Proveedores que no existían.

Pagos dirigidos a compañías registradas en Monterrey y Cancún.

Cada vez que preguntaba, Santiago se ponía a la defensiva.

—No entiendo por qué dudas de mí.

Yo tampoco entendía por qué me estaba mintiendo.

Hasta que mi contadora encontró que una de esas empresas pertenecía a un hombre llamado Rafael Salazar.

El mismo apellido de Santiago.

No le dije nada. Contraté a una auditora y a una abogada. Dejé que Santiago creyera que seguía distraída con los preparativos del aniversario.

Entonces encontré el nombre de Valeria.

Había recibido transferencias mensuales de una de las empresas.

No supe si era cómplice o víctima.

Por eso la observé.

En las fotos que Santiago guardaba, Valeria aparecía en cenas, hoteles y eventos de negocios. Siempre estaba cerca de él. Siempre miraba hacia otra parte cuando él hablaba de dinero.

Una semana antes del viaje, mi abogada me dijo algo que cambió todo.

—Camila, el problema no es que tu esposo te esté engañando. El problema es que está intentando quedarse con tus bienes.

La isla sería el último escenario.

Santiago quería que yo firmara un poder nuevo durante la estancia. Según él, era necesario para “proteger nuestros activos ante una posible demanda”. Yo había preparado una copia falsa del documento para ver quién lo usaría.

No imaginé que llevaría a sus padres y a Valeria.

Mucho menos que me humillarían antes de que pudiera hacer preguntas.

A las siete de la mañana siguiente, Julián llegó con café y una noticia.

—El señor Santiago está en Cancún, pero no se fue. Rentó una lancha.

—¿Viene hacia acá?

—Eso parece.

—Déjenlo llegar.

Julián pareció sorprendido.

—¿Está segura?

—Sí.

Llamé a mi abogada, Mariana López, y le pedí que conectara la videollamada en la sala principal. Después llamé a la auditora.

A las nueve, la lancha apareció en el horizonte.

Santiago bajó acompañado de Valeria.

Mis suegros no venían.

Él llevaba una camisa blanca y la expresión de un hombre convencido de que todavía podía recuperar el control. Valeria caminaba detrás, sin maquillaje y con una carpeta negra contra el pecho.

—No debiste venir —le dije a Santiago cuando entró.

—Tenemos que hablar.

—Habla.

—A solas.

—No.

Sus ojos se endurecieron.

—No voy a discutir mi matrimonio frente a empleados.

—No estás discutiendo tu matrimonio. Estás respondiendo por un posible fraude.

Valeria cerró los ojos.

Santiago la miró.

—¿Qué le dijiste?

Ella no respondió.

—¿Qué le dijiste, Valeria?

—La verdad.

Santiago palideció.

Mi abogada apareció en la pantalla de la computadora.

—Señor Salazar, está usted en una propiedad privada. Le pido que no se acerque a mi clienta.

—Esto es un asunto familiar.

—Ya no.

Mariana compartió una serie de documentos en la pantalla.

—Tenemos evidencia de que usted falsificó la firma de la señora Robles, desvió recursos de su empresa y utilizó compañías fantasma para adquirir bienes sin su conocimiento.

—Eso es absurdo.

—También tenemos grabaciones de conversaciones con sus padres.

Santiago giró hacia Valeria.

—¿Tú grabaste?

Ella apretó la carpeta.

—Sí.

La traición pareció golpearlo más que cualquier acusación.

—¿Por qué?

Valeria me miró.

—Porque yo no soy su exnovia.

El silencio fue absoluto.

Santiago retrocedió un paso.

—No empieces con tus dramas.

—Mi nombre completo es Valeria Salazar Méndez. Soy agente de la Unidad de Inteligencia Financiera. Me infiltré en la red de empresas de tu familia hace dos años.

Sentí que el piso desaparecía.

No porque no hubiera sospechado de ella, sino porque la verdad era mucho más grande.

Valeria abrió la carpeta y sacó varias fotografías.

—Tu papá, Ernesto Salazar, dirige la red. Tu mamá, Graciela, presta nombres. Tú eres quien se acerca a mujeres con patrimonio y obtiene acceso a sus cuentas.

Santiago se quedó inmóvil.

—Estás loca.

—La mujer anterior a Camila murió en un accidente automovilístico en la carretera a Saltillo —continuó Valeria—. Su familia creyó que fue un accidente. Nosotros encontramos que, dos días antes, había firmado un poder parecido al que intentaste usar aquí.

La sangre me zumbó en los oídos.

—¿La mujer anterior? —pregunté.

Valeria asintió.

—Se llamaba Irene Castañeda. Fue tu esposa antes que Camila.

Miré a Santiago.

—¿Qué está diciendo?

Él dio un paso hacia mí.

—No le creas.

—¿Estuviste casado con ella?

No contestó.

Y ese silencio fue la respuesta.

Valeria me entregó un acta.

—Santiago nunca se divorció de Irene. Su matrimonio con usted podría ser nulo, dependiendo de la resolución del juez.

Me quedé viendo el documento. El acta llevaba un sello oficial. La fecha de su primer matrimonio era de apenas tres años antes de conocerme.

Santiago era bígamo.

Pero todavía faltaba la parte más terrible.

—¿Por qué me casaste conmigo si seguías casado con ella?

—Porque Irene ya no importaba —dijo él, casi sin pensar.

La frase salió tan fría que hasta él pareció arrepentirse.

—¿Ya no importaba?

—Camila, yo te amaba.

—No. Amabas lo que podías sacar de mí.

Valeria se acercó a la mesa y sacó una memoria USB.

—Hay algo más. Esta grabación fue hecha hace tres semanas.

La conectó a la computadora.

La voz de Santiago llenó la sala.

—Cuando tenga el poder firmado, la mandamos unos días a Monterrey. La presión arterial de su familia ya es un problema. Si se pone difícil, podemos hacer parecer que fue un accidente en la carretera.

Luego se escuchó la voz de Graciela.

—No quiero escándalos. Que firme y que se vaya. Valeria puede quedarse con la parte que le corresponde.

Sentí que el cuerpo se me enfriaba.

—¿La parte que le corresponde? —pregunté.

Valeria bajó la mirada.

—Mi padre es Ernesto Salazar.

La revelación me golpeó de una forma distinta.

—¿Eres su hija?

—Sí. La hija que entregó la fiscalía para investigar a su propia familia.

Santiago soltó una carcajada desesperada.

—¡No tienes pruebas de que esa conversación sea legal!

Mariana intervino desde la pantalla.

—Ya están en manos de la Fiscalía General de la República. Y el Ministerio Público autorizó la intervención posterior. La orden de aprehensión está vigente.