Llegué al consultorio de Lucía. Ella me esperaba en la sala privada, junto con un hombre alto, de traje gris y cabello completamente blanco.
—Él es el licenciado Esteban Salgado —dijo—. Maneja asuntos patrimoniales y familiares.
El licenciado se levantó.
—Señora Elena, necesito preguntarle algo delicado. ¿Ha firmado recientemente un poder notarial a favor de su hijo?
—No.
—¿Un testamento nuevo?
—Tampoco.
—¿Una autorización para vender o hipotecar su casa?
—No he firmado nada.
Esteban intercambió una mirada con Lucía.
—Entonces tenemos un problema serio. Hace cuatro días se presentó una solicitud para iniciar un procedimiento de interdicción en su contra. Alegan que usted padece deterioro cognitivo y que su hijo debe ser nombrado administrador provisional de sus bienes.
Me quedé inmóvil.
—¿Con qué pruebas?
—Testimonios de familiares. Mensajes donde supuestamente usted se muestra confundida. Y una evaluación médica firmada por un psiquiatra que usted nunca ha visto.
Lucía apretó los labios.
—También incluyeron una declaración de Renata.
—¿Qué dijo?
Esteban bajó la mirada al expediente.
—Que usted olvida alimentar a los niños, que deja las puertas abiertas, que se pierde cuando maneja y que en varias ocasiones la encontró hablando sola.
Solté una carcajada breve, sin humor.
—Hablo sola porque vivo sola. Y los niños comen como si fueran una excursión escolar completa.
—Hay más —dijo el abogado—. Afirman que usted les pidió que se hicieran cargo de sus finanzas porque ya no podía administrarlas.
La trampa estaba completa.
Si yo me negaba a cuidar a los niños, podían decir que era una mujer inestable y agresiva. Si me enojaba, lo usarían como prueba. Si olvidaba una cita, confirmarían su historia. Y si firmaba cualquier documento que me pusieran enfrente, perdería el control de mi patrimonio.
—¿Cuánto vale mi casa? —pregunté.
—Según el avalúo más reciente, alrededor de treinta y ocho millones de pesos.
No me sorprendió la cifra. Lo que me dejó sin palabras fue otra cosa.
—¿Y qué ganarían con una interdicción?
—Controlar sus cuentas, vender el inmueble o hipotecarlo. Además, podrían decidir dónde vive usted.
Lucía tomó mi mano.
—Elena, no puedes volver sola a esa casa.
—No voy a volver sola.
—¿Qué estás pensando?
Le respondí sin apartar la mirada del abogado.
—Voy a regresar, pero no para enfrentarlos. Voy a dejar que entren.
Esteban frunció el ceño.
—Eso puede ser peligroso.
—Más peligroso es no saber hasta dónde piensan llegar.
Durante los siguientes días, el licenciado instaló cámaras discretas en el exterior de mi casa y un sistema de respaldo en la nube. También revisó todos mis documentos, mis cuentas y las escrituras.
La carpeta azul apareció en su computadora.
—Estas firmas son falsas —dijo después de examinarlas—. No son copias de documentos viejos. Son intentos de preparar una autorización para hipotecar el inmueble.
—¿Quién las hizo?
—Todavía no puedo asegurarlo. Pero hay algo raro.
Amplió una de las páginas.
—La tinta de la firma y la del texto no tienen la misma antigüedad. Alguien colocó una copia de su firma en un documento preparado después.
—¿Santiago?
—Probablemente. Pero necesitaremos pruebas más sólidas.
La oportunidad llegó el lunes.
Renata me llamó a las ocho de la mañana.
—¿Dónde estás? —preguntó, sin saludar.
—En mi casa.
—No, no estás. Fui ayer y no abriste.
—Estaba descansando.
—Elena, no puedes hacerte la desentendida. Los niños tienen que quedarse contigo este fin de semana.
—No.
Hubo un silencio pesado.
—¿Cómo que no?
—Que no voy a cuidar a los niños.
—Pero ya quedamos.
—Ustedes quedaron. Yo acepté para que dejaran de discutir frente a todos.
—No puedes retractarte así.
—Puedo. Es mi casa y es mi tiempo.
Renata respiró con fuerza.
—Santiago tenía razón. Estás actuando muy raro.
—¿Ah, sí?
—Te estás volviendo olvidadiza, Elena. Ayer ni siquiera abriste la puerta cuando fui.
—Porque no quería abrirla.
—Eso no es normal.
Sonreí aunque ella no pudiera verme.
—Que no te guste mi decisión no la convierte en una enfermedad.
Renata colgó.
Cinco minutos después, Santiago me llamó.
No contesté.
Volvió a llamar.
Tampoco.
A la tercera, respondí.
—¿Qué quieres?
—Mamá, tenemos que hablar.
—Habla.
—Renata me dice que estás muy alterada.
—Renata me dijo que mis fines de semana le pertenecían.
—No exageres.
—Lo dijo frente a toda la familia.
—Era una forma de organizarse.
—No. Fue una orden.
—Mamá, con todo respeto, ya no estás en condiciones de vivir completamente sola.
Ahí estaba.
La frase que estaban esperando usar.
—¿Y quién decidió eso?
—Todos estamos preocupados.
—¿Todos?
—Renata, yo, algunos tíos…
—Dime nombres.
Santiago guardó silencio.
—Te conviene aceptar ayuda —continuó—. Podemos administrar tus pagos, tus citas y tus medicamentos.
—No necesito que administres nada.
—No te estoy pidiendo permiso.
Mi mano se cerró alrededor del celular.
—Entonces escucha bien: no vas a administrar mi vida.
—Si te niegas, vamos a tener que buscar una solución legal.
—Hazlo.
—Mamá…
—Hazlo, Santiago.
Por primera vez, le hablé con la formalidad que usaba con los desconocidos.
—Y una cosa más: no vuelvas a entrar a mi casa sin mi autorización.
—¿Me estás hablando de usted?
—Sí. Porque en este momento no te estás comportando como mi hijo.
Colgué.
Al día siguiente, Renata llegó con los cinco niños. No tocó. Se quedó frente a la puerta, mirando las cámaras como si supiera que estaban ahí.
—¡Elena! —gritó—. ¡Abre!
Yo observaba desde el despacho.
La pequeña Julia comenzó a llorar.
—Mamá, ¿por qué la abuela no sale?
—Porque está enferma —respondió Renata—. Y por eso tenemos que ayudarla.
Mentía frente a sus propios hijos sin siquiera bajar la voz.
Santiago llegó veinte minutos después. Traía a un hombre que no conocía: un señor robusto con una carpeta bajo el brazo.
—Es un médico —dijo cuando por fin abrí la puerta, manteniéndome detrás de la cadena de seguridad.
—No lo conozco.
—Viene a evaluarte.
—No acepté ninguna evaluación.
—Mamá, no hagas esto difícil.
—Retírate.
El hombre de la carpeta se acercó.
—Señora, sólo queremos asegurarnos de que se encuentre bien.
—Entonces muéstreme su identificación y su cédula profesional.
El hombre dudó.