantos años.
Retrocedí.
—Tú mataste a Enrique.
—Él se lo buscó.
—Mataste a Gabriel.
—Gabriel era un estorbo.
—¿Y Mauricio?
Emiliano sonrió.
—Mauricio siempre fue el más fácil de manipular. Le hice creer que investigaba a su padre. Le pedí dinero. Le hice firmar transferencias. Pero no sabía que Renata estaba grabando nuestras conversaciones.
—¿Renata trabaja contigo?
—Renata trabajaba para mí.
La sangre se me heló.
Entonces comprendí el golpe.
La insistencia por mudarse. El nombre de Gabriel. La transferencia. La casa.
Todo había sido una puesta en escena para obligarme a revelar dónde estaba el testamento.
Emiliano apuntó a Patricia.
—Dámelo.
Patricia apretó el sobre.
—No.
—Tú no estás en posición de negociar.
—Tampoco tú.
Una sirena sonó afuera.
Emiliano se volvió apenas un segundo.
Fue suficiente.
Patricia arrojó una llave inglesa contra su mano. El arma cayó al piso. Yo corrí sin pensar, tomé el sobre y golpeé a Emiliano con todas mis fuerzas.
No fue elegante. No fue heroico.
Fue el golpe de una mujer que había pasado la vida defendiendo lo poco que tenía.
Emiliano cayó contra una mesa metálica. La puerta de la nave se abrió y entraron agentes armados.
Alguien había avisado a la policía.
Renata.
La encontraron afuera, junto a Mauricio.