—Sí tiene. Recuerde la última función.

El proyector se encendió.

En la pantalla apareció una grabación de hacía diecisiete años. La imagen mostraba una sala de cine en Monterrey. Reconocí los mosaicos, las butacas rojas, la misma fila G. Daniel estaba sentado junto a mí. Yo sostenía a un bebé envuelto en una cobija.

Abril.

La mujer del sombrero se acercó a la pantalla. Era más joven en el video, pero su rostro era inconfundible.

—Esa niña era mi hija —dijo—. Murió por una negligencia médica. Yo pagué para que la sustituyeran por el bebé de una mujer que no podía mantenerlo.

—¿Qué está diciendo?

El hombre de traje respondió:

—El sistema comenzó como una red de adopciones clandestinas. Después evolucionó. Los clientes ya no querían niños. Querían identidades, recuerdos, vidas completas. El cine servía para reunirlos sin levantar sospechas.

El hombre joven se volvió hacia mí.

Yo lo miré fijamente.

Tenía los ojos de Daniel.

—¿Quién es usted? —pregunté.

—Me llamo Daniel Rivas.

Mateo levantó la cabeza.

—No le creas, mamá.

El hombre sonrió.

—A él le dijeron que era Mateo. A mí me dijeron que era Daniel. Ninguno de los dos somos quienes creen ser.

Sentí que la pantalla se inclinaba, aunque el piso permanecía quieto.

El hombre de traje abrió la carpeta.

—Hace diecisiete años, usted descubrió que su esposo participaba en el programa. Intentó sacar a la niña del país. Daniel la entregó a cambio de una nueva identidad y dinero. Usted se resistió. Hubo una pelea. Su esposo cayó por las escaleras del estacionamiento.

—Eso es mentira.

—Usted golpeó a Daniel con una lámpara. Él murió en el hospital. Pero antes de morir entregó el bebé a la organización.

—Yo no maté a mi esposo.

—No. Usted hizo algo peor para ellos: copió los archivos.

La mujer del sombrero sacó otra fotografía. Era yo, sentada en una sala de hospital, con la cabeza vendada. En mis brazos estaba un niño de cinco años.

Mateo.

—Usted pidió que borraran sus recuerdos —dijo ella— para que no pudieran encontrar la información. Pero el procedimiento no fue perfecto. El niño que estaba con usted no era su hijo biológico. Era el hijo de un juez que había comprado una nueva vida para él. Usted lo rescató y lo llamó Mateo.

Miré a mi hijo.

—¿Quién soy? —preguntó él, con la voz quebrada.

No pude responder.

El hombre joven se acercó. La cicatriz detrás de su oreja era idéntica a la que Clara había descrito en el casete.

Abril.

No era una niña. Era un hombre de diecisiete años, criado con un nombre prestado, convertido en uno de los operadores de la organización. La mujer del sombrero era su madre biológica. Lo había encontrado años atrás y lo había llevado de regreso al sistema.

—Ella no es Abril —dijo Mateo—. Yo sí.

La mujer del sombrero negó con la cabeza.

—Tú eres el hijo de Daniel.

El hombre joven sacó un documento. En la parte superior aparecía una prueba genética. Mi nombre. El de Mateo. El de él.

El resultado era imposible.

Los tres éramos hermanos.

Pero no por la razón que cualquiera habría imaginado.

El hombre de traje comenzó a reírse.

—La verdad es mucho más sencilla. Lucía Rivas no es la madre de ninguno. Ella fue creada para cuidar el archivo.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa eso?

La mujer del sombrero se quitó el sombrero. Debajo llevaba el cabello completamente blanco, aunque en la fotografía de Clara aparecía joven. Su rostro tampoco era el mismo. La piel se le veía tensa, casi inmóvil.

—Usted no nació como Lucía Rivas —dijo—. Usted fue una identidad fabricada para una mujer llamada Elisa Valdés.

El nombre me atravesó con una fuerza brutal.

Elisa.

Por primera vez recordé una habitación blanca. Una niña llorando. Daniel diciendo que no podíamos salvar a todos. Un hombre entregándome una caja de boletos. Y una orden:

“Si ella despierta, llévala a la sala G14.”

Me llevé las manos a la cabeza.

La pantalla cambió.

Apareció una grabación de la primera noche en el cine. Yo estaba frente a una cámara, con un vestido rojo y un bebé en brazos. Detrás de mí, una mujer lloraba.

La mujer del sombrero.

—Elisa, si aceptas, te borraremos la memoria y te daremos una vida nueva. A cambio, custodiarás los registros. Nadie sospechará de una madre viuda.

La Elisa de la pantalla miró al bebé.

—¿Y mi hija?

—Tu hija se queda contigo.

—¿Y el otro niño?

—También.

—¿Por cuánto tiempo?

El hombre de traje, mucho más joven, apareció en la imagen.

—Hasta que alguno de los dos encuentre la puerta.

La grabación terminó.

Me acerqué a Mateo. El hombre de traje intentó detenerme, pero la mujer del sombrero lo golpeó con su bastón. Clara apareció en la entrada de la sala, respirando con dificultad.

—¡Corre, Lucía!

No era Clara. Era su voz, pero la mujer que caminaba apoyada en el bastón no era mi hermana. Era una agente de la organización. La verdadera Clara llevaba años muerta.

El cine se llenó de luces rojas.

Sonaron alarmas.

Mateo se liberó usando una navaja escondida en el zapato y corrió hacia mí. El joven que se hacía llamar Daniel levantó un arma, pero no nos apuntó a nosotros. Apuntó al hombre de traje.

—Ya se acabó —dijo.

—No sabes lo que estás haciendo, Abril.

El hombre joven apretó el gatillo.

El disparo reventó una lámpara, no al hombre. Las luces se apagaron. En la oscuridad, alguien gritó. Mateo me tomó de la mano y me arrastró hacia la pared.

—Mamá, ¿te acuerdas de la puerta?

—Sí.

—¿Y del código?

No sabía por qué, pero mis dedos comenzaron a moverse sobre el lector. G, uno, cuatro.

La pared se abrió.

En el cuarto oculto, los monitores se encendieron solos. El contador de perfiles activos parpadeaba.

187.

Había uno nuevo.

El mío.

En la pantalla central apareció mi rostro, captado unos minutos antes, y debajo una clasificación distinta:

ORIGINAL.