Santiago dio un paso al frente.
—No tienes derecho a interrogarnos.
—Esta es mi casa. Ustedes son quienes tienen que explicar por qué intentan entrar con un supuesto médico que no conozco.
Renata abrazó a Julia y comenzó a llorar.
—Los niños están asustados. No sabemos qué hacer contigo.
La frase quedó grabada por las cámaras.
Santiago miró hacia arriba, como si pudiera ver el lente oculto en la moldura.
—Te estás perjudicando sola.
—No —respondí—. Me estoy escuchando por primera vez.
Se fueron.
Esa noche, el licenciado Salgado llegó con una noticia.
—Ya tenemos el origen de la evaluación médica.
Me entregó un documento.
El psiquiatra era dueño de una clínica privada en Santa Fe. El pago había salido de una cuenta empresarial vinculada a Renata.
—¿Y la demanda?
—Todavía no la admiten formalmente. Pero hay otro asunto.
Esteban abrió una segunda carpeta.
—Su hijo solicitó un crédito puente por doce millones de pesos usando su casa como garantía.
Sentí que las piernas me flaqueaban.
—¿Cómo pudo hacerlo sin mi firma?
—Presentó un poder notarial supuestamente firmado por usted hace tres meses.
—Nunca firmé eso.
—Ya lo sé. Por eso envié el documento a un perito calígrafo.
Lucía me miró con preocupación.
—¿Qué más encontraron?
Esteban sacó una hoja.
—La notaría donde se protocolizó el poder pertenece al padre de Renata.
Me quedé callada.
El padre de Renata, Octavio Beltrán, era un empresario retirado con fama de resolverlo todo “por debajo del agua”. Siempre había sido amable conmigo, aunque nunca me había caído bien. Demasiado amable. Demasiado interesado en saber cuánto había costado mi casa, si pensaba venderla y qué planes tenía para mi patrimonio.
—Esto no lo hicieron sólo Santiago y Renata —dije.
—No —respondió Esteban—. Alguien con experiencia legal los está guiando.
—¿Por qué necesitaban a los niños?
El abogado tardó en contestar.
—Para crear una rutina. Si usted aceptaba cuidarlos todos los fines de semana, podían argumentar que ya no tenía autonomía y que dependía de ellos para organizar su vida. También tendrían acceso constante a su casa.
Lucía palideció.
—Y podían buscar documentos.
Recordé la carpeta azul.
—No estaban buscando dinero.
Esteban levantó la vista.
—¿Qué otra cosa hay?
Durante años había evitado entrar a fondo en ciertos asuntos de mi difunto esposo, Mauricio. Él había sido socio de una constructora que quebró poco antes de morir. Según todos, el problema había sido una deuda enorme y varios contratos mal administrados.
Pero Mauricio siempre me repetía una frase:
“Si algún día alguien insiste demasiado en entrar a tu despacho, no le des la carpeta negra.”
Yo nunca había encontrado una carpeta negra.
Hasta esa noche.
Moví un librero antiguo, revisé el fondo de la pared y descubrí una pequeña placa de metal. Debajo había una caja empotrada.
La abrí con una llave que llevaba años guardada en mi joyero.
Dentro había una carpeta negra, varios discos compactos y una carta fechada once años atrás.
La letra de Mauricio era inconfundible.
“Mi vida:
Si estás leyendo esto, significa que algo salió mal y que probablemente ya no estoy aquí para explicártelo. No confíes en Octavio Beltrán. La quiebra de la empresa fue provocada. Él desvió dinero mediante compañías fantasma y utilizó a Santiago para firmar documentos cuando todavía era un empleado joven y fácilmente manipulable.
Guardé copias de todo.
No denuncié antes porque me amenazó con destruir la vida de nuestro hijo. Creí que podía arreglarlo solo. Me equivoqué.
La propiedad de Lomas de Chapultepec no es únicamente nuestra. En el fideicomiso original, hay una cláusula que protege el inmueble para los descendientes directos de Santiago. Nadie puede venderlo ni hipotecarlo sin la autorización de todos los beneficiarios cuando cumplan la mayoría de edad.
Por eso Octavio esperará.
Y cuando lo haga, intentará controlar a Santiago.”
Tuve que sentarme.
Esteban leyó la carta dos veces.
—Esto cambia todo.
—¿Los niños son beneficiarios?
—Los cinco. Si son hijos reconocidos legalmente de Santiago, sí.
Lucía frunció el ceño.
—Entonces, aunque controlen a Elena y a Santiago, no podrían vender la casa inmediatamente.
—No —dijo Esteban—. Pero sí podrían intentar usarla como garantía, sobre todo si el banco no verifica el fideicomiso.
Abrí los discos en mi computadora. Había grabaciones, transferencias bancarias y fotografías de reuniones entre Mauricio y Octavio. En una de ellas aparecía Santiago, mucho más joven, firmando documentos junto a su futuro suegro.
También había una grabación de voz.
La voz de Octavio sonaba tranquila.
—Tu padre va a caer. Si quieres conservar algo, tienes que hacer lo que te diga.
La voz de Santiago respondió:
—No quiero meterme en esto.
—Ya estás metido. Tu firma está en los contratos. Si yo caigo, tú también.
Cerré los ojos.
Mi hijo no había sido sólo una víctima. Había sido cómplice.
Pero la prueba más devastadora estaba en el último archivo.
Santiago hablaba con Renata.
—La vieja tiene que salir de la casa antes del viernes —decía él—. El valuador viene el lunes.
—¿Y si no se deja?
—La hacemos parecer confundida. El doctor ya aceptó.
—¿Y los niños?
—Los dejamos con ella. Si se desespera, mejor. Todo lo que diga quedará como evidencia.
Renata soltó una risita.
—¿Y si se muere?
Hubo un silencio.
Después Santiago respondió:
—Entonces será más fácil.
No lloré.
Cuando una verdad alcanza cierto tamaño, las lágrimas dejan de servir.
El plan original era enfrentarlos con las pruebas en una audiencia. Pero Esteban tenía una idea mejor.
—Necesitamos que hablen otra vez —dijo—. Que confirmen quién está detrás.
—¿Cómo?
—Hágales creer que usted está asustada y dispuesta a firmar.
La idea me revolvió el estómago.
—No quiero volver a verlos.
—No tendrá que hacerlo sola.
El sábado siguiente, envié un mensaje a Santiago:
“Creo que tienen razón. Estoy confundida y no puedo con todo. Necesito que vengas a hablar conmigo.”
Respondió en menos de un minuto.
“Voy con Renata.”
“Está bien.”
Esa tarde llegaron también Octavio y el supuesto médico.