
Datei 220 dauerte null Sekunden, aber als sich die Tür zum Zimmer öffnete, kannte die Frau im Inneren bereits meinen Namen.
Im Flur des Hauses in Las Lomas ertönte erneut ein metallisches Gongschlag. Es war ein kurzer, fast fröhlicher Klang, zu sauber für einen Ort, an dem die Menschen Daten, Gesichter und manchmal sogar den Grund ihres Besuchs vergaßen. Nach dem Gongschlag folgte das Klicken des elektronischen Schlosses.
Renata Salazar stand vor der Tür meines Vaters.
—Herr Ibarra, ich bitte Sie, mir dieses Gerät auszuhändigen.
—Und ich bitte Sie, beiseite zu treten.
—Sie sind nicht berechtigt, Zimmer 220 zu betreten.
—Dann erklären Sie mir bitte, warum Ihre Mitarbeiter in den frühen Morgenstunden Zimmer 219 betreten, um meinen Vater aufzunehmen.
Die Direktorin lächelte weiterhin, doch es reichte nicht mehr, ihre Angst zu verbergen. Camila, die Krankenschwester, blickte zum Ende des Korridors. Ihr Gesichtsausdruck verriet, dass sie gerade ihren Henker erkannt hatte.
Mein Vater stand noch immer am Fenster. Der Regen rann an der Scheibe herab und tauchte die Lichter der Stadt in gelbe Schlieren. Mauricio Ibarra war ein Hüne gewesen, mit tiefer Stimme und Händen, die stark genug waren, um einen Tresor zu heben. Mit achtundsiebzig Jahren wirkte er kleiner, aber nicht gebrechlich. Er war es einfach leid, so zu tun, als verstünde er nicht, was um ihn herum geschah.
„Santiago“, sagte er, „öffne diese Tür nicht.“
Ich drehte mich zu ihm um.
-Weil?
Mein Vater brauchte eine Weile, um zu antworten.
—Weil Frau Elena vor zwei Wochen verstorben ist.
Die Stille senkte sich wie ein Eimer Eiswasser herab.
Renata schloss für einen Moment die Augen. Camila drückte das Radio an ihre Brust.
“Das kann nicht sein”, sagte ich.
„Die Familie ist noch nicht gekommen, um den Leichnam abzuholen“, erklärte Mauricio. „Renata sagte, sie müssten noch einige Formalitäten erledigen.“
Ich habe die Datei auf meinem Handy überprüft. 220. Null Sekunden. Erstellt um 5:42 Uhr.
Die Tür war noch immer geschlossen.
“Wer ist da?”, fragte ich.
Niemand antwortete.
Ich ging näher. Renata packte meinen Arm.
—Mach keine Szene.
Ich ließ los.
—Nimm deine Hand weg.
Das war das erste Mal, dass ich sie unüberlegt so informell ansprach. Renata bemerkte es. Ihr Gesichtsausdruck veränderte sich; die tadellose Regisseurin war verschwunden und hatte einer Frau Platz gemacht, deren Nerven völlig blank lagen.
—Santiago, du weißt nicht, was du tust.
—Dann hilf mir, es zu verstehen.
-Kippen.
—Kannst du es nicht oder willst du es nicht?
Der Gong ertönte erneut.
Die Tür zu Zimmer 220 öffnete sich von innen.
Eine Frau mit kurzen Haaren, einem dunkelblauen Kleid und einer dünnen Narbe neben der Lippe erschien in der Tür. Sie sah nicht wie eine Bewohnerin aus. Sie trug weder einen Kittel noch einen Pullover und hatte nicht diesen leeren Blick, den ich bei den anderen gesehen hatte. Sie stand mit geradem Rücken da und hielt ein Tablet in der Hand.
Er starrte mich drei Sekunden lang an.
—Santiago Ibarra —dijo—. Hijo de Mauricio Ibarra. Abogado corporativo. Treinta y nueve años. Divorciado. Sin hijos. Dueño de un departamento en Polanco y de una casa en Valle de Bravo que casi nunca visita.
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
Mi papá se levantó con dificultad.
—No la escuches.
La mujer miró a Mauricio.
—Usted prometió que él vendría solo.
—No prometí nada.
—Entonces ya no hay tiempo.
Renata se interpuso entre nosotros.
—Señora Vega, regrese a la habitación.
La mujer sonrió.
—¿Todavía quiere fingir, Renata?
Camila soltó un gemido bajo.
Yo conocía ese apellido. Elena Berenguer Vega, la mujer que había muerto dos semanas antes según mi papá. También conocía la otra parte: en los archivos del grabador, el nombre de Elena aparecía en una conversación sobre una transferencia de nueve millones de pesos.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—La persona que grabó las conversaciones.
Renata palideció.
—¡Seguridad! —gritó.
El elevador se abrió al fondo del pasillo. Dos hombres con uniformes oscuros salieron, pero no traían el logotipo de la residencia. Uno de ellos llevaba una cámara pequeña; el otro, una pistola bajo el saco.
Camila retrocedió.
—No son seguridad.
El hombre de la pistola la miró.
—Señorita, vuelva a su puesto.
Yo metí la mano al bolsillo y apreté el grabador.
—¿Qué está pasando?
Mi papá me miró por fin. Ya no tenía el rostro tranquilo de aquella mañana. Tenía el rostro de alguien que había esperado demasiado tiempo para decir la verdad.
—Santiago, escucha a Elena.
—¿Elena está muerta o no?
La mujer de la cicatriz levantó la barbilla.
—La señora Elena Berenguer murió hace dos semanas. Yo soy Clara Berenguer, su hija.
A través de la puerta de la 220 vi un escritorio, una lámpara encendida y cajas de archivo. No era una habitación de residente. Era una oficina clandestina.
—¿Y por qué usa su habitación?
—Porque mi madre no murió por causas naturales.
Renata dio un paso hacia ella.
—Clara, basta.
—No me llames por mi nombre como si todavía fueras mi tía.
El pasillo pareció estrecharse.
Mi papá cerró la cortina. Afuera, la lluvia golpeaba el vidrio con más fuerza.
—Santiago, hace tres años no vine aquí porque necesitara cuidados —dijo—. Vine porque me estaban siguiendo.
—¿Quiénes?
—Personas que trabajan para tu suegro.
La frase me atravesó.
Mi exesposa, Valeria Montemayor, era hija de Esteban Montemayor, dueño de un grupo inmobiliario que había construido media zona de Santa Fe y comprado la otra mitad. Nos habíamos divorciado hacía ocho meses, después de que descubrí movimientos extraños en una de las empresas familiares. Yo había pensado que Valeria estaba involucrada. Ella lo negó hasta el último día.
—No metas a Valeria en esto —dije.
Mi papá soltó una risa amarga.
—Siempre proteges a la gente equivocada.
Clara salió de la 220 y cerró la puerta detrás de ella.