No porque el dinero fuera lo más importante, sino porque por primera vez dejé de fingir que no lo era. Aquella isla, el hidroavión, la villa, los chefs, los masajes y el silencio perfecto de una semana no eran un regalo de Santiago. Eran míos.
Santiago se acercó.
—En privado vamos a hablar de esto.
—No.
—Camila, soy tu marido.
—En privado me has hablado durante años. En público me has humillado durante años. Hoy te voy a contestar en público.
El piloto levantó la vista, incómodo. El administrador permaneció inmóvil, como si hubiera visto escenas peores.
Santiago bajó la voz.
—Si nos dejas aquí, voy a solicitar el divorcio.
—Hazlo.
—¿Así de fácil?
—Para ti nunca fue difícil dejarme sola. Lo difícil era hacerlo sin mi tarjeta.
Sus padres comenzaron a protestar. Graciela dijo que yo era una ingrata. Ernesto murmuró que siempre había sabido que las mujeres ambiciosas destruían las familias. Valeria, en cambio, no decía nada.
Solo me observaba.
Y por primera vez noté que no parecía triunfante. Parecía asustada.
El administrador hizo una seña al personal. Dos trabajadores se acercaron para recoger el equipaje de los cuatro.
Santiago tomó mi brazo.
—No me toques —dije.
—Estás cometiendo un error.
—El error fue pensar que tenías algo que ofrecerme.
Lo solté de un tirón y subí al hidroavión.
Mientras la puerta se cerraba, vi a los cuatro quedarse en el muelle, rodeados de maletas de diseñador y vasos de mimosa. Santiago todavía tenía la boca abierta, como si la realidad se hubiera atrevido a contradecirlo.
El avión despegó pocos minutos después.
Desde la ventanilla, Cancún se volvió una franja blanca y azul. Sentí un temblor en las manos, pero no lloré.
Había imaginado tantas veces ese viaje: Santiago tomándome de la cintura, brindando por nuestros cinco años, diciéndome que ahora sí quería formar una familia. Había comprado vestidos, preparado una carta y reservado una cena bajo las estrellas.
En lugar de eso, viajaba sola hacia una isla que había rentado para salvar algo que ya estaba muerto.
El administrador, un hombre llamado Julián, se sentó frente a mí.
—¿Desea que cancelemos todos los servicios para los acompañantes?
—Sí.
—¿Incluyendo la habitación adicional?
—Sí.
Julián dudó.
—¿También la habitación de la señorita Salazar?
La pregunta me hizo levantar la mirada.
—¿Qué habitación?
Julián revisó la tableta.
—La villa secundaria. Fue añadida hace tres semanas. La solicitud llegó desde la cuenta del señor Santiago, pero el pago salió de la cuenta de la señora.
—Yo nunca autoricé eso.
—Lo sé. Por eso le envié la carpeta.
Abrí la sección de cargos. Había transferencias por casi trescientos mil dólares, todas realizadas desde una cuenta conjunta que yo creía destinada a gastos de la casa. Reservaciones, joyas, tratamientos médicos, un anticipo para un departamento en Monterrey.
Y una transferencia de quinientos mil dólares a una empresa llamada S.R. Consultores.
—¿Qué es esto?
Julián bajó la voz.
—No me corresponde opinar, señora. Pero el administrador general pidió que le entregara toda la documentación antes de que llegara. Dijo que quizá usted necesitaría verla.
—¿El administrador general quién es?
Julián me miró.
—Su tío, el señor Rafael Robles.
El nombre me dejó sin aire.
Mi tío Rafael había muerto ocho años atrás.
La isla no era solo una propiedad privada. Pertenecía a una sociedad familiar que mi madre había construido antes de morir. Yo sabía que existía una participación a mi nombre, pero siempre había creído que era simbólica. Cuando me casé, Rafael me pidió que firmara varios documentos “para actualizar la administración”. Yo estaba de luna de miel y Santiago insistió en que no me preocupara.
—¿Por qué me habla como si yo fuera la dueña? —pregunté.
Julián me entregó una segunda carpeta.
—Porque lo es.
Dentro había escrituras, actas y estados financieros.
El setenta y ocho por ciento de la isla y de la empresa turística estaba a mi nombre desde que cumplí treinta años.
Mi tío había administrado todo en silencio porque mi madre dejó una cláusula: ningún esposo, socio o representante podría disponer de mis bienes sin mi autorización expresa.
Leí la cláusula tres veces.
Después encontré algo más.
Una hoja con varias firmas digitales. La mía aparecía al pie de un supuesto poder otorgado a Santiago para operar cuentas y vender activos.
La firma era idéntica a la mía.
Pero yo nunca había firmado eso.
El hidroavión aterrizó en una pequeña plataforma de madera. El agua golpeaba suavemente los pilotes. La villa principal apareció entre palmeras, piedra clara y ventanales que reflejaban el sol.
Un grupo de empleados me recibió en silencio.
No había música ni bebidas. Solo la calma tensa de quienes sabían que algo estaba por ocurrir.
—¿Todos conocían la situación? —pregunté.
Julián asintió.
—El señor Rafael nos pidió que la protegiéramos si alguna vez venía sola.
—¿Protegerme de quién?
Nadie respondió.
Esa noche cené sola frente al mar. A cada rato revisaba el celular. Santiago me había enviado treinta y dos mensajes.
Primero fueron insultos.
Después amenazas.
Luego disculpas.
“Te amo.”
“Tu familia me necesita.”
“Valeria se va mañana.”
“Estás destruyendo todo.”
A las once de la noche llegó un mensaje distinto.
“Si no regresas a Cancún mañana, la policía recibirá pruebas de que falsificaste documentos para quedarte con mi dinero.”
No me asusté.
Me quedé mirando la pantalla y sentí algo parecido a la compasión.
Santiago no sabía que ya había visto los documentos.
Tampoco sabía que, desde hacía seis meses, yo sospechaba que alguien estaba vaciando nuestras cuentas.
Lo que él ignoraba era que no había rentado la isla únicamente para salvar nuestro aniversario.
Había llevado a cabo una investigación.
Mi empresa de arquitectura, Robles Diseño y Patrimonio, había crecido de cuatro empleados a ciento veinte en menos de una década. Santiago se había presentado como asesor financiero, pero nunca participó en las decisiones importantes. Aun así, poco a poco logró que yo le diera acceso a mis cuentas, a mis contratos y a ciertos documentos familiares.
Después empezaron las anomalías.
Facturas duplicadas.