—Sí. Pero no traigas regalos.
Antonio se apoyó en el respaldo de la silla.
—¿Por qué?
La respuesta tardó.
—Porque cuando traes regalos, luego tengo que decir que ya estoy contenta.
Aquella noche dejó sobre la cama de Elsa el paquete que había comprado.
No lo abrió.
A la mañana siguiente recibió otra llamada de Valentina.
Esta vez no pidió perdón.
—Si vas a llevar esto hasta el final, también vas a tener que explicar qué clase de padre deja a su hija al cuidado de una criada.
Antonio miró la habitación vacía.
Ya sabía qué clase de padre había sido.
La decisión pendiente era qué haría con esa verdad.
Parte 4: La caja abierta
Antonio fue a casa de Elena sin flores, juguetes ni chocolates.
Llevaba únicamente el cuaderno verde, porque Elsa había preguntado por él.
La encontró sentada a la mesa, dibujando un pez con dientes enormes.
—Es una ballena —aclaró ella antes de que él preguntara.
—Tiene muchos dientes.
—Para que no le quiten su comida.
Antonio dejó el cuaderno a su lado.
Elena siguió lavando unas verduras en la cocina. Permaneció cerca, pero no ocupó el lugar de la niña en la conversación.
—Quiero decirte algo —empezó él—. No tienes que contestarme.
Elsa dejó el lápiz.
—Yo quería que la casa dejara de dolerme. Por eso dejé que Valentina cambiara cosas sin preguntarte. Y cuando tú intentaste decirme que estabas triste, muchas veces no escuché.
La niña pasó una mano por el dibujo.
—Leah.
—Lo sé.
—A veces le decía que me dolía la panza.
Antonio recordó mañanas en que había salido mientras Leah se quedaba en la puerta del cuarto.
Había pensado que era una niña evitando la escuela.
—¿Te dolía cuando iba a venir Valentina?
Elsa asintió.
—Me preguntaba si ya me portaba como una niña grande.
Antonio sintió el impulso de prometer que nunca más tendría miedo. Lo detuvo. No podía decidir lo que sentiría.
—Si vuelve a dolerte la panza, podemos escucharlo. No tienes que demostrar que eres grande para que te cuidemos.
Elsa se quedó mirando el pez.
—¿Te vas a casar con otra?
—Ahora no estoy pensando en casarme.
—¿Después?
Antonio respiró despacio.
—Si algún día conozco a alguien, tú no tendrás que quererla para que yo te quiera. Y nadie tendrá permiso de quitarte tus recuerdos.
La niña arrancó una hoja limpia.
—Dibuja una ballena.
Él tomó el lápiz.
Era una invitación pequeña. Esta vez no intentó convertirla en perdón.
En los días siguientes empezaron a acudir con una psicóloga infantil. La primera sesión fue para Antonio y Elena. Después Elsa entró sola, sabiendo que podía pedir que su abuela permaneciera cerca.
Antonio aprendió a no interrogarla al salir.
Leah continuó trabajando, pero hablaron de sus funciones y de sus horarios. No podía seguir siendo la persona disponible a toda hora que compensara cada ausencia de él.
—Los martes salgo a las cinco —le recordó.
Antes, Antonio habría pedido una excepción por alguna junta.
Esta vez cambió la junta.
No lo anunció como una hazaña. A las cinco estaba en casa.
Mientras tanto, Valentina pidió regresar para recoger las últimas pertenencias que había dejado. Antonio aceptó con una condición: Elsa no estaría presente y Ramiro acompañaría la visita.
La abogada le aconsejó mantener aquel encuentro limitado a la entrega.
Pero Valentina quiso hablar.
Llegó vestida de beige, sin el anillo. Su mejilla ya no mostraba la marca, aunque Antonio no confundió eso con la desaparición de lo ocurrido.
En el vestíbulo seguía la mesa conmemorativa.
Las flores habían sido reemplazadas.
La fotografía permanecía.
—Así que esto va a seguir aquí —dijo ella.
—Mientras Elsa quiera.
Valentina soltó el aire.
—¿Y lo que tú quieras no cuenta?
—Cuenta. Pero no me da derecho a borrar lo que ella necesita.
Ramiro llevó dos maletas hasta la puerta y regresó al patio para buscar una caja con libros de Valentina. Leah estaba en la cocina y podía oír la conversación, aunque no veía sus rostros.
—Yo intenté construir una vida contigo —dijo Valentina—. Cada vez que entraba, había una fotografía. Cada salida se comparaba con lo que hacía Isabel. Cada comida, cada cumpleaños. Nunca tuve un lugar.
Antonio recordó que él mismo había mencionado a Isabel durante una cena, sin advertir cómo Valentina cerraba los dedos alrededor de su copa.
Había cosas que pudo haber hablado con ella antes.
Eso no cambiaba lo que le había hecho a Elsa.
—Debiste decírmelo a mí.
—Te lo dije. Siempre respondías que necesitábamos paciencia.
Antonio no negó esa parte.
—Y pudiste irte.
Valentina se acercó a la mesa.
—Pensé que si dejábamos de alimentar eso, la niña aceptaría la realidad.
—La realidad es que su mamá murió. No que dejó de existir para ella.
Valentina tocó el borde del mantel.
—No iba a pasarme la vida compitiendo con una muerta.
Por primera vez Antonio escuchó aquella frase sin buscarle un significado menos cruel.
—No tenías que competir.
—Porque tú nunca ibas a elegir.
Él miró la fotografía.
Luego miró a Valentina.
—Elegí no ver lo que estaba pasando para no perderte. Elsa pagó por eso.
Valentina retiró la mano del mantel.
—¿Y vas a contar esa versión?
—Voy a contar lo que hice. Y lo que sé que hiciste tú.
—Podríamos cerrar esto entre nosotros.
Antonio negó despacio.
Ya habían intentado cerrar demasiadas cosas dejando a Elsa afuera.
—No voy a pedirle a mi hija ni a Leah que cambien sus palabras.
Valentina lo observó durante varios segundos.
Después pidió sus llaves del automóvil y se marchó.
Antonio esperó a que la puerta quedara cerrada antes de entrar en la cocina.
Leah estaba secando un plato.
—La escuché —dijo.
—Yo también.
Aquella tarde presentó su relato de los hechos, incluida su propia agresión. Leah hizo lo mismo con lo que había presenciado. Antonio no pidió una absolución ni eligió frases que transformaran la bofetada en una prueba de amor.
Poco después recibió la notificación de la queja presentada por Valentina.