Renata se aferró a mí.
—¿Transferencia de proyecto? —preguntó la maestra Sofía.
Alejandro volteó hacia Camila con la cara rota.
—¿Iban a quitarle su proyecto?
Camila lloró por fin, pero no de arrepentimiento. Lloró como alguien al que le falló un plan perfecto.
—Era una oportunidad —dijo—. Artemis quería desarrollar su prototipo. Iban a pagar mucho dinero. Muchísimo. Pero necesitaban que el proyecto no estuviera atado a la beca ni a la escuela.
—¿Cuánto? —pregunté.
Nadie quería saber, pero todos necesitábamos oírlo.
Camila apretó los labios.
—Tres millones.
Alejandro se sentó como si las piernas ya no le obedecieran.
Renata dejó de llorar.
—¿Vendiste mi proyecto?
—No lo vendí —dijo Camila—. Negocié una licencia.
—Sin decirme.
—Eres una niña.
—Es mío.
—¡Yo soy tu madre!
—Y yo soy la que lo inventó.
La frase salió pequeña, pero llenó el cuarto más que cualquier grito.
La directora Morales se levantó.
—Nadie firma nada. Nadie mueve nada. Voy a llamar al abogado del colegio y al comité.
—No pueden hacerme esto —dijo Camila.
—¿Hacerte qué? —le preguntó Alejandro—. ¿Impedir que robes a tu hija?
Camila lo miró con furia.
—Tú nunca pudiste darle lo que merecía.
—Tú confundiste merecer con vender.
La secretaria seguía en la puerta, pálida.
—¿Hago pasar al señor?
La directora sonrió sin alegría.
—Sí. Hágalo pasar.
—¿Qué? —dijo Camila.
—Que pase —repitió Morales—. Pero nadie le diga nada todavía.
Yo entendí. La directora quería verlo hablar.
El hombre de Artemis entró dos minutos después. Traje gris, zapatos brillantes, sonrisa de comercial bancario. Se presentó como Esteban Rivas.
—Buenos días. Qué gusto verlos reunidos. Señora Camila, señora directora. Y tú debes ser Renata, nuestra pequeña estrella.
Renata no le dio la mano.
Esteban no notó el hielo hasta que ya era demasiado tarde.
—Traigo los documentos finales —dijo, sacando una carpeta—. Una vez firmada la baja voluntaria y la cesión temporal de derechos, podemos proceder con el anuncio privado. Obviamente, la compensación inicial se libera a la cuenta acordada.
La directora cruzó los brazos.
—¿Qué cuenta?
Esteban parpadeó.
Camila negó con la cabeza, casi imperceptiblemente.
Demasiado tarde.
—La cuenta fiduciaria familiar —dijo él—. La que nos proporcionó la señora García.
Alejandro se levantó.
—Yo soy García. Y no proporcioné ninguna cuenta.
Esteban miró a Camila.
Ahí estuvo el segundo derrumbe.
La directora presionó un botón en el teléfono de su escritorio.
—Seguridad, por favor venga a dirección. También comuníqueme con jurídico.
Esteban levantó las manos.
—Creo que hay una confusión.
—Sí —dije—. Usted pensó que una niña de doce años no iba a defenderse.
Él me miró como si yo fuera un mueble que de pronto había hablado.
—Señora, estos acuerdos son bastante comunes.
—Clonar mi voz no es común.
Su sonrisa desapareció.
Camila soltó:
—Él no sabía eso.
Esteban cerró los ojos un segundo.
Y entonces supe que sí sabía.
Martín, que había permanecido callado, giró la laptop otra vez.
—Señor Rivas, tal vez quiera explicarnos por qué una IP asociada a Artemis Educación accedió al laboratorio para editar archivos del proyecto de Renata.
El hombre se quedó quieto.
La oficina se llenó de un silencio delicioso y horrible.
—Yo no soy técnico —dijo al fin.
—No —respondió Martín—. Pero su usuario aprobó la carga.
La directora Morales ya estaba grabando con su celular.
—Repita eso, por favor, Martín.
Martín lo repitió.
Camila miró a Esteban con terror.
—Dijiste que era legal.
Esteban le lanzó una mirada asesina.
—Cállese.
Alejandro dio un paso hacia él.
—A mi esposa le hablas con respeto aunque se merezca el infierno.
Fue una frase rara, dolida, muy de mi hijo: todavía defendía la dignidad de la mujer que acababa de traicionarlo.
Seguridad llegó. Jurídico contestó. La directora pidió que nadie saliera.
Pero entonces ocurrió lo más extraño.
Renata se apartó de mí.
—Abuelita —dijo—, necesito mi mochila.
—¿Para qué, mi amor?
—Porque todavía no les he dicho todo.
Camila se cubrió la cara.
Esteban la miró con pánico.
Renata abrió su mochila azul y sacó una memoria pequeña, transparente, colgada de un llavero de astronauta.
—Cuando borraron mi carpeta del proyecto, me asusté —dijo—. Entonces hice una copia. Y también puse un registro.
Martín se inclinó.
—¿Un registro?
—Mi prototipo detecta patrones de voz —explicó ella, con una calma que me partió el alma—. No solo para comandos. También puede marcar cuando una voz es sintética. Yo lo estaba entrenando con voces familiares.
Me miró.
—Por eso te pedí permiso para usar tus cuentos, abuela. Pero luego mamá subió los audios completos a la app y ya no pude controlarlos.
Camila susurró:
—Renata…
—No sabía quién lo había hecho —continuó mi nieta—. Pero cuando escuché la primera llamada en el celular de la maestra Sofía, reconocí el error.
—¿Qué error? —preguntó la directora.
Renata tragó saliva.
—Mi abuela siempre respira antes de decir mi nombre. Siempre. En los audios falsos no lo hacía. Entonces activé una trampa.
Esteban dejó de moverse.
—¿Qué trampa? —preguntó Alejandro.
Renata conectó la memoria a la laptop de Martín.
En la pantalla apareció una carpeta: “MADRUGADA”.
Dentro había tres archivos.
Uno se llamaba “voz_falsa_valeria”.
Otro, “contrato_artemis”.
Y el último, “confesion_original”.
Camila se llevó la mano a la boca.
Renata abrió el tercero.
Se escuchó una grabación. No era mi voz. No era la voz falsa.
Era Camila, hablando por teléfono.
—Ya tengo los audios de la suegra. Sí, horas. La niña confía demasiado en ella. Con eso convencemos a la escuela y al comité. No, Alejandro no sabe. Cuando suspendan la beca, firmamos con Artemis. La cuenta va a mi nombre, pero después lo arreglo.
La voz de Esteban contestó, distante:
—Necesitamos que la menor parezca inestable. Si hay disputa, el proyecto se contamina.
Camila dijo:
—Entonces contáminenlo.
Nadie respiró.
Esa fue la frase que destruyó a Camila.
Contamínenlo.
No “ayúdenla”.
No “protégela”.
No “es por su bien”.
Contamínenlo.
Alejandro se sentó y empezó a llorar en silencio. No con escándalo. Solo lágrimas cayéndole por la barba, una tras otra.
Camila intentó acercarse.
—Ale…