—¿Exagerando? —Renata soltó una risa corta—. Tengo la escritura, la transferencia, el contrato de compraventa y los videos de seguridad. También tengo los mensajes donde le pides a Abril que elija los muebles de “su casa”.
Tomás palideció.
Don Roberto levantó la voz.
—Tomás, contéstale.
—¡No tengo que rendirle cuentas a nadie!
—A mí sí —dijo Renata—. Y a la fiscalía también, si quieres.
Sacó fotografías impresas y las extendió sobre la mesa.
En una, Tomás abrazaba a Abril frente a una joyería de Polanco. En otra, ambos entraban al fraccionamiento. En la tercera, él cargaba cajas de vino mientras ella lo esperaba en la puerta.
Doña Carmen se quitó los lentes.
—¿Desde cuándo?
Abril bajó la mirada.
—Señora…
—¡No me diga señora! —gritó Doña Carmen—. ¡Dígame desde cuándo se está acostando con mi hijo!
El silencio cayó con la fuerza de un portazo.
Tomás miró a Abril.
Por primera vez, ella pareció verdaderamente asustada.
—Desde hace ocho meses —dijo.
Renata sintió una punzada, pero no permitió que se le notara.
Ocho meses.
Durante ocho meses Tomás había regresado a casa, había ayudado a Emiliano con las tareas, le había dado un beso antes de dormir y luego había ido a construir otra vida.
—¿Y por qué compraste la casa? —preguntó Renata.
Tomás tragó saliva.
—Quería terminar con todo.
—¿Con qué?
—Con esto. Con las discusiones, con la presión, con un matrimonio que ya estaba muerto.
Renata lo miró con calma.
—Qué curioso. Yo no sabía que estaba muerta.
—Nunca estás en casa.
—Trabajo para mantener la casa que tú acabas de regalar.
—¡Yo también he trabajado!
—¿En qué? ¿En firmar documentos con mi dinero?
Tomás golpeó la mesa.
—¡Todo lo que tienes lo has disfrutado conmigo!
—No. Todo lo que tienes lo has disfrutado gracias a mí.
Don Roberto cerró los ojos.
El golpe le había dado donde dolía.
Durante años había tratado a Renata como una muchacha afortunada que había llegado a la familia Ibarra con una herencia lista para ser administrada por hombres. Ahora la observaba como si la estuviera viendo por primera vez.
Renata deslizó el sobre hacia él.
—Ahí está la escritura. La casa se compró con una cuenta respaldada por mis acciones. El banco ya congeló la operación. La propiedad no puede venderse ni transferirse.
Tomás abrió el sobre con manos temblorosas.
—No puedes hacer eso.
—Ya lo hice.
—Soy tu esposo.
—Por eso tardé cuatro días.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Que si hubieras sido un desconocido, te habría denunciado el primer día.
Abril tomó una de las hojas.
—Tomás me dijo que el dinero era suyo.
Renata la miró.
—¿Y usted le creyó?
—Me dijo que estaba por divorciarse. Que tú sabías de mí. Que sólo faltaba arreglar algunos papeles.
Renata volvió los ojos hacia su esposo.
—¿Eso le dijiste?
—Renata…
—Contéstame.
Tomás no dijo nada.
La respuesta fue suficiente.
Doña Carmen comenzó a llorar, pero no por Renata. Lloraba por la humillación de descubrir que su hijo había sido capaz de montar una casa para otra mujer.
—Nos dijiste que estabas comprando una propiedad para la empresa —murmuró.
—No quería que se enteraran.
—No querías que nadie se enterara —dijo Renata—. Pero sí querías que yo pagara.
Tomás caminó hacia la cocina y abrió una botella de agua. Sus dedos no podían desenroscar la tapa.
—Puedo devolverte el dinero.
—No tienes diez millones.
—Los voy a conseguir.
—¿Vendiendo qué? ¿El carro que compraste con mi crédito? ¿La oficina que está a nombre de mi empresa? ¿La casa de Cuernavaca que heredé de mi abuelo?
Él se quedó inmóvil.
Renata sacó otra carpeta de su bolso.
—Contraté una auditoría hace dos meses.
Tomás levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque durante años desaparecieron cantidades pequeñas de las cuentas de la empresa. Pagos a proveedores que no existían. Comisiones infladas. Transferencias a una consultora llamada Norte Azul.
El rostro de Don Roberto cambió.
—Norte Azul… —susurró.
Renata lo miró.
—¿Usted conoce la empresa?
Nadie contestó.
El aire de la casa se volvió pesado.
Tomás dejó la botella sobre la barra.
—Eso no tiene nada que ver con Abril.
—No. Tiene que ver contigo y con tu padre.
Don Roberto se apoyó en el bastón.
—Renata, no sabes de qué estás hablando.
—Sí sé. Norte Azul recibió treinta y ocho millones de pesos en tres años. La empresa no tiene empleados, domicilio real ni actividad comprobable. La cuenta termina en un fideicomiso en las Islas Caimán.
Doña Carmen miró a su esposo.
—Roberto…
—Es una operación empresarial —dijo él—. No entiendes esos asuntos.
—Tiene razón —respondió Renata—. No entiendo cómo alguien puede robarle a su propia familia y todavía tener el descaro de hablar de honor.
Tomás avanzó hacia ella.
—Baja la voz.
La frase fue casi un susurro, pero la amenaza estaba completa.
Renata no retrocedió.
—No me vuelvas a hablar así.
—Renata, estás destruyendo todo.
—No. Lo que estoy haciendo es dejar de cubrir lo que ustedes destruyeron.
Entonces Abril soltó la taza. Se rompió contra el piso.
Todos voltearon.
La joven respiró con dificultad.
—Yo no sabía lo de la empresa.
—¿Qué sí sabías? —preguntó Renata.
Abril miró a Tomás.
Él negó con la cabeza.
—No digas nada.
Renata notó el gesto.
No era la mirada de un amante sorprendido.
Era la mirada de alguien que temía que su cómplice hablara.
—Abril —dijo Renata—, siéntate.
La joven obedeció.
Tomás se interpuso.
—No tienes derecho a interrogarla.
—Y tú no tienes derecho a impedirlo.
—Es mi casa.
Renata sacó su celular y mostró la pantalla.
—No. Es una propiedad embargada preventivamente a nombre de una sociedad que yo controlo. La compra está suspendida. Tú sólo eres el responsable de la transferencia.
Tomás se quedó mirando la pantalla.
—¿Cómo conseguiste eso tan rápido?
Renata guardó el teléfono.
—Porque no empecé a investigar hoy.
Por un instante, el rostro de Tomás perdió toda arrogancia.
Renata había visto ese miedo antes.
No en él.
En su padre.