Esa noche llevé a Gael a la alberca del edificio. El agua reflejaba las luces de Monterrey como si la ciudad estuviera hecha de fragmentos de vidrio.
Mi hijo chapoteó con las manos y soltó una carcajada tan pura que me rompió el corazón y me lo acomodó al mismo tiempo.
—Tú no le perteneces a nadie —le dije, besando sus rizos húmedos—. Ni a los Ibarra, ni a sus secretos, ni a sus apellidos.
Gael me agarró un dedo con su puñito.
Y por primera vez desde aquella madrugada, entendí algo que Renata jamás comprendería:
ellos podían haber planeado su origen, pero yo iba a decidir su destino.