Martín volvió a mirar la pantalla.

—Hay algo más.

Todos callamos.

—La cuenta de voz no solo llamó a la maestra Sofía.

La directora Morales enderezó la espalda.

—¿A quién más llamó?

Martín giró la laptop hacia nosotros.

En la pantalla había una lista de números y horarios. Casi todo estaba borroso para mí, pero una línea venía marcada por él.

—Hubo una llamada saliente al comité de becas —dijo—. Anoche. Desde el número suplantado de la señora Valeria.

Yo sentí un golpe en el estómago.

—¿Qué dijeron?

Martín miró a la directora.

—No tengo acceso al contenido. Pero si el comité recibió una llamada con la voz de la abuela recomendando la baja, podrían congelar la beca.

La directora tomó su teléfono de inmediato.

—Voy a llamar al comité.

Camila se levantó.

—Esto ya se salió de control.

—Siéntate —dijo Alejandro.

Esta vez no fue una petición.

Ella abrió la boca, pero no dijo nada.

La directora llamó. Habló con alguien. Esperó. La pusieron en altavoz.

Una voz masculina contestó.

—Comité Nacional de Becas, licenciado Ortega.

La directora se presentó y explicó lo indispensable. No mencionó acusaciones, solo “posible suplantación de identidad”. Luego preguntó por el estatus de la beca de Renata.

Hubo un silencio.

—El expediente de Renata García Luján está en revisión extraordinaria —dijo Ortega.

Renata soltó mi mano.

—¿Por qué? —preguntó Alejandro.

—Recibimos un reporte familiar señalando presión psicológica, crisis frecuentes y falta de consentimiento de la abuela tutora de apoyo.

—Yo soy la abuela —dije, acercándome al teléfono—. Y jamás dije eso.

Ortega se quedó callado.

—Señora, la llamada fue grabada.

—Entonces escúchela con cuidado. No soy yo.

La directora intervino.

—Licenciado, tenemos indicios técnicos de clonación de voz.

—Necesitaríamos pruebas formales —dijo él—. Mientras tanto, el expediente queda suspendido.

Renata palideció.

Suspendido.

Esa palabra fue una puerta cerrándose en la cara de una niña que había trabajado más que muchos adultos.

Camila bajó la mirada, pero no parecía arrepentida. Parecía calcular.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó la maestra.

—Depende de la investigación —respondió Ortega—. También debo mencionar que recibimos una segunda comunicación.

La directora frunció el ceño.

—¿Segunda?

—Un correo anónimo con archivos adjuntos. Señala que Renata no desarrolló sola su proyecto de beca.

Alejandro golpeó el escritorio con la palma.

—¡Eso es mentira!

Renata empezó a temblar.

—Yo lo hice —dijo—. Yo hice mi prototipo. Papá solo me ayudó a comprar piezas.

Yo sentí que el corazón se me hacía nudo. La voz falsa no solo buscaba sacarla del programa. Quería ensuciar su mérito.

—¿Qué archivos? —preguntó Martín.

Ortega dudó.

—Videos. Capturas. Audios. Todo está en revisión.

La directora terminó la llamada con la promesa de enviar un informe inmediato. En cuanto colgó, el cuarto explotó.

Alejandro encaró a Camila.

—¿Fuiste tú?

—No me hables así.

—¿Fuiste tú? —repitió.

Camila apretó los dientes.

—Yo no mandé ningún correo anónimo.

—Pero sí querías sacarla de la beca.

—Quería protegerla.

—¿Protegiéndola con mentiras?

Camila respiró con fuerza.

—Tú no entiendes lo que es estar con las otras mamás. Todas preguntan en qué colegio va a seguir, a qué campamento internacional la vamos a mandar, qué familia conoce. ¿Y yo qué digo? ¿Que mi hija está becada porque no podemos pagar? ¿Que dependemos de un programa público para que reciba educación de alto nivel?

—Eso te da vergüenza —dijo Alejandro.

—¡Me da miedo! —gritó Camila.

El grito la rompió un poco. Por primera vez dejó de parecer una estatua de aparador.

—Me da miedo que la vean como menos. Me da miedo que nos cierren puertas. Me da miedo que se vuelva una de esas niñas raras que nadie invita, que nadie entiende, que terminan solas.

Renata la miró con una tristeza que no correspondía a su edad.

—Yo ya estoy sola, mamá.

Nadie dijo nada.

Camila abrió la boca, pero la niña continuó:

—Estoy sola cuando me dices que no hable de mis proyectos en las comidas. Estoy sola cuando escondes mis medallas en el cajón. Estoy sola cuando le dices a tus amigas que soy “intensa”. Estoy sola cuando papá se emociona por mí y tú cambias de tema.

Camila se llevó una mano al pecho, ofendida.

—Renata…

—Y estoy sola cuando usas la voz de mi abuela para hacerme creer que ella también se avergüenza de mí.

Esa frase terminó de partir el cuarto.

Yo abracé a mi nieta. Su cuerpecito temblaba. Olía a shampoo de manzana y lápices de madera.

—Nunca —le dije al oído—. Nunca me he avergonzado de ti. Eres lo más valiente que conozco.

Pero mientras la abrazaba, vi a Martín.

No estaba mirando a Camila.

Miraba la pantalla con una expresión distinta.

—Esto no cuadra —dijo.

La directora se acercó.

—¿Qué cosa?

—El correo anónimo al comité. Si salió de la misma plataforma o de la misma red, quizá puedo rastrear algo. Pero la cuenta de voz… la cuenta fue creada con el correo del señor Alejandro.

—Ya sabemos eso —dijo Camila.

—Sí, pero el acceso más reciente a esa cuenta no fue desde la casa de ustedes.

Alejandro levantó la cabeza.

—¿De dónde?

Martín tardó en responder.

—Desde la red del colegio.

La directora se quedó helada.

—¿De mi colegio?

—Sí. Anoche a las 9:14 p.m.

La maestra Sofía dio un paso atrás.

—Pero anoche no había clases.

—Había junta de padres del programa avanzado —dijo la directora lentamente.

Yo recordé. Renata no había ido porque tenía fiebre. Alejandro tampoco pudo asistir. Camila sí.

Camila levantó las manos.

—Yo estuve en la junta, sí. Eso no prueba que yo—

—No fue desde la sala de juntas —interrumpió Martín.

Su voz se volvió más baja.

—Fue desde el laboratorio de robótica.

Renata dejó de llorar.

Algo cambió en su cara.

Un miedo distinto.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Ella no respondió.

Martín siguió.

—Y el usuario interno que abrió sesión en esa computadora no fue de padres. Fue de estudiante.

La directora Morales tomó aire.

—¿Qué estudiante?

Martín miró a Renata. Luego a todos.