No de vergüenza.
De miedo.
—¿Lo sabías?
—Me enteré hace seis meses.
La respuesta le atravesó el pecho.
—¿Y Abril?
—No sabía quién era.
—¿Tú sí sabías que era mi hermana?
—No sabía que era ella. Mi papá me mostró el expediente. Me dijo que si salía a la luz, la familia iba a perderlo todo.
Renata retrocedió.
—¿Y aun así te acostaste con ella?
—Yo no sabía…
—Pero sabías que existía una hermana.
—Pensé que no la encontraríamos.
Abril se cubrió la boca.
—Me dijiste que tu familia estaba en contra de nuestro matrimonio porque Renata te retenía.
Tomás se volvió hacia ella.
—Yo te quería.
—¡Me compraste una casa con el dinero de tu esposa!
—Quería irme contigo.
—¡Sabías que podía ser tu hermana!
Tomás no respondió.
Esa ausencia fue peor que cualquier confesión.
Renata miró la carpeta.
—¿Todo esto empezó por el dinero?
Mauricio negó con la cabeza.
—Empezó por una carta.
Sacó una hoja doblada.
—Tu abuelo la escribió antes de morir. Me la entregó con instrucciones de abrirla sólo si Roberto intentaba tocar las acciones de la empresa o si tú corrías peligro.
Renata tomó la carta.
La reconoció por la letra.
“Renata: si lees esto, significa que no pude protegerte hasta el final. No eres la hija que creíste ser, pero eres la única heredera que elegí. Tu madre fue víctima de mi cobardía. Tu hermana vive, aunque no sé dónde. Busca a Elisa Montes. No confíes en los Ibarra.”
Renata tuvo que sentarse.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó a Mauricio.
—Porque tu padre me lo pidió.
—¿Mi padre?
—El hombre que te crió. Estaba enfermo y tenía miedo de que la familia Ibarra te destruyera si sabían que no eras su hija biológica. Me pidió que te protegiera desde lejos.
Renata levantó los ojos.
—¿Y lo hiciste?
—No lo suficiente.
Abril se acercó despacio. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Renata…
Renata no se movió.
Abril se detuvo a unos pasos de ella.
—Yo no sabía. Te juro que no sabía.
Renata observó sus manos temblorosas.
Durante cuatro días había imaginado muchas formas de destruirla. La había visto como una intrusa, una oportunista, una muchacha que quería robarle su matrimonio y su dinero.
Pero Abril no le había robado nada.
Tomás había usado a las dos.
A una para conseguir una vida nueva.
A la otra para financiarla.
Renata se levantó.
—No tienes que jurarme nada.
—Pero tú me odias.
—Te odié.
Abril comenzó a llorar con más fuerza.
Renata miró la casa. La mesa de mármol, las flores, las copas, el dormitorio donde su esposo había construido una mentira.
—Esta casa no es tuya todavía —dijo—. Pero tampoco es mía.
—¿Qué va a pasar? —preguntó Abril.
Renata miró a Tomás.
—Va a pasar que él va a responder por la transferencia, por el fraude y por cada mentira.
Tomás dio un paso hacia ella.
—Renata, por favor. Podemos arreglarlo.
Ella lo observó durante varios segundos.
Entonces tomó la decisión que había aplazado desde el primer mensaje del banco.
—No me digas “por favor” como si todavía tuvieras derecho a pedirme algo.
Él bajó la voz.
—Te amo.
Renata soltó una sonrisa triste.
—No sabes amar. Sabes poseer. Sabes usar. Sabes esconder. Pero amar no.
Don Roberto intervino.
—Señora Salgado, podemos llegar a un acuerdo.
Renata volteó hacia él.
Durante años le había dicho “señor Roberto”. Durante años había aceptado sus regaños, sus consejos y su desprecio disfrazado de preocupación.
Esta vez lo miró sin miedo.
—Usted no me vuelve a hablar como si todavía fuera parte de su familia.
El anciano apretó los labios.
Renata dio un paso hacia él.
—Y tampoco voy a llamarlo padre. Usted abandonó a mi madre, permitió que me quitaran de su lado y después intentó robarme lo que me dejó mi abuelo. Para mí, usted no es mi padre. Es el hombre que destruyó dos familias y creyó que nadie iba a cobrarle la factura.
Don Roberto pareció envejecer de golpe.
Doña Carmen se acercó a Renata con el rostro empapado.
—Yo no sabía nada.
Renata la miró.
—Tal vez no sabía de la sangre. Pero sí sabía de las mentiras de su hijo.
Doña Carmen bajó la cabeza.
—Lo siento.
Renata no dijo que la perdonaba.
Todavía no podía.
—Váyanse.
Nadie discutió.
Mauricio salió primero. Don Roberto lo siguió con dificultad. Doña Carmen permaneció unos segundos junto a Abril.
—¿Tú eres mi nieta? —preguntó, rota.
Abril no respondió.
La mujer la miró como si quisiera abrazarla, pero no se atrevió.
Después salió.
Tomás fue el último en quedarse.
—Emiliano me necesita.
Renata sintió un golpe profundo.
—Emiliano necesita un padre que no le enseñe que mentir es una forma de protegerse.
—No me vas a quitar a mi hijo.
—No. Tú te alejaste solo cuando decidiste que una casa y una amante valían más que él.
Tomás se acercó a la puerta.
—Esto no se va a quedar así.
Renata lo miró.
—Tienes razón.
—Voy a pelear.
—Hazlo. Cada documento que presentes va a abrir otra carpeta. Cada abogado que contrates va a recibir las pruebas completas. Y cada vez que intentes hacerte la víctima, voy a recordarles a todos que transferiste diez millones de pesos a una mujer que resultó ser tu hermana.
Tomás se quedó inmóvil.
La frase lo destruyó.
No porque fuera injusta.
Porque era cierta.
Se fue sin despedirse.
Abril permaneció en la sala, abrazándose a sí misma.
—No tengo a dónde ir.
Renata tardó en responder.
La casa estaba legalmente congelada. El departamento que Abril rentaba había sido desalojado porque Tomás le había prometido que ya no lo necesitaría. Su padre había muerto. Su madre también. No tenía familia conocida.
Renata vio en ella a la niña que su abuelo había arrancado de los brazos de Elisa.
A la niña que creció sin saber que alguien la estaba buscando.
—Puedes quedarte en mi casa unos días —dijo finalmente.
Abril alzó la mirada.
—¿En tu casa?