
Eleanors Hand traf meine Schulter, bevor irgendjemand merkte, was sie tat.
„Du hättest niemals hierher zurückkommen sollen“, zischte er.
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Dann verschwand der Marmor unter meinen Füßen.
Ich stürzte vor den Augen von zweihundert Gästen vom oberen Ende der großen Treppe rückwärts.
Jemand schrie.
„Oh mein Gott, er hat sie geschubst!“
Meine Finger verfingen sich einen Augenblick lang im Messinggeländer, doch Eleanor riss sie los. Mein Körper zuckte. Der Kronleuchter über mir verschwamm zu einem weißen Lichtfleck.
Dann umringten mich starke Arme.
„Ich hab dich“, sagte Ethan.
Er sprang von der unteren Stufe ab und fing mich auf, kurz bevor mein Kopf auf den Stein aufschlug. Der Aufprall warf ihn in die Knie, doch er hielt einen Arm hinter meinen Schultern und den anderen um meine Taille.
Ich versuchte zu atmen.
Es kam nichts an.
„Claire, schau mich an.“
„Ethan…“
„Ich bin für dich da. Bleib bei mir.“
Der Ballsaal verstummte, nur der letzte, schiefe Ton des Orchesters war noch zu hören. Champagnergläser zitterten in erhobenen Händen. Ein Dienstmädchen namens Rosa eilte herbei, die Hände vor dem Mund.
Eleanor stand oben auf der Treppe, in ein silbernes Kleid gekleidet, die eine Hand ruhte gelassen auf dem Treppengeländer.
„Sie ist ausgerutscht“, sagte er.
Ein Gast in der Nähe der Treppe schüttelte den Kopf. „Nein. Ich habe gesehen, wie Sie es geschoben haben.“
Ethan blickte Eleanor an, und etwas Kaltes spiegelte sich in seinem Gesichtsausdruck wider.
“Rufen Sie die Polizei.”
Dieser Satz ließ alle sprachlos zurück.
Eleanors Ehemann, mein Onkel Victor, drängte sich durch die Gäste. „In diesem Haus wird es keine Polizei geben.“
Ethan sah ihn nicht an.
„Rufen Sie sie jetzt an.“
Rosa nahm den Hörer vom Flurtisch ab.
Victor packte ihr Handgelenk. „Lass das los.“
Endlich gelang es mir, tief durchzuatmen. Der Schmerz brannte in meinen Rippen, aber ich zwang mich aufzustehen.
„Ich bin hierher gekommen, weil mein Vater mir eine Nachricht hinterlassen hat“, sagte ich.
Eleanor blinzelte.
Victor befreite Rosa.
„Welche Nachricht?“, fragte Ethan.
Ich griff in meinen Mantel und zog einen kleinen Messingschlüssel heraus.
„Mein Vater sagte, falls ihm etwas zustoßen sollte, würde dieser Schlüssel alles erklären.“
Eleanor stieg eine Stufe hinunter.
„Das gehört mir.“
„Nein“, sagte ich. „Es war in seiner Uhr versteckt.“
Ihr Gesicht verlor seine Farbe.
Ethan half mir auf die Beine. „Wo bewahrst du den Schlüssel auf?“
Bevor er antworten konnte, erloschen alle Lichter in Hawthorne Manor.
In der Dunkelheit packte mich jemand an der Hand.
Als das Notlicht anging, war der Messingschlüssel verschwunden.
Sie kehrte zurück
Die Gäste schrien und drängten in Richtung der Türen.
Ethan me rodeó con un brazo mientras los guardias de seguridad intentaban restablecer el orden. Eleanor permaneció en la escalera, con una expresión de asombro, exactamente como la que pone una persona que ha practicado la sorpresa frente al espejo.
“El apagón debió de haber provocado el pánico”, dijo.
—Provocaste el pánico cuando empujaste a Claire —respondió Ethan.
Víctor se interpuso entre ellos. “Modera tu tono en mi casa”.
“Esta era la casa de mi padre”, dije.
Víctor se volvió hacia mí. —Tu padre le dejó la herencia a Eleanor.
“Eso es lo que les dijo a todos.”
La policía llegó en cuestión de minutos. La detective Lena Morales separó a los testigos y ordenó el cierre del salón de baile. El invitado que presenció el empujón identificó a Eleanor sin dudarlo.
El abogado de Eleanor compareció antes de que los agentes terminaran de tomar nota de los nombres.
Eso me indicó que ella esperaba problemas.
Me senté en la biblioteca mientras un paramédico me revisaba las costillas. No parecía haber nada roto, pero me dolía cada respiración. Ethan estaba cerca, negándose a irse.
—¿Sabías que iba a venir esta noche? —pregunté.
Él asintió. “En tu correo electrónico decías que necesitabas ayuda”.
“Envié ese mensaje hace cuatro días.”
“Estaba en Londres. Llegué directamente del aeropuerto.”
Ethan Cross había sido mi mejor amigo antes de que me fuera de Nashville siete años atrás. También había sido la última persona en la que mi padre confiaba fuera de la familia.
El detective Morales entró portando una bolsa transparente para pruebas.
“Lo encontramos debajo de la escalera.”
Dentro estaba la cadena del reloj de mi padre.
La llave oculta había sido arrancada.
—¿Quién te tocó durante el apagón? —preguntó.
“No lo sé. Alguien me agarró la mano.”
Ethan miró hacia el salón de baile. “¿Cámaras de seguridad?”
Víctor apareció en la puerta. “Deshabilitado por reformas”.
—¿Todos ellos? —preguntó el detective.
“Esta noche fue el primer evento después de la actualización del sistema.”
—Conveniente —dijo Ethan.
La expresión de Víctor se tensó.
Rosa entró con una bandeja de agua. Al colocar un vaso delante de mí, deslizó una nota doblada debajo de la servilleta.
Esperé hasta que todos apartaron la mirada.
La letra era temblorosa.
LA LLAVE ABRE LA HABITACIÓN DETRÁS DEL RETRATO. NO CONFÍES EN EL ABOGADO DE FAMILIA.
Levanté la vista hacia Rosa.
Ella asintió levemente.
Entonces se oyó un estruendo en el pasillo oeste.
Corrimos hacia él.
El retrato de mi padre había sido arrancado de la pared. Detrás había una estrecha puerta de acero.
La cerradura había sido forzada.
En el interior, la habitación oculta estaba vacía, a excepción de una caja metálica en llamas.
Ethan extendió la mano hacia el extintor.
En el suelo, junto a las llamas, yacía una fotografía de mi padre y Eleanor.
En el rostro de Eleanor, alguien había escrito:
ELLA LO MATÓ.
Ella regresó
Los bomberos lograron contener las llamas antes de que se propagaran más allá de la caja metálica.
El detective Morales recuperó fragmentos de documentos, plástico derretido y parte de una grabadora digital. Alguien había entrado en la habitación oculta durante el apagón e intentó destruir lo que mi padre guardaba allí.
Eleanor se quedó parada en el umbral con lágrimas en los ojos.
—Esto es cruel —susurró—. Alguien está intentando culparme de la muerte de Richard.
Levanté la fotografía. “¿Te ibas a reunir con él en esta habitación?”