—Yo nunca encajé —dijo al fin—. En mi familia, digo. Mis tíos me querían, pero siempre había algo raro. Cuando preguntaba por mi papá, mi mamá se ponía dura. Decía: “Ese hombre no merece tu curiosidad.”
—Mi papá sí estaba —dije—. Pero era como vivir con un juez. Todo tenía reglas. Todo tenía llave. Todo tenía un “después hablamos” que nunca llegaba.
Paula acarició la esfera azul.
—¿Crees que somos gemelas?
La palabra me atravesó.
Gemelas.
No hermanas separadas por años. No hijas de dos mujeres distintas. Gemelas. Nacidas el mismo año. Con adornos casi idénticos. Con notas escondidas.
—No lo sé —contesté, aunque mi cuerpo ya lo sabía.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un correo del despacho de mi padre.
Asunto: Documentos liberados — expediente Miriam/Paula.
Se me entumecieron los dedos.
Paula leyó el asunto desde el otro lado de la mesa.
—¿Eso acaba de llegar?
Asentí.
Abrí el correo.
Estimada señora Miriam Reed:
Por instrucciones testamentarias del Lic. Harold Reed, se libera el expediente confidencial designado únicamente para revisión conjunta de las señoras Miriam Reed y Paula Reed. El representante legal se presentará en el domicilio que comparten actualmente según geolocalización del dispositivo autorizado.
Paula soltó un sonido ahogado.
—¿Geolocalización? ¿Qué fregados?
No alcancé a responder.
Detrás de ella, en el arco principal del café, apareció un hombre de traje oscuro, con una carpeta de piel bajo el brazo. Nos miró una vez y caminó directo hacia nuestra mesa.
—Señoras Reed —dijo.
Yo me levanté de golpe.
—¿Quién es usted?
—Licenciado Santiago Robles. Fui albacea privado de su padre.
—Mi padre no tenía albacea privado.
—Tenía muchas cosas que usted no sabía, señora Miriam.
Paula apretó la esfera azul.
—¿Usted sabe quién soy?
El abogado la miró con algo parecido a compasión.
—Sí, señora Paula. Sé exactamente quién es.
Puso la carpeta sobre la mesa, entre las dos esferas.
Por primera vez, el rojo y el azul estuvieron juntos.
Y algo ocurrió.
No fue magia. No fue un truco de película. Fue algo más pequeño y más aterrador: al tocarse, los dos cuellos metálicos hicieron un clic suave. Paula y yo nos miramos. Santiago abrió mucho los ojos.
—No las junten —dijo.
Demasiado tarde.
Las esferas se soltaron de nuestras manos y rodaron una contra la otra. Los cuellos metálicos, imantados por algún mecanismo antiguo, se pegaron. Al unirse, formaron una sola pieza. Una esfera doble, roja y azul, como un corazón partido que acababa de cerrarse.
Desde adentro cayó un tercer papelito.
Yo lo tomé.
Esta vez la letra no era de mi madre.
Era de Harold.
Si las dos están leyendo esto, entonces yo ya perdí.
Paula se llevó la mano al pecho.
—¿Qué significa eso?
Santiago cerró la carpeta de golpe.
—No deberían haber encontrado las esferas.
—Pues qué pena —dije—. Ahora hable.
El abogado miró alrededor, nervioso.
—No aquí.
—Aquí.
—Señora Miriam, hay personas que—
—Mi vida acaba de hacerse pedazos en una mesa de café. No me venga con “personas”. Hable, licenciado.
Santiago respiró hondo.
—Ustedes no fueron separadas por accidente. Tampoco por una infidelidad. Fueron separadas por una orden judicial sellada y por un acuerdo médico ilegal.
Paula se puso de pie.
—¿Médico?
—Su nacimiento fue parte de un procedimiento experimental realizado en 1966 en una clínica privada de la Ciudad de México.
Me reí, pero mi risa salió rota.
—No. No, eso es una idiotez.
Santiago sacó una foto de la carpeta y la puso boca abajo.
—Su madre, Teresa, no podía tener hijos. Harold contrató al doctor Julián Abarca, especialista en fertilidad. Abarca trabajaba con familias poderosas, políticos, empresarios. Prometía bebés cuando nadie más podía darlos.
Paula murmuró:
—Mi mamá también iba con un doctor Abarca.
La miré.
—¿Qué?
—Tengo una receta vieja con ese nombre. La encontré cuando murió.
Santiago asintió.
—Elena, la madre de Paula, era enfermera en esa clínica.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Enfermera?
—Sí. Y también fue paciente.
—Explíquese bien.
El abogado tragó saliva.
—En 1966, Abarca implantó embriones en dos mujeres. Teresa Reed y Elena Morales. Los embriones no eran de sus esposos. No eran de un donante anónimo. Eran de un proyecto privado financiado por Harold.
Paula susurró:
—¿Proyecto?
Santiago bajó la voz.
—Harold quería un heredero compatible.
—¿Compatible con qué? —pregunté.
El abogado sacó un expediente médico con sellos viejos.
—Con él.
No entendí. O no quise entender.
—Harold padecía una enfermedad genética degenerativa. En esa época se sabía poco, pero él ya tenía síntomas. Necesitaba, eventualmente, tejido compatible. Médula, órganos, lo que pudiera usarse. Abarca le ofreció una solución.
Paula se sentó lentamente.
—¿Nos hicieron para salvarlo?
Santiago no respondió.
Esa respuesta fue suficiente.
El mundo se me llenó de ruido.
Recordé a mi padre llevándome a chequeos constantes, aunque yo nunca me enfermaba. Recordé análisis de sangre cada diciembre. Recordé a mi madre discutiendo en voz baja detrás de una puerta. “No la vas a tocar, Harold.” Y él: “No seas dramática, Teresa.”
No la vas a tocar.
Me faltó aire.
—Pero yo viví con él —dije—. Nunca me hizo nada.
Santiago me miró con una tristeza incómoda.
—Porque Teresa lo impidió. Ella descubrió el propósito real cuando usted tenía seis meses. Intentó huir con las dos.
Paula levantó la cara.
—¿Con las dos?
—Sí. Teresa quiso llevarse a Miriam y a Paula. Elena aceptó ayudarla. Las dos mujeres escondieron pruebas en las esferas navideñas porque sabían que Harold revisaba cartas, cajas fuertes, cuentas bancarias. Pero nunca tocaba los adornos. Decía que eran cosas de mujeres.
Me ardieron los ojos.
Mi madre. Mi madre sí había sabido. Mi madre sí había intentado.
—¿Entonces por qué nos separaron? —pregunté.
Santiago abrió la carpeta de nuevo y sacó la foto completa.
La volteó.
Era Navidad de 1966. Mi madre estaba en un sillón, más joven de lo que yo podía recordarla, con los ojos cansados pero encendidos. En un brazo cargaba a una bebé envuelta en manta blanca. En el otro, otra bebé idéntica.