La auditoría había revelado algo más que desvíos de dinero. Cada vez que desaparecía una cantidad importante, Don Roberto aparecía como asesor externo. Y la firma digital utilizada para autorizar las transferencias pertenecía a Tomás.

Pero Tomás no era el cerebro.

Sólo era el firmante.

El que había puesto su nombre para salvar a la familia.

El que había sido educado desde niño para creer que la lealtad significaba obedecer a su padre.

Renata se volvió hacia Don Roberto.

—¿Cuánto se llevó?

—No me falte al respeto.

—¿Cuánto?

—Usted no tiene pruebas.

—Tengo más de las que necesita un juez.

Sacó una memoria USB de la carpeta y la colocó sobre la mesa.

—Estados de cuenta, correos, contratos falsos, grabaciones de las reuniones y un informe pericial. Todo está respaldado por servidores externos.

Tomás miró la memoria como si fuera un arma.

—¿Grabaciones?

—Sí.

—¿De qué reuniones?

—De las reuniones en las que tú y tu padre hablaban de sacar dinero de la empresa antes de que yo revisara los libros.

Don Roberto palideció.

—Eso es ilegal.

—Lo ilegal fue robar.

Doña Carmen se dejó caer en una silla.

—Roberto, dime que no es cierto.

Don Roberto no la miró.

En ese momento, un ruido de pasos llegó desde el pasillo de la casa.

Todos voltearon.

Un hombre de unos cincuenta años apareció junto a la escalera. Llevaba un traje oscuro, una carpeta bajo el brazo y el rostro cansado.

Renata lo conocía.

Era Mauricio Salgado, su tío.

El hermano menor de su padre.

El hombre que llevaba doce años viviendo en Monterrey y que apenas había vuelto a hablar con ella después de la muerte de su abuelo.

Renata se quedó helada.

—¿Qué haces aquí?

Mauricio no respondió de inmediato.

Miró a Tomás. Luego a Abril. Finalmente, a Don Roberto.

—Llegué tarde —dijo—. Como siempre.

Don Roberto apretó la mandíbula.

—Tú no tienes nada que hacer aquí.

—Tengo todo que hacer aquí.

Mauricio dejó la carpeta sobre la mesa.

Renata sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Qué está pasando?

Su tío la miró con una tristeza que no había visto desde el funeral de su padre.

—Hay algo que debí contarte hace muchos años.

Tomás dio un paso hacia él.

—No.

Mauricio abrió la carpeta.

Dentro había fotografías antiguas, copias de actas y un sobre amarillento con el sello de un hospital.

—Tu abuelo no murió creyendo que tú eras la heredera legítima de todo, Renata.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Don Roberto se levantó con dificultad.

—Mauricio, cállate.

—Ya no.

Doña Carmen miraba a uno y a otro sin comprender.

Mauricio sacó una fotografía.

Era una imagen vieja, tomada en una fiesta familiar. Su padre aparecía junto a un hombre que Renata no reconoció. A su lado había una mujer joven, de cabello oscuro y ojos grandes.

La mujer llevaba a una bebé en brazos.

Renata acercó la fotografía.

La bebé tenía una pequeña marca junto a la ceja izquierda.

La misma marca que ella había tenido desde nacimiento.

—¿Quién es ella? —preguntó.

Mauricio respiró hondo.

—Tu madre.

Renata sintió un escalofrío.

—Mi mamá murió hace dieciséis años.

—Ésa no es tu madre.

Nadie habló.

El sonido de la fuente exterior parecía demasiado fuerte.

Mauricio deslizó el acta sobre la mesa.

—Tu madre biológica se llamaba Elisa Montes.

Renata miró el nombre.

Montes.

Abril Montes.

La joven levantó la cabeza, aterrada.

—No…

Renata sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Qué estás diciendo?

Mauricio miró a Abril.

—Ella es tu hermana.

La taza rota dejó de importar.

El adulterio dejó de importar.

Incluso Tomás pareció olvidarse de la casa.

Abril negó con la cabeza.

—No. Mi mamá se llamaba Elisa, pero murió cuando yo era niña. Mi papá nunca habló de ella.

Mauricio sacó otra hoja.

—Porque tu padre recibió dinero para desaparecerte. El abuelo de Renata se quedó con la bebé mayor y la registró como hija de su hijo. La familia necesitaba ocultar un escándalo.

Renata no podía parpadear.

—¿Mi madre me entregó?

—No. Tu madre murió después de dar a luz. Tu abuelo se llevó a una de las niñas. A ti.

—¿Una de las niñas?

Mauricio miró a Abril.

—Eran gemelas.

La casa entera pareció inclinarse.

Tomás se dejó caer en una silla.

Doña Carmen murmuró una oración.

Renata observó a Abril de frente.

Ahora veía el parecido.

La misma forma de los ojos. La misma línea de la mandíbula. Incluso el pequeño lunar debajo del labio.

Había pasado meses odiando una cara que, sin saberlo, era la mitad de la suya.

Abril comenzó a llorar.

—Entonces… ¿nosotras somos…?

Renata no pudo responder.

Mauricio tomó aire.

—Hermanas. Y hay algo más.

Tomás se levantó bruscamente.

—Ya basta.

—No —dijo Mauricio—. Ya no vas a decidir qué se dice y qué se calla.

El tío de Renata abrió el sobre del hospital.

—Elisa Montes no murió de complicaciones del parto, como dijeron. Murió por una sobredosis de medicamentos. Tu abuelo pagó para que el expediente desapareciera.

Renata sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué?

Mauricio miró a Don Roberto.

—Porque Elisa era amante de Roberto Ibarra.

Doña Carmen se puso de pie.

—¿Qué?

Don Roberto cerró los ojos.

—Eso fue hace cuarenta años.

—¿Tuviste dos hijas con ella? —preguntó Doña Carmen.

—Yo no sabía que estaba embarazada.

—¡Mientes!

Mauricio continuó:

—Roberto era el heredero de la familia Ibarra. Elisa era una empleada de la empresa. Cuando quedó embarazada, él quiso casarse con ella. Pero su padre amenazó con desheredarlo. El abuelo de Renata intervino. Se llevó a una de las niñas y pagó para que la otra quedara con la familia Montes.

Renata miró a Don Roberto.

Su suegro.

El hombre que durante quince años había criticado su apellido, su forma de vestir, sus decisiones y su manera de criar a Emiliano.

Su padre biológico.

La verdad era tan absurda que parecía una pesadilla.

—¿Tomás lo sabía? —preguntó.

Nadie contestó.

Renata miró a su esposo.

Tomás estaba llorando.