Quería que la decencia funcionara en las personas que la consideraban una debilidad.
Una noche de marzo, mientras las listas de invitados y la ropa de mesa alquilada cubrían la mesa del comedor, Isolde finalmente dijo lo que había estado pensando.
—Si aparece el día de nuestra boda —dijo, sin levantar la vista del plano de las mesas—, te haré responsable de no haberla tomado lo suficientemente en serio.
Evren cerró la carpeta que tenía en las manos. “No lo hará”.
“Eso no es una respuesta. Es un deseo.”
Se recostó en su silla, cansado. “¿Qué es exactamente lo que quieres que haga?”
“No esperes. Actúa.”
“He tomado medidas. He ignorado los mensajes. He bloqueado los números. Le he dicho que no me contacte.”
¿Ya se lo has dicho al personal de seguridad del local?
Dudó un instante de más.
“Eso parece extremo.”
“Porque tu imaginación es perezosa.”
“O porque no quiero darle más importancia de la que se merece.”
“Importancia y amenaza no son lo mismo.”
El silencio que siguió no fue catastrófico, pero sí instructivo.
Al final, se llegó a un acuerdo. Los nombres se incluyeron en una lista de invitados restringida. Se informó discretamente al personal de seguridad del lugar que una persona no invitada podría intentar entrar. La organizadora de la boda, discreta hasta la santidad, fue informada. Isolda debería haberse sentido tranquila.
En cambio, tuvo la sensación de que el suelo bajo el que se asentaba la celebración solo se había reforzado después de que ya hubiera aparecido una grieta.
Ahora, al recordar aquella conversación mientras se encontraba en un salón de baile al que Corisande había logrado entrar de alguna manera, Isolde se sintió menos sorprendida que ofendida.
El fallo no fue solo logístico. Fue moral. Alguien había subestimado el precio de que una mujer se negara a ser humillada.
Y no era Corisande.