—La sesión estaba a nombre de Renata García Luján.
Alejandro dio un paso atrás.
—No.
Camila sonrió apenas.
Fue una sonrisa mínima, pero la vi. Y odié haberla visto.
—¿Ven? —dijo ella en voz baja—. Les dije que estaba bajo mucha presión.
Renata se levantó de golpe.
—¡Yo no hice eso!
Su grito no sonó culpable. Sonó aterrorizado.
—Yo no entré anoche. Yo estaba en casa. Tenía fiebre.
—Yo la cuidé por videollamada mientras Alejandro seguía en junta de trabajo —dije—. La vi dormirse a las ocho y media.
La directora se mantuvo firme, pero sus ojos se habían endurecido.
—Martín, revisa cámaras.
Camila volvió a sentarse despacio.
—Esto es demasiado para una niña.
—No —dijo la directora—. Esto es demasiado para todos.
Mientras Martín pedía acceso a seguridad, la maestra Sofía se acercó a Renata.
—Ren, dime la verdad. ¿Alguien más tiene tu contraseña?
La niña negó.
Luego dudó.
—¿Qué? —preguntó Alejandro.
Renata miró hacia la ventana del patio.
—No era mi contraseña nueva.
—¿Cómo que no?
—Hace dos semanas la cambié porque alguien entró a mi cuenta y borró una carpeta del proyecto.
La directora cerró los ojos.
—¿Por qué no lo reportaste?
Renata miró a su mamá.
—Porque mamá dijo que seguro yo la había borrado por distraída. Que si lo reportaba iba a parecer incapaz.
Alejandro se cubrió la boca.
Camila negó con la cabeza.
—Yo jamás dije eso así.
—Sí lo dijiste —contestó Renata.
La directora recibió un aviso en su teléfono. Martín se inclinó sobre la laptop. En la pantalla apareció un video de seguridad del pasillo del laboratorio de robótica.
La imagen era nocturna, en tonos gris azulados. El pasillo estaba vacío.
Luego apareció una figura.
Mujer.
Delgada.
Cabello recogido.
Vestido claro.
Bolsa camel.
Camila dejó de respirar.
—Esa no soy yo —dijo.
Pero nadie le creyó.
La figura caminaba hacia el laboratorio. Se detuvo frente a la puerta. Sacó algo de la bolsa. Pasó una credencial. La puerta se abrió.
—No tengo acceso a ese laboratorio —dijo Camila, con voz quebrada.
La directora miró el registro.
—La credencial usada fue de la maestra Sofía.
Todas las miradas fueron hacia la maestra.
Sofía abrió mucho los ojos.
—¿Qué? No. No, mi credencial se me perdió la semana pasada.
—¿La reportó? —preguntó Morales.
Sofía se puso roja.
—Pensé que la había dejado en mi coche. La encontré ayer en mi escritorio.
Camila se sostuvo de la silla.
—Esto es una locura.
El video continuó. La figura entró al laboratorio. Quince minutos después salió.
Pero justo antes de salir, volteó hacia la cámara.
La imagen no era perfecta. Estaba un poco granulada.
Aun así, se veía su rostro.
Era Camila.
Alejandro se quedó mirando como si le hubieran enseñado la muerte de su matrimonio en una pantalla.
—¿Por qué? —preguntó.
Camila no lloró. No se derrumbó. Solo se endureció.
Y ese fue el momento en que supe que todavía faltaba algo.
—Porque nadie piensa en el futuro —dijo ella.
—¿El futuro de quién? —pregunté.
Camila me miró con odio.
—Usted no sabe lo que cuesta pertenecer, Valeria. Usted llegó tarde a la vida de dinero. Se casó bien, enviudó mejor y ahora juega a ser abuela humilde con ideas bonitas. Pero yo crecí viendo puertas cerradas. Yo sé cómo funciona este mundo.
—¿Y por eso destruiste a tu hija?
—Por eso intenté salvarla de convertirse en una rareza de exhibición.
Alejandro susurró:
—Clonaste la voz de mi mamá.
Camila bajó la mirada.
—Solo era para que la escuela entendiera.
—¿Y el comité? —preguntó él.
—Tenían que suspenderla antes de que fuera tarde.
—¿Tarde para qué?
Camila no contestó.
Martín volvió a hablar.
—Directora, hay otra cosa.
Yo ya no quería escuchar más. Pero lo dijo.
—Desde esa misma sesión se subió el correo anónimo con los archivos contra Renata. Pero los archivos no estaban en una USB de Camila.
—¿Entonces? —pregunté.
—Estaban guardados en la computadora del laboratorio desde antes.
Renata se puso rígida.
—¿Qué archivos?
Martín abrió una carpeta de previsualización. No mostró todo, por respeto, pero vimos miniaturas: videos de Renata en el laboratorio, audios de ella explicando su proyecto, capturas de fórmulas, diagramas, planos.
—Son materiales reales del proyecto de Renata —dijo Sofía—. Pero editados para que parezca que alguien le dicta.
—¿Quién los editó? —preguntó Alejandro.
Martín revisó propiedades.
—El usuario aparece como “admin temporal”.
La directora palideció.
—Ese usuario solo lo tiene dirección y sistemas.
Martín negó lentamente.
—Y el proveedor externo que instaló el software del laboratorio.
La directora apretó el teléfono.
—¿Qué proveedor?
Renata, de pronto, susurró:
—Artemis Educación.
Todos volteamos hacia ella.
—¿Qué dijiste?
—La empresa que donó las licencias del laboratorio —dijo Renata—. Su logo sale cuando abrimos el programa de simulación.
La directora asintió.
—Artemis patrocina parte del programa.
Alejandro se giró hacia Camila.
—Camila, ¿qué tiene que ver Artemis?
Ella no contestó.
Pero su silencio fue una confesión con tacones caros.
Entonces recordé algo.
Una comida en Polanco tres meses atrás. Camila había llegado emocionada hablando de un “consejo educativo privado” y de una oportunidad “para familias con visión”. Mencionó a una amiga suya, Lucía, cuyo esposo trabajaba en tecnología educativa. Dijo que buscaban estudiantes talentosos para campañas.
Renata había dicho que no quería salir en videos promocionales.
“Qué niña tan difícil”, había respondido Camila.
—No era solo cambiarla de escuela —dije.
Camila me miró.
—¿Verdad que no?
Alejandro frunció el ceño.
—Mamá, ¿qué dices?
—Había algo con esa empresa.
La directora empezó a marcar otro número.
—Voy a revisar el convenio con Artemis.
Pero antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió.
Una secretaria entró, nerviosa.
—Directora, perdón. Hay un señor de Artemis Educación en recepción. Dice que viene por la reunión de seguimiento de Renata García.
La oficina entera se congeló.
Camila cerró los ojos.
—Dios mío —murmuró.
La directora habló despacio:
—¿Qué reunión?
La secretaria revisó su tableta.
—Dice que estaba agendada para hoy. Firma de autorización de transferencia de proyecto y baja voluntaria de la alumna.