Lucía, la hija de Tomás, apareció poco después. Llevaba consigo una memoria encriptada y el rostro de alguien que había pasado la noche tomando una decisión peligrosa. Trabajaba como auxiliar contable en la Fundación Mancini y, durante siete meses, había detectado pagos divididos en pequeñas cantidades a tres empresas de mantenimiento. Las facturas parecían legítimas, pero las direcciones correspondían a oficinas vacías. Cuando preguntó, Conrad le recordó que el trabajo de su padre y la hipoteca dependían de la familia.
«Guardé copias porque temía que algún día intentara culparme», explicó. Ayer me pidió que certificara que el sistema de cámaras llevaba semanas fallando. Me negué.
La firma electrónica de Miriam figuraba en los archivos que aprobaban las transferencias. Reconoció que Conrad le había traído los documentos en su tableta mientras ella desayunaba y afirmó que se trataba de gastos rutinarios. Él había firmado sin leerlos. El importe total superaba los ochocientos mil euros.
Domenico convocó al abogado de la fundación y ordenó una auditoría independiente. Miriam quería asumir toda la responsabilidad para proteger a Conrad una vez más, pero Alba la interrumpió.
—Encubrirlo ahora no borra lo que pasó antes. Solo añade otra mentira.
Esa tarde, Conrad fue puesto en libertad provisional con una orden de alejamiento contra Eli y la granja. Al salir de la comisaría, llamó a Miriam dieciséis veces. Ella no contestó. La decimoséptima llamada provino de un número desconocido y al otro lado de la línea se escuchó la voz de Adrian, el hijo de nueve años de Conrad.
—Abuela Miriam, papá dice que no podemos volver a casa.
El niño y su madre, Laura, vivían en una casa propiedad de la fundación. Conrad les había asegurado que Domenico planeaba expulsarlos como castigo. Miriam miró a su hijo, temiendo que fuera cierto, pero Domenico pidió hablar con Laura. Ella le explicó que ni ella ni Adrián perderían la casa y que las acciones de Conrad no afectarían al niño. Laura rompió a llorar. Llevaba años oyendo que Domenico odiaba a su familia y que solo Conrad había evitado que los dejaran en la calle.
«También me dijo que el balón era de Adrián», añadió. «Pero el tuyo está aquí. Conrad lo trajo anteayer y le ordenó que no saliera al jardín con él».
La mentira era total. Conrad había alejado a su propio hijo de la granja, había usado la pelota de Eli y había preparado todo para presentarse como un padre protector. No buscaba inculcar respeto; buscaba fabricar pruebas contra Domenico antes de la reunión anual de la junta, programada para el lunes. En esa sesión se votaría la renovación del mandato de Domenico como presidente y se revisarían las cuentas administradas por Conrad.
Eli bajó acompañado por el doctor Salvatierra. Había dormido poco, pero pidió hablar con Adrián. Los adultos dudaron. Finalmente, permitieron una breve videollamada. Al principio, ninguno de los niños supo qué decir.
—Tu pelota está en mi casa —dijo Adrián—. No sabía que mi padre se había llevado la tuya.
—No es culpa tuya —respondió Eli, repitiendo las palabras que su padre le había dicho la noche anterior.
La sencillez con la que separó al niño del acto de su padre dejó a Miriam sin aliento. Eli, que aún sentía miedo, había comprendido algo que ella no había podido entender durante décadas: amar a alguien no requiere mentir sobre lo que hace.
La auditoría comenzó esa misma noche. Al revisar los permisos de la tableta, Iker descubrió un segundo usuario oculto. No pertenecía a Conrad, sino a una cuenta creada con las credenciales de Domenico. Desde allí, se habían aprobado contratos, se habían enviado amenazas anónimas a dos empleadores y se habían descargado los planos de la escuela de Eli.
Domenico sintió que el suelo se le caía bajo los pies. El inspector amplió de inmediato la protección del menor. Sin embargo, Lucía señaló un detalle: la cuenta falsa se había conectado tres veces desde el despacho privado de Miriam, incluso en fechas en las que Conrad estaba fuera de España.
Todos miraron a la anciana. Ella negó haber creado la cuenta, pero su voz se quebró al recordar que otra persona tenía una llave de esa oficina: Esteban Rivas, secretario histórico de la fundación y amigo de la familia desde hacía más de treinta años.
En ese mismo instante, el teléfono de Domenico vibró. Era un mensaje de Esteban: «Si quieres saber por qué Conrad tocó a tu hijo, ven solo al viejo invernadero. Guarda cuentas y no avises a la policía».
PARTE 3: El hombre de las llaves
Domenico le pasó el teléfono a Alba sin contestar. El inspector miró la pantalla y le prohibió ir solo. El viejo invernadero estaba ubicado en el extremo norte de la propiedad, alejado de la casa y sin cámaras activas desde una tormenta ocurrida meses atrás. La elección demostró que Esteban conocía cada punto ciego de la finca.
Prepararon una respuesta breve y creíble: Domenico aceptó la cita, pero necesitaba media hora para reunir los documentos. Mientras Alba organizaba un equipo discreto, Raúl acompañó a Miriam a una habitación segura e Iker se quedó con Eli. El niño notó la tensión y preguntó si su padre se iba a luchar. Domenico se arrodilló a su altura.
—Voy a ayudarnos a saber la verdad. La policía estará conmigo. Volveré.
—¿Lo prometes?
-Te prometo que.
No prometió que fuera a ocurrir nada malo. Había aprendido que la seguridad de Eli no podía basarse en falsas certezas.
Alba se colocó un transmisor bajo la camisa y se posicionó con dos agentes tras la pared lateral del invernadero. Domenico entró con una carpeta vacía. Entre cristales opacos y macetas abandonadas, Esteban esperaba apoyado en una mesa. A sus sesenta y ocho años, conservaba la apariencia impecable que le había permitido pasar desapercibido en reuniones, funerales y celebraciones. No portaba ningún arma a la vista.
—Usted trajo a la policía —dijo, sin saludar.
—Has descargado los planos del colegio de mi hijo.