El estudio con paneles de caoba del tercer piso olía a cuero viejo, a bourbon caro y a secretos peligrosos. Un único fuego crepitaba en la chimenea, proyectando largas sombras danzantes sobre las altas paredes repletas de libros.
Enzo estaba sentado detrás de su enorme escritorio de roble, sirviendo dos dedos de licor ámbar en un vaso grueso. No le ofreció nada a Adeline, que permanecía en el centro de la habitación, todavía envuelta en la chaqueta de su traje.
Ya había llegado un médico, le desinfectó los brazos y le vendó las heridas con vendas blancas impecables antes de darle el alta. El dolor se había atenuado hasta convertirse en un leve latido, pero su corazón seguía latiendo con fuerza contra sus costillas.
—Siéntate —dijo Enzo, señalando la silla de cuero que tenía enfrente.
Adeline permaneció de pie. “Prefiero quedarme de pie, señor.”
Enzo dejó su vaso con un fuerte golpe. “No te pregunté por tu preferencia. Siéntate, Adeline.”
Lentamente se dejó caer en la silla, sentándose en el borde mismo como si estuviera lista para salir corriendo en cualquier momento.
—¿Quién puso el veneno en el vaso? —preguntó Enzo directamente, recostándose y entrelazando los dedos.
Adeline tragó saliva con dificultad. “No sé a qué se refiere, señor. Tomé el vaso porque la señorita Ashford estaba ebria y lo estaba derramando sobre los invitados.”
—No me mientas —dijo Enzo, bajando el tono una octava, cargado de una amenaza implícita—. He sobrevivido a tres intentos de asesinato este año porque me fijo en los pequeños detalles. Vi los restos en el borde cuando te llevaste la bandeja. Vi la mirada que le dirigiste a Martha. Y vi el terror en tus ojos, no cuando Camilla recogió la cosecha, sino cuando te pregunté por qué lo habías hecho.
Adeline bajó la mirada hacia sus manos vendadas. “Si te lo cuento, morirá gente.”
—Si no me lo dices, ya habrá gente muerta —respondió Enzo con frialdad—. Empezando por Martha.
Adeline levantó la cabeza de golpe. “¡No fue Martha! ¡La obligaron!”
“Entonces dime quién la obligó.”
Adeline cerró los ojos, conteniendo las lágrimas de frustración. Había aceptado este trabajo para pagar las facturas médicas de su difunto hermano, con la esperanza de mantenerse alejada de la oscuridad del submundo de Chicago. En cambio, se había adentrado de lleno en su red.
—Era el sindicato Moretti —susurró Adeline, con el nombre como ceniza en la boca—. Un hombre fue ayer a casa de Martha. Le enseñó fotografías de su nieto a la salida del colegio. Le dio un frasco con un líquido y le dijo que lo pusiera en el vaso de la señorita Ashford.
Los ojos de Enzo brillaron con una luz fría y peligrosa. “¿Querían a Camilla muerta?”
“They wanted her dead in your house,” Adeline corrected, her voice growing firmer as the truth came out. “If the daughter of the Ashford family died of poison at your engagement party, the Ashfords would go to war with you. The Morettis would sit back and collect the pieces of both your empires once you bled each other dry.”
Enzo leaned back, a dark, terrible smile touching his lips. “Clever. Very clever.”
“Martha was terrified,” Adeline continued softly. “She didn’t want to do it. When I saw her hands shaking over the tray, I realized what was happening. I took the glass before Camilla could swallow it. I didn’t mean to cause a scene.”
Enzo stayed silent for a long moment, studying the young woman sitting across from him. She was bleeding, bruised, and terrified, yet she had willingly taken a beating from a spoiled heiress to save an old woman and prevent a war she had no part in.
“You are brave, Adeline,” Enzo said quietly. “Or very foolish.”
“In my experience, they are usually the same thing, sir,” she replied.
Before Enzo could respond, the heavy wooden door of the study burst open. Luca stepped into the room, his face grim, carrying a silver tray with a sealed glass vial.
“Boss,” Luca said, his voice tight. “The lab results came back. Cyanide. High concentration. One sip would have stopped her heart in under two minutes.”
Enzo didn’t look surprised. He simply nodded. “Where is Martha?”
“She’s downstairs, boss. Guarded.”
“Send her home,” Enzo ordered. “Give her a envelope with five thousand dollars, put her and her grandson on a train to Ohio tonight, and make sure my men watch her until she crosses the state line. If the Morettis look for her, erase them.”
Luca blinked in surprise at the generosity, then nodded quickly. “Yes, Don Marchetti.”
Adeline stared at Enzo in utter disbelief. “You’re… you’re letting her go? You’re helping her?”
Enzo stood up, walking around the desk until he stood directly over her. He looked down at her with an intensity that made her breath catch in her throat.
“Martha was a pawn,” Enzo said smoothly. “I do not waste energy punishing pawns. But you…” He paused, reaching out to tuck a loose strand of hair behind her ear. “You saved my family from a disaster tonight. And in the Marchetti family, debts are always paid.”
“I don’t want your money, sir,” Adeline said quickly.
“I know,” Enzo replied, a faint trace of humor in his voice. “Which is why I am giving you something far more dangerous. Effective immediately, you are no longer a maid.”
Adeline blinked. “What?”
—Eres mi asistente personal —anunció Enzo—. Dormirás en la planta ejecutiva. Usarás ropa que no se rompa con un látigo y permanecerás a mi lado. Porque los Moretti pronto se darán cuenta de quién arruinó su plan, y solo estarás a salvo donde yo pueda verte.