—¿Me estás ordenando?
—Te estoy pidiendo que no te vayas.
—Pues suenas igualito a tu mamá.
Renata cerró los ojos.
La niña había escuchado esa frase antes. Lo supe por la forma en que agachó la cabeza.
Martín conectó el celular de la maestra a su laptop. Tecleó durante varios minutos. La pantalla reflejaba líneas, registros, números. Yo no entendía nada, pero veía su ceño hacerse más profundo.
—Híjole —murmuró.
—¿Qué encontró? —preguntó la directora.
—Las llamadas entraron como llamadas telefónicas normales, pero pasaron por un servicio de voz en línea. Es decir, alguien usó una plataforma que permite llamar desde una interfaz web. El número de la señora Valeria fue suplantado.
Alejandro pasó una mano por su cabello.
—Entonces mi mamá dice la verdad.
—Parece que sí —dijo Martín—. Y hay más.
Giró la laptop.
—La cuenta del servicio está ligada a un correo.
Yo vi el correo y sentí que el aire se quedaba suspendido.
Alejandro también lo vio.
Era suyo.
El correo registrado pertenecía a mi hijo.
—No —dijo él de inmediato—. No, no, no. Yo no hice eso.
La directora Morales no parpadeó.
—Señor Alejandro, ese correo es suyo.
—Sí, pero yo no hice esas llamadas. Se lo juro por mi hija.
Renata levantó la cara al escuchar eso.
Camila cruzó los brazos.
—Qué conveniente.
Alejandro volteó hacia ella, herido.
—¿Estás insinuando que yo hice esto?
—Yo no insinué nada —dijo Camila—. Pero tú eres el que tiene el correo ahí.
Su tono era limpio, pulido, casi razonable. Pero yo había criado a Alejandro. Sabía leer el miedo en su cara. Y no era culpa lo que tenía. Era confusión.
Entonces lo vi recordar.
Primero fue un parpadeo.
Luego su mandíbula se aflojó.
Finalmente, me miró.
—La app familiar —dijo.
A mí me tomó un segundo entender.
Camila apretó los labios.
—¿Cuál app? —preguntó la directora.
Alejandro se sentó lentamente.
—Hace meses contratamos una app para guardar recuerdos familiares. Fotos, videos, audios. Camila quería hacerle un regalo a Renata con voces de la familia. Mi mamá grabó cuentos.
Yo sentí un frío horrible subir por la nuca.
—Los cuentos de las noches —susurré.
Renata me miró.
Había pasado casi todo noviembre grabando cuentos para ella. Camila me había insistido con una dulzura que entonces me pareció conmovedora.
“Valeria, grabe varios. Así Renata puede escucharla cuando esté cansada, cuando la extrañe, cuando no pueda venir. Usted tiene una voz tan bonita.”
Grabé horas.
Leyendas de volcanes.
Cuentos de niñas valientes.
Historias de abuelas que protegían a sus nietas incluso desde lejos.
Horas de audio limpio. Mi voz sola. Sin música. Sin ruido. Perfecta para clonarla.
—Eso no prueba nada —dijo Camila.
Otra vez demasiado rápido.
La maestra Sofía la miró por primera vez con desconfianza.
Martín siguió tecleando.
—Con esa cantidad de audio, una plataforma moderna puede generar una réplica bastante convincente. No perfecta, pero suficiente para una llamada telefónica.
—¿Y quién tenía acceso a esos audios? —preguntó la directora.
Alejandro no contestó.
Camila se acomodó un mechón que no necesitaba acomodo.
—La familia —dijo—. Todos.
—No todos —respondí—. Yo nunca tuve la contraseña.
La habitación se volvió más pequeña.
Camila sonrió, pero sus ojos no.
—Valeria, de verdad, qué feo que quiera llevar esto hacia mí.
—Yo no estoy llevando nada. Las cosas están caminando solas.
Renata soltó un sollozo pequeño, uno que intentó tragarse.
Me incliné hacia ella.
—Mijita, ¿qué pasó?
Camila se adelantó.
—Está asustada. No la presionen.
Renata miró a su madre.
Luego me miró a mí.
Y en ese segundo entendí que una niña de doce años estaba decidiendo si traicionaba a la persona que le daba casa, comida y permisos… o si se salvaba a sí misma.
—Mamá dijo que la abuela estaba de acuerdo —susurró.
Camila se puso pálida.
La directora se inclinó hacia Renata con mucha suavidad.
—¿De acuerdo con qué, Renata?
La niña apretó mi mano.
—Con que yo dejara el programa de beca.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Renata empezó a llorar sin hacer ruido.
—Dijo que era mucho estrés. Que me estaba volviendo rara. Que las niñas normales no se la pasan hablando de robótica, de satélites ni de ecuaciones. Dijo que la abuela también pensaba que yo necesitaba una escuela más… más femenina.
La palabra cayó como veneno fino.
Yo miré a Camila.
—¿Más femenina?
Camila levantó la barbilla.
—Yo solo quiero que mi hija tenga una vida equilibrada.
—Tu hija ganó una beca nacional —dije—. No una condena.
Alejandro se giró hacia su esposa.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque tú nunca escuchas —escupió ella—. Siempre es Renata esto, Renata aquello, la niña genio, la niña becada. ¿Y qué hay de su estabilidad? ¿Qué hay de su imagen? ¿Qué hay de nuestras oportunidades?
—¿Oportunidades? —preguntó la directora.
La maestra Sofía abrió una carpeta que tenía sobre las piernas.
—Directora, hay algo que tal vez debería ver.
Sacó varias hojas.
—Ayer me llegó una solicitud de baja parcial del programa avanzado. Venía firmada digitalmente por los tutores. Yo no la procesé porque me pareció raro después de las llamadas.
Alejandro le arrebató las hojas con los ojos.
—Yo no firmé esto.
—También llegó una carta de intención para trasladarla a un colegio privado en Bosques —añadió Sofía.
El rostro de Alejandro se endureció.
—Ese colegio cuesta más que mi sueldo.
Camila no respondió.
—Camila —dijo él, con una voz que jamás le había escuchado—. ¿Qué hiciste?
Ella respiró hondo, como si todos estuviéramos siendo profundamente injustos con ella.
—Ese colegio tiene contactos. Familias importantes. Eventos importantes. Renata no puede quedarse aquí como experimento social de una beca. Mi hija necesita moverse en otro nivel.
—Nuestra hija ya está en otro nivel —dijo Alejandro—. Solo que no es el nivel que tú querías presumir.
Renata lloró más fuerte.
Yo quería abrazarla, sacarla de ahí, llevármela a comer pan dulce y decirle que los adultos éramos unos tontos peligrosos. Pero todavía no podíamos irnos. Porque el monstruo apenas estaba mostrando la cola.