Estaba metida entre las páginas de un libro de derecho civil. Era pequeña, cuadrada, con bordes blancos. Se veía a mi madre joven, bellísima, sentada frente a un árbol de Navidad. Tenía el cabello recogido y una sonrisa cansada.
En sus brazos cargaba a un bebé.
Yo conocía esa foto. Había una copia en mi álbum.
Pero esta era distinta.
La parte derecha estaba cortada.
No rasgada. Cortada con tijeras.
La foto terminaba justo donde debería haber estado la otra mitad del sillón.
Me quedé mirando el borde recto y sentí una náusea lenta.
Al día siguiente regresé al tianguis antes de que terminaran de montar los puestos.
El vendedor estaba acomodando discos viejos sobre una manta.
—Señora, qué milagro. ¿No le gustó la esfera?
Puse la nota sobre su mesa.
—Necesito saber exactamente de dónde salió.
El hombre la leyó y se le borró la sonrisa.
—Híjole.
—Había una esfera azul, ¿verdad?
Me miró como si acabara de adivinarle una deuda.
—Sí. Igualita, pero azul. La vendí el mismo día.
—¿A quién?
—No me acuerdo.
—Piénsele bien.
—Señora, vendo un montón de cosas.
Abrí mi bolsa, saqué dos billetes de quinientos y los puse sobre la mesa.
El señor miró los billetes. Luego miró la nota.
—Espéreme.
Sacó una libreta vieja de una caja de plástico. Pasó páginas manchadas de café, con nombres, montos, teléfonos anotados a mano.
—Aquí está. La azul. Pagó con transferencia porque no traía efectivo.
Señaló una línea.
Paula Reed.
El mundo volvió a inclinarse.
Reed.
Mi padre había nacido como Harold Reed en El Paso, Texas, hijo de un empresario estadounidense y una mexicana de Monterrey. Al casarse con mi madre, se instaló definitivamente en México. En casa casi nunca se hablaba de su familia del norte. Mi madre decía que eran “gente fría”. Mi padre decía menos: “No son tema.”
—¿Tiene teléfono? —pregunté.
—No, pero con el nombre igual la encuentra. Ahora todos estamos en internet, ¿no?
Sí. Todos estábamos en internet.
Todos, menos los muertos que habían sabido esconderse.
Encontré a Paula Reed en menos de quince minutos.
Vivía en la colonia Del Valle. Tenía una cuenta de Facebook casi vacía, con pocas fotos: ella en una comida familiar, ella frente a una jacaranda, ella con un perro viejo de manchas cafés. En la foto de perfil traía un vestido verde y una sonrisa leve.
El celular se me resbaló de la mano.
Tenía mis ojos.
No parecidos. No “un aire”. No esa frase amable que se dice en reuniones.
Eran mis ojos.
La llamé desde el coche, estacionada junto a una banqueta de Coyoacán donde un vendedor gritaba “¡tamales oaxaqueños!” como si el mundo no acabara de abrirse en dos.
—¿Bueno?
Su voz era más suave que la mía. Más insegura.
—¿Paula Reed?
—Sí. ¿Quién habla?
Tragué saliva.
—Me llamo Miriam. Compraste una esfera azul en el tianguis de Coyoacán.
Silencio.
No un silencio de confusión.
Un silencio de terror.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo compré la roja.
Escuché su respiración al otro lado de la línea.
—No manches —susurró.
—¿Qué dice la tuya?
—No sé de qué me hablas.
—Sí sabes.
Otro silencio. Luego un golpe leve, como si hubiera dejado el teléfono sobre una mesa.
—Dice Paula —murmuró—. Paula, mil novecientos sesenta y seis.
Cerré los ojos.
—La mía dice Mimi. También mil novecientos sesenta y seis.
Paula hizo un sonido extraño, mitad risa nerviosa, mitad sollozo.
—¿Quién eres?
—Eso mismo quiero saber.
Nos vimos esa tarde en un café de San Ángel, de esos con patio de cantera, azulejos de Talavera y bugambilias cayendo sobre los arcos como si alguien hubiera derramado flores desde el techo. Llegué primero. Pedí café americano, pero no lo probé.
Cuando Paula entró, supe que ella también me reconoció.
Se detuvo en la entrada con una cajita de terciopelo azul apretada contra el pecho. Tenía el cabello negro, cortado a la altura de la mandíbula. La piel un poco más morena que la mía. La misma forma de ceja. La misma manera de apretar la boca cuando quería no llorar.
Se acercó despacio.
—Miriam.
—Paula.
No nos dimos la mano. No nos abrazamos. Solo nos miramos como se miran dos personas que acaban de encontrar un espejo que no pidieron.
Se sentó frente a mí y puso la cajita sobre la mesa.
Yo saqué la esfera roja.
Ella abrió la caja.
La esfera azul era casi idéntica: vidrio hecho a mano, estrellas blancas, mismo cuello metálico, misma fragilidad.
—La compré porque decía mi nombre —dijo Paula—. Mi mamá me decía que de bebé me regalaban adornos personalizados, pero nunca guardó ninguno. Me dio nostalgia.
—¿Tu mamá vive?
—No. Murió hace nueve años.
—¿Cómo se llamaba?
Paula dudó.
—Elena.
Sentí que algo se tensó dentro de mí.
—Mi mamá se llamaba Teresa.
—¿Y tu papá?
No contesté de inmediato.
—Harold Reed.
Paula bajó la mirada.
—El mío también.
Las bugambilias se movieron con una ráfaga tibia. En la mesa de al lado, una pareja se reía sobre un plato de enchiladas. El mesero pasó con una charola de vasos altos. Todo era normal alrededor de nosotras, y eso lo hacía más cruel.
Paula sacó un papelito de la cajita.
—Había esto dentro.
Lo desdobló.
La letra era la de mi madre.
O eso pensé al principio.
Pero al verla con más atención, noté una diferencia mínima. La M era parecida, sí, pero las letras tenían menos inclinación. Como si alguien hubiera intentado imitar una escritura conocida.
Leí.
Las niñas jamás deben estar juntas mientras Harold siga vivo.
El café se enfrió entre mis manos.
—Harold murió hace cuatro meses —dije.
Paula palideció.
—Mi mamá siempre me dijo que mi papá había muerto cuando yo era bebé.
—El mío estuvo vivo hasta abril.
—Entonces mi mamá me mintió toda la vida.
—La mía también.
Paula se cubrió la boca con la mano. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró de inmediato. Se quedó conteniéndose, como si estuviera acostumbrada a no hacer ruido.