—No. En esta casa nadie vuelve a cocinar ni a limpiar por obligación.

Julián levantó la mano.

—Puedo llamar al chef.

—Llámelo. Y que prepare una mesa para todas las mujeres que trabajan aquí.

El sol comenzó a hundirse en el horizonte. Sobre el agua, un hidroavión pasó rumbo a Cancún, diminuto bajo el cielo naranja.

Yo lo seguí con la mirada hasta que desapareció.

Había pagado ciento cincuenta mil dólares por una semana para salvar un matrimonio.

Terminé comprando algo mucho más valioso:

mi libertad, la verdad sobre mi familia y la oportunidad de impedir que otras mujeres fueran utilizadas como yo.

Y mientras las luces de la isla se encendían una por una, entendí que aquel viaje nunca había sido un aniversario.

Había sido una trampa. Solo que Santiago creyó, hasta el último segundo, que la trampa era para mí.