Más tarde, después de la revisión y de que los invitados se marcharan sin cenar, Antonio llegó al cuarto de Elsa. Leah estaba sentada junto a la cama. La niña se había quedado dormida con dos dedos alrededor del medallón.
—¿Por qué no me dijiste que estaba pasando esto? —preguntó él en voz baja.
Leah dejó de acomodar la cobija.
—Se lo dije cuando desapareció la manta. También cuando Elsa empezó a llorar antes de que usted saliera.
—Pensé que era por su mamá.
—Era por su mamá. Y por lo que estaba pasando aquí.
Antonio miró la caja, colocada sobre el buró.
Debajo sobresalía una hoja doblada. La reconoció antes de abrirla: era una autorización que había firmado tres semanas atrás para reorganizar la casa.
Al desplegarla encontró una frase marcada con tinta azul.
“Retirar definitivamente los objetos personales de Isabel de las habitaciones y espacios comunes.”
Su firma estaba al pie.
Al otro lado de la cama, Elsa abrió los ojos.
Había escuchado lo suficiente.
—Entonces tú también querías que mamá se fuera.
Parte 2: La firma de Antonio
Antonio sostuvo la hoja sin encontrar una respuesta.
Elsa se incorporó. Tenía una pequeña hinchazón en la mejilla y los ojos pesados por el sueño, pero su pregunta era precisa.
—¿Tú le dijiste que lo hiciera?
—Firmé para cambiar algunas cosas de la casa.
—¿Mis cosas?
Él miró otra vez el documento.
Había firmado al final de una mañana de trabajo, mientras Valentina le hablaba de muebles, cortinas y de “ayudar a Elsa a avanzar”. Recordaba haber preguntado si la niña estaba de acuerdo.
Valentina le había dicho que sí.
Y él había aceptado aquella respuesta porque le evitaba una conversación que no sabía sostener.
—No pregunté lo que tenía que preguntar —dijo.
Elsa lo observó sin parpadear.
—Yo no dije que sí.
—Te creo.
—Antes no.
Antonio dobló la hoja.
Era más fácil soportar que lo acusaran de haber golpeado a Valentina que escuchar aquellas dos palabras de su hija.
Leah se levantó.
—Necesita dormir. Podemos hablar mañana.
Él quiso quedarse, pero Elsa volvió a acostarse dándole la espalda.
Antonio salió.
En el corredor estaba Ramiro, el administrador de la casa, con una carpeta y el rostro incómodo.
—La señora Valentina pidió que le prepararan sus maletas —informó—. También dice que le faltan unas pertenencias del despacho.
—Que las recoja acompañada. No entra al cuarto de Elsa.
Ramiro asintió.
—Hay otra cosa.
Sacó de la carpeta una lista. Contenía fotografías, ropa, libros y objetos de Isabel. Algunos estaban marcados para almacenamiento; otros, para donación.
Al margen aparecía una instrucción reciente: “Recogida el lunes”.
Faltaban dos días.
Antonio sintió que el suelo cambiaba bajo sus pies.
Cancela todo.
—Todavía están aquí. En el cuarto de servicio del patio.
No era una salvación llegada de ninguna parte. Eran objetos que su propia firma había puesto en peligro y que aún no habían salido porque el transporte estaba programado para después del fin de semana.
Antonio fue al patio.
Encontró cinco cajas cerradas.
En una se leía “ropa sin uso”. Dentro estaban el suéter amarillo que Isabel llevaba al desayunar y el mandil manchado con pintura de una tarde en que había decorado macetas con Elsa.
Se sentó en una silla plegable.
Había evitado mirar aquellas cosas durante meses. No porque no las quisiera, sino porque cada una le exigía reconocer una ausencia para la que no tenía respuesta.
Valentina había ofrecido orden.
Él había confundido el orden con el alivio.
A la mañana siguiente, Elsa rechazó el chocolate que Antonio le preparó.
—Está muy caliente.
Él añadió leche.
—Ahora está muy blanco.
Leah, que partía una fruta junto al fregadero, no intervino.
Antonio estaba acostumbrado a que alguien resolviera esos pequeños tropiezos antes de que se convirtieran en conversación.
Esta vez dejó la taza sobre la mesa.
—No sé prepararlo como te gusta. Me puedes enseñar.
Elsa se encogió de hombros.
Después señaló una cuchara pequeña.
—Mamá usaba esa.
Antonio la tomó.
La niña probó un sorbo, pero no sonrió.
Era apenas un comienzo, y no le correspondía exigir más.
A media mañana llegó Elena, la madre de Isabel. Elsa había querido llamarla durante la noche, y Leah había marcado el número con permiso de Antonio.
La abuela abrazó a su nieta antes de saludarlo a él.
Observó su mejilla y le pidió que fueran juntas al jardín.
Antonio las siguió.
—Quiero explicarte lo que pasó.
Elena se detuvo.
—Primero voy a escucharla a ella.
No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien pone una puerta donde hacía falta.
Antonio permaneció en la terraza mientras Elsa y su abuela caminaban entre las macetas. Desde allí pudo ver cómo la niña tocaba el medallón cada vez que hablaba.
No pudo oír sus palabras.
Por primera vez entendió que no todo lo relacionado con su hija tenía que llegarle a través de otra persona. Tendría que aprender a preguntarle y a soportar lo que contestara.
Valentina llamó después del mediodía.
—Necesito hablar contigo sin esa gente alrededor.
—Puedes hablar ahora.
—Me golpeaste.
Antonio cerró los ojos.
—Sí. No debí hacerlo.
La aceptación pareció descolocarla.
—Entonces sabes lo que puede pasar si digo cómo me trataste.
—Tienes derecho a contarlo.
Hubo una pausa.
—Yo también tengo una marca.
—Y Elsa tiene dos.
Valentina cambió de tono.
—Antonio, fue un momento horrible. La niña llevaba meses rechazándome. No sabes lo que era intentar acercarme mientras Leah le repetía que su madre era insustituible.
Él miró hacia el jardín.
—Su madre es insustituible.
—Yo iba a ser tu esposa.
—Eso no te daba derecho a lastimarla.
Valentina respiró con fuerza.
—No vas a destruir nuestra vida por una discusión.
Antonio volvió a pensar en la caja junto a la cama.
—No fue una discusión.
Terminó la llamada, pero no se sintió vencedor.
Todavía había demasiadas cosas que desconocía.