Elena abrió el sobre con cuidado.
Dentro había copias de escrituras, fotografías aéreas de terrenos y una carta.
La primera hoja llevaba el nombre de mi padre como propietario de una extensión enorme de tierra en Santa Catarina. Los terrenos donde ahora se levantaba Vértice 17.
En la carta, mi padre escribía que Arturo Ibarra, el padre de Santiago, había falsificado contratos y usado amenazas para obligarlo a vender. Que él se negó. Que había descubierto una red de sobornos y despojos. Que temía por mí.
Y al final había una línea que me hizo sentir náuseas.
“Si algo me pasa, Elena, no permitas que mi hija crea que fue un accidente.”
Mi padre murió en un choque en carretera tres días después.
Toda mi vida me habían dicho que un tráiler perdió el control bajo la lluvia.
—Arturo Ibarra lo mandó matar —dije.
No era una pregunta.
Elena asintió, despacio.
—Nunca pudimos probarlo. Pero tú, sin saberlo, terminaste trabajando en el único campo que podía destruirlos: las auditorías. Cuando Santiago te conoció, no sabía quién eras. Renata sí.
Recordé la primera vez que conocí a mi suegra. Había sido amable. Demasiado amable. Me preguntó el apellido completo de mi mamá, el año en que murió mi padre, la colonia donde crecí. Luego se quedó mirándome con una sonrisa de porcelana.
—Qué pequeño es Monterrey, ¿verdad? —me dijo.
Entonces no entendí.
Ahora sí.
—Ella sabía desde el principio —susurré.
—Sí.
—¿Y permitió que Santiago se casara conmigo?
Elena tragó saliva.
—Creo que pensó que podía vigilarte. Tenerte cerca. Convertirte en una esposa dependiente hasta que olvidaras lo que eras.
Miré a mi hijo.
No querían solo robar dinero.
No querían solo destruir mi reputación.
Querían quedarse con el nieto de la mujer a la que su familia le había robado una vida entera.
*
Santiago llegó a la residencia de Elena esa misma noche.
No logró pasar del portón. Afuera, sobre la calle silenciosa, estaba parado junto a su carro gris, sin corbata, con el cabello revuelto y una desesperación que nunca le había visto.
Yo estaba detrás del vidrio, con Gael dormido en brazos. Sofía se colocó a mi lado, sin tocarme.
—No tiene que hablar con él —dijo.
Pero yo ya había vivido demasiado tiempo sin respuestas.
Salí al patio. El portón de hierro nos separaba.
Santiago se acercó de inmediato.
—Déjame ver a mi hijo.
—No.
—Por favor.
—¿Sabías lo de mi papá?
Se quedó inmóvil.
No preguntó de qué hablaba.
Eso fue respuesta suficiente.
—Yo no sabía cuando te conocí —dijo al fin—. Te lo juro.
—¿Cuándo lo supiste?
—Después de casarnos. Mi mamá encontró unos documentos. Me dijo que tu papá había intentado arruinar a mi familia, que tú podías hacer lo mismo.
—¿Y le creíste?
—Es mi mamá.
—Y yo era tu esposa.
Santiago apretó los ojos. Por un segundo pareció el hombre que había sido conmigo antes de que Renata empezara a decidir cuánto tiempo podía pasar yo con mis amigas, antes de que él revisara mis gastos, antes de que mi trabajo se convirtiera en algo que “nos convenía dejar atrás”.
Pero ese hombre ya no existía. O quizá nunca existió.
—No quería hacerte daño —dijo.
—Me pediste el divorcio mientras alimentaba a nuestro bebé.
—Mi mamá dijo que si te separaba de Gael iba a ser más fácil protegerlo cuando saliera lo del fraude.
—¿Protegerlo de qué, Santiago? ¿De la verdad?
Él se acercó tanto al portón que sus dedos quedaron entre los barrotes.
—Hay algo que no entiendes.
—Explícamelo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. No me conmovió. Ya no.
—Gael no está en peligro por las cuentas. Está en peligro por mi papá.
Sentí frío en la nuca.
—Arturo está muerto.
—No —dijo Santiago—. Eso es lo que mi mamá hizo creer a todos hace seis años.
El ruido de una fuente, al fondo del patio, siguió cayendo con una tranquilidad insoportable.
—Lo vi —continuó—. Vi el ataúd. Vi el funeral.
—Viste un ataúd cerrado. Mi mamá dijo que estaba desfigurado por el incendio. Pero hace dos semanas recibí una llamada. Mi papá vive en Texas. Y quiere recuperar lo que dice que le pertenece.
—¿Qué le pertenece?
Santiago miró a Gael a través del vidrio de la puerta.
—El heredero.
Sofía dio un paso al frente.
—Señor Ibarra, está confesando información relevante en presencia de una abogada. Le recomiendo retirarse.
Pero Santiago no la escuchó. Seguía viéndome.
—Mi papá sabe quién eres. Sabe lo de los terrenos. Mi mamá quiso sacarte del mapa antes de que él apareciera. El fraude, el divorcio, hacerte ver inestable… todo era para quedarse con Gael y negociar contigo.
—¿Negociar qué?
—Tu silencio.
Me quedé quieta.
Y entonces entendí el verdadero tamaño de la crueldad de Renata. No necesitaba que yo perdiera el juicio. Necesitaba que yo tuviera miedo. Que aceptara cualquier condición para no perder a mi hijo.
Santiago bajó la voz.
—Vete de Monterrey. Yo te ayudo. Podemos desaparecer.
—¿Desaparecer? —pregunté—. ¿Como desaparecieron a mi papá?
Él cerró los ojos.
—Yo no soy mi familia.
—No, Santiago. Eres el hombre que eligió a su familia cada vez que tuvo la oportunidad de elegirme a mí.
Entré a la casa sin despedirme.
*
La siguiente mañana, Renata apareció en las noticias.
No por el fraude. No todavía.
La Fiscalía había encontrado una conexión entre Salazar Patrimonial y una cadena de sociedades usadas para adquirir propiedades a precios irrisorios. El caso llegó a la prensa porque una de esas propiedades pertenecía a la familia de un periodista asesinado años atrás.
De pronto, los Ibarra ya no podían resolverlo con una llamada.
Sus oficinas fueron cateadas. Mariana intentó salir del país desde el aeropuerto de Monterrey y la detuvieron antes de abordar. En su computadora encontraron contratos falsificados y conversaciones donde se refería a mí como “la loca útil”.