
—Renata Salazar —leí en voz alta, sin que el nombre temblara entre mis labios.
El contador forense, un hombre de lentes delgados llamado Julián Mier, acercó la hoja hacia mí con la punta de un bolígrafo.
—La cuenta está a nombre de una empresa: Salazar Patrimonial del Norte, S. A. de C. V. —dijo—. Pero no es una empresa operativa. No factura de manera real, no tiene empleados registrados y su domicilio fiscal es una oficina vacía en Obispado.
Elena se sentó frente a mí, con las manos cruzadas sobre su falda de lino blanco.
—¿Cuánto sacaron?
Julián no respondió de inmediato. Pasó dos páginas.
—De las cuentas de Grupo Ibarra, cerca de ochenta y siete millones de pesos en dieciocho meses. Pero hay otra cosa.
Sentí que Gael se movía contra mi pecho. Su respiración tibia atravesó la tela de mi blusa. Lo abracé con más fuerza, como si mi cuerpo pudiera impedir que el mundo se acercara a él.
—Dígame.
—Las últimas transferencias no salieron de Grupo Ibarra —dijo Julián—. Salieron de una cuenta vinculada a usted.
La cocina de Elena pareció hacerse más pequeña.
—¿A mí?
—A una cuenta que abrieron con una copia de su identificación, una firma digital y un correo alterno que usted no reconocería a simple vista. Todo está diseñado para que, si esto explota, parezca que usted desvió dinero de la empresa de su esposo mientras estaba de incapacidad por maternidad.
No lloré. Seguí viendo las columnas de números.
La cifra final era de seis millones cuatrocientos mil pesos.
Mi nombre aparecía al pie de cada movimiento.
No mi firma. Mi nombre.
—¿Cuándo hicieron esto? —pregunté.
—La primera operación, hace siete semanas. La última fue ayer a las once cincuenta y tres de la noche.
Santiago había llegado a la casa poco después de las cuatro de la mañana, con olor a neblina, whisky y una decisión ensayada. Me había pedido el divorcio mientras yo cargaba a nuestro hijo.
No era una coincidencia.
Era la última pieza de una trampa.
Elena tomó su celular.
—No van a saber que lo descubrimos hasta que podamos impedir que desaparezcan los demás fondos.
—Santiago ya sabe que guardé documentos —dije.
—Sabe que eres desconfiada. No sabe cuánto aprendiste de él.
Miré la carpeta azul que había sacado del panel flojo de mi buró. Durante ocho meses, mientras todos en aquella casa me trataban como a una esposa decorativa que debía sonreír, servir y agradecer, yo había observado.
Había visto a Santiago recibir llamadas a medianoche y salir al jardín para contestarlas. Había visto a Renata revisar estados de cuenta durante las comidas familiares, fingiendo que eran revistas de decoración. Había escuchado a mi cuñada, Mariana, decirle a su madre:
—No te preocupes, Santi nunca va a hacer nada sin que tú se lo digas.
En ese momento pensé que hablaban de negocios.
Ahora entendía que hablaban de mí.
—Necesito un abogado penalista —dije.
Elena sonrió apenas.
—Ya viene en camino.
*
A las diez y cuarto llegó Sofía Alcocer. Tenía el cabello recogido en un chongo impecable, un traje negro sin una arruga y la clase de mirada que hacía que la gente dejara de mentir antes de abrir la boca.
Escuchó todo sin interrumpirme: el divorcio, los mensajes, las transferencias, la cuenta falsa, la presión constante de Renata para que dejara de trabajar cuando nació Gael.
Cuando terminé, Sofía cerró mi carpeta.
—No se va a ir a esconder —dijo.
Elena arqueó una ceja.
—¿No?
—No. Va a denunciar, va a solicitar medidas de protección patrimonial y vamos a registrar formalmente que el señor Ibarra anunció un divorcio justo después de ejecutar la última transferencia fraudulenta. La cronología es demasiado limpia. Eso nos ayuda.
—Quieren quitarme a Gael —dije.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Sofía me miró de frente.
—¿Por qué lo cree?
Abrí mi celular y le mostré un mensaje que Santiago me había enviado a las ocho con cuatro minutos.
Mis papás ya llegaron. No me hagas quedar mal.
Después había otro, recibido hacía veinte minutos.
No te pongas dramática. Gael necesita estabilidad y tú necesitas descansar. Podemos hablar cuando te tranquilices.
Sofía soltó una exhalación breve, sin humor.
—Esto no es un mensaje de un hombre preocupado por su hijo. Es el mensaje de un hombre que quiere construir evidencia de que usted es inestable.
—Renata siempre decía que yo estaba agotada —murmuré—. Que una mamá recién parida no debía tomar decisiones. Que el estrés me estaba afectando.
—¿Le ofrecieron medicamentos? ¿Le insistieron en que fuera al psiquiatra? —preguntó Sofía.
Recordé una tarde, tres semanas antes. Renata había llegado con una caja de té y una sonrisa suave.
—Mi niña, esto te va a ayudar a dormir. Las hormonas dejan a una muy sensible.
Había insistido tanto que terminé guardando las bolsitas en un cajón. Nunca las tomé. Me daba miedo dormir demasiado profundo con Gael tan pequeño.
—Me dio unas infusiones —dije.
Elena se puso de pie.
—¿Las trajiste?
Asentí. Estaban en el fondo de la pañalera, junto a un paquete de toallitas húmedas. Sofía fotografió la caja. Julián leyó la etiqueta y frunció el ceño.
—Esto no es té relajante —dijo—. Tiene trazas de benzodiacepina, por lo menos según la lista de ingredientes.
El silencio se rompió dentro de mí como un vidrio.
Renata no quería que yo descansara.
Quería que pareciera incapaz de cuidar a mi hijo.
Y entonces recordé algo más: la insistencia de Santiago para que Gael se quedara una noche con sus abuelos “para que yo recuperara fuerzas”; las fotos que Renata subía a su grupo familiar, donde mi hijo aparecía en sus brazos con comentarios como “mi razón de vivir”; el modo en que ella decía *nuestro bebé*.
—Van a intentar decir que tengo depresión posparto —susurré.
—Entonces no les vamos a dejar espacio para hacerlo —respondió Sofía—. Hoy mismo habrá una valoración médica independiente. Y no volverá sola a esa casa.