Afuera, el sedán negro seguía estacionado frente al edificio. En el parabrisas había un boleto blanco pegado por dentro. Desde la banqueta no podía leer el número, pero ya sabía cuál sería.
G14.
No fui al cine. Fui a ver a la única persona que podía responderme: mi hermana Clara, que vivía en un departamento de Santa María la Ribera y llevaba casi diez años sin hablar conmigo.
Clara abrió la puerta con una bata azul y un bastón en la mano. Había tenido un derrame cerebral después de la muerte de Daniel, y desde entonces su memoria iba y venía como una radio mal sintonizada.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
—Necesito preguntarte algo sobre Daniel.
Clara palideció.
—No pronuncies ese nombre aquí.
—¿Por qué?
Desde el pasillo del edificio llegó el sonido del elevador deteniéndose.
Clara miró hacia la puerta.
—Pasa.
Le enseñé el boleto con mi nombre.
Durante un largo momento no dijo nada. Después se sentó y comenzó a temblar.
—Yo te dije que no fueras a esa función.
—¿Qué función?
—La de la noche en que murió Daniel.
El aire del departamento se volvió pesado.
—Daniel no murió en una función.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
Clara sacó una caja de lata de debajo del sillón. Dentro había recortes de periódicos, fotografías y un casete viejo. En una de las fotografías aparecíamos Daniel y yo frente a un cine distinto, en Monterrey. Yo llevaba un vestido rojo. Daniel tenía la mano sobre mi vientre.
Estaba embarazada.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—La noche en que perdiste a tu hija.
Solté la fotografía.
—Yo nunca tuve una hija.
—Sí la tuviste. Se llamaba Abril.
No recordaba ese nombre. No recordaba estar embarazada. No recordaba ninguna pérdida.
Clara metió el casete en una grabadora vieja. La cinta comenzó con estática y luego apareció mi propia voz, más joven, más agitada.
—Si alguien escucha esto, no le crean a Daniel. El cine no es un cine. Es una lista. Una lista de personas que pagan para borrar a otras.
Después se escuchó un golpe.
La voz de Daniel dijo:
—Lucía, vámonos.
Mi voz respondió:
—¿Y Abril?
La grabación terminó.
Me quedé mirando la grabadora.
—¿Qué pasó con ella?
Clara cerró los ojos.
—No lo sé. Daniel dijo que el bebé murió. Pero yo vi a una enfermera salir de la clínica con una niña. Tenía una marca roja detrás de la oreja.
—¿Y luego?
—Luego tú dejaste de recordar. Daniel murió. Y tú te mudaste a la Ciudad de México con Mateo.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
Clara me miró con una tristeza que parecía más vieja que las paredes.
—Porque cada vez que intentaba hablar, tú me llamabas por otro nombre.
El elevador volvió a sonar.
Esta vez se detuvo en nuestro piso.
Clara tomó mi mano.
—Vete por la escalera.
—¿Y tú?
—Yo ya estoy en su lista desde hace años.
Bajé por las escaleras mientras alguien golpeaba la puerta de Clara. Llegué al carro sin ver a nadie, pero encontré un sobre en el parabrisas. Dentro había una fotografía reciente de Mateo, tomada mientras dormía.
Al reverso decía:
“Él no es tu hijo.”
Manejé hasta el departamento con las manos heladas.
Mateo ya no estaba.
La puerta no tenía señales de violencia. Su celular seguía sobre la mesa. La computadora estaba encendida y mostraba una carpeta con cientos de archivos. Cada archivo tenía un código y una fecha. Algunos correspondían a personas del cine. Otros tenían nombres que reconocí de los recortes de Clara: empresarios, jueces, políticos, artistas.
Todos aparecían clasificados como RETURNING.
Encontré un video.
En la imagen, Mateo estaba en el cuarto oculto de la sala siete. Frente a él se encontraba un hombre de traje gris, de unos cincuenta años, con el cabello completamente blanco.
—¿Ya le contaste a tu madre? —preguntó el hombre.
—No.
—Entonces todavía puede funcionar.
—No voy a entregarla.
—No tienes alternativa, muchacho. Tu acceso, tu escuela, tu departamento, todo lo pagamos nosotros.
Mateo golpeó la mesa.
—Me dijeron que solo era vigilancia.
—Eso era al principio.
El hombre acercó una carpeta a la cámara.
En la portada se leía: PROYECTO G14 / LUCÍA RIVAS.
El video terminaba ahí.
Sentí que el cuerpo se me quedaba sin fuerza. Si Mateo estaba trabajando para ellos, ¿por qué me había llevado hasta la puerta? Si quería protegerme, ¿por qué sabía tanto? Y si no era mi hijo, ¿quién era?
Llamé a la policía.
Antes de que pudiera explicar algo, un vehículo frenó frente al edificio. Dos hombres bajaron. Uno de ellos levantó la vista hacia mi ventana.
Apagué las luces y salí por la puerta de servicio.
Me escondí en una lavandería durante una hora. Desde ahí llamé al número que aparecía en el último recibo de mantenimiento. Una mujer contestó al segundo timbrazo.
—¿Quién es?
—Soy Lucía Rivas.
Hubo silencio.
—Entonces ya despertó —dijo ella.
—¿Dónde está mi hijo?
—¿Cuál de los dos?
—Mateo.
—Vaya al Cine Alcázar. Función de medianoche. Entre por la puerta del estacionamiento. No lleve su celular.
—¿Quién habla?
—Alguien que también recibió un boleto G14.
Colgué.
A las once y cuarenta de la noche regresé al cine. Dejé el celular en una jardinera de la calle y entré por el estacionamiento usando la llave electrónica de Mateo. El lugar estaba vacío. No había música, ni empleados, ni el zumbido habitual de las máquinas de palomitas.
Solo se escuchaba el aire acondicionado.
La puerta de la sala siete estaba abierta.
En cada asiento había un boleto blanco.
En G13 estaba Mateo.
Tenía las manos atadas, pero estaba consciente. Junto a él había tres personas: el hombre de traje gris, una mujer con sombrero blanco y un hombre joven que se parecía demasiado a Daniel.
Me detuve en la entrada.
—Usted es Lucía Rivas —dijo el hombre de traje.
—¿Dónde está mi hijo?
—Aquí.
—Desátenlo.
—Primero necesitamos que recuerde.
—No tengo nada que recordar.
La mujer del sombrero dio un paso adelante.