Teresa levantó la primera página. El documento describía la ampliación del dormitorio principal y la creación de una terraza para reuniones. La retirada de los dos olivos figuraba entre los trabajos iniciales.
Al lado del presupuesto había un correo impreso.
Era una notificación de la empresa que había reparado el departamento de la pareja.
Los trabajos habían terminado cuatro meses antes.
Teresa miró a su hijo.
—Podían volver a su casa desde hace cuatro meses.
Laura se adelantó.
—La alquilamos. Era una oportunidad que no podíamos desperdiciar.
Álvaro bajó la vista.
Por primera vez, Teresa comprendió que no había ofrecido refugio durante una avería.
Había terminado financiando una mudanza que ellos ya consideraban definitiva.
Parte 3 — La cuenta de lo que daban por hecho
—Pensábamos decírtelo cuando estuviera todo organizado —dijo Álvaro.
Teresa seguía sosteniendo el correo.
—¿Antes o después de echarme?
Laura recogió las muestras de piedra de la mesa, como si ordenar el espacio pudiera devolverle el control de la conversación.
—No alquilamos el departamento para hacerte daño. Tú tienes habitaciones vacías y nosotros necesitamos avanzar.
—Podían pedírmelo.
—Cada vez que hablamos de cambiar algo, te aferras a lo mismo.
Teresa miró los planos.
La habitación donde había dormido durante más de treinta años aparecía convertida en una suite con vestidor. El cuarto de costura sería una oficina. Junto a la terraza había un rectángulo marcado como “zona de invitados”.
Su vida cabía en una palabra escrita al margen: retirar.
Daniel pidió que le enviaran copia de los compromisos firmados.
—Necesitamos saber qué han contratado y quién asumió cada obligación.
Laura lo miró con hostilidad.
—Esto no tiene nada que ver con usted.
—Tiene que ver con la propietaria.
Álvaro intervino antes de que ella respondiera.
—Se los enviaré.
Teresa recogió sus cuadros, la fotografía que Laura había metido en la maleta y una caja con cartas de su esposo. No pudo llevarse todo. Le faltaban manos, espacio y fuerzas.
Aquella limitación la hizo sentir despojada de una manera nueva.
Había pasado la vida comprando objetos con cuidado. Ahora debía escoger cuáles podía cargar hasta el automóvil.
Al salir, pidió que nadie tocara los olivos.
Laura no contestó.
Álvaro dijo:
—No van a tocarlos.
Teresa lo miró.
Quería creerlo. Le dolió descubrir que ya no bastaba con querer.
La campaña de venta comenzó la semana siguiente.
Beatriz organizó fotografías de las zonas comunes y de las habitaciones disponibles. Para las demás, utilizó imágenes anteriores claramente identificadas mientras preparaban nuevas visitas.
La fachada, el jardín y la ubicación despertaron interés.
También despertaron la furia de Laura.
Llamó a Teresa al ver el anuncio.
—Has puesto nuestra casa en internet.
—Mi casa.
—Vas a humillarnos delante de todos.
Teresa estaba sentada en una cafetería con Inés, una antigua colega con la que había recuperado el contacto durante su estancia en el hotel.
Apartó la taza.
—Yo no elegí que esto empezara delante de una maleta.
Laura cambió de tono.
—Álvaro no está durmiendo. ¿Eso te hace sentir mejor?
Teresa observó a Inés al otro lado de la mesa. Su amiga no fingía leer el menú ni intentaba escuchar menos. Permanecía allí, disponible.
—No —respondió Teresa—. Pero tampoco convierte la casa en suya.
Laura colgó.
Inés esperó unos segundos.
—¿Quieres que te diga lo que pienso o prefieres terminar el café?
Teresa sonrió apenas.
—Lo que piensas.
—Que no deberías pasar cada noche en un hotel mientras decides si puedes vivir.
La frase no sonó heroica. Sonó práctica.
Inés le ofreció una habitación en su piso durante unas semanas. Teresa aceptó después de insistir en compartir los gastos.
La primera noche cenaron sopa y pan. La mesa era pequeña; los platos no combinaban. Teresa durmió mejor que en la mansión durante los últimos meses.
Pero la tranquilidad duró poco.
En la primera visita concertada, Laura dejó una puerta cerrada y anunció a los compradores que la familia aún no había decidido vender.
Beatriz interrumpió el recorrido.
—La propietaria sí lo ha decidido.
El comprador pidió tiempo para valorar la situación. Dos días después retiró su interés.
Teresa recibió la noticia en el supermercado, con una bolsa de naranjas en la mano.
La venta ya no era una frase contundente pronunciada desde el automóvil.
Era una tarea difícil que su hijo podía entorpecer.
Aquella tarde, Daniel le mostró los documentos enviados por Álvaro. El contrato de reformas estaba firmado por la pareja. Habían pagado una señal con sus ahorros y asumido compromisos que no podían trasladar a Teresa solo porque los trabajos se proyectaran en su vivienda.
También habían comprado muebles a plazos.
—No eres responsable de sus decisiones —dijo el abogado.
Teresa apoyó los codos sobre la mesa.
—Lo sé. Otra cosa es poder mirarlo sin ayudar.
Daniel no respondió con una frase tranquilizadora.
—Ese será el punto más difícil.
Álvaro pidió verla a solas.
Se encontraron en una cafetería lejos de La Moraleja. Llegó con ojeras y la misma chaqueta que Teresa le había regalado por su cumpleaños.
Pidió un café que no bebió.
—Nos metimos en algo demasiado grande.
Teresa esperó.
—Laura quería dejar de sentir que vivíamos provisionalmente. Yo también. Alquilar el departamento nos daba un ingreso y pensamos que…
—¿Que yo desaparecería?
Álvaro apretó la mandíbula.
—Que aceptarías mudarte a un sitio más cómodo.
—¿Por qué no me lo preguntaste?
Él miró hacia la calle.
—Porque sabía que dirías que no.
La sinceridad llegó tarde, pero llegó.
Teresa sintió una tristeza más precisa que la furia.
—Entonces no te equivocaste al entenderme. Decidiste que mi respuesta no importaba.
Álvaro se frotó las manos.
—No quería elegir entre Laura y tú.
—Elegiste que ella no se enfadara. El precio lo pagaría yo.
Su hijo bajó la cabeza.
Por un momento, Teresa vio al muchacho que esperaba que le arreglaran una consecuencia desagradable. Le nació el gesto de tocarle la mano.
No lo hizo.
Álvaro sacó un papel doblado.
Era una hoja de una libreta de su padre. Teresa reconoció la letra antes de leerla.
Seine Verlobte dachte, die Demütigung des Dienstmädchens würde sie mächtig erscheinen lassen, aber sie hatte nie damit gerechnet, dass er seinen Mantel ausziehen würde.
Die Vorhänge der Terciopelo des Herrenhauses von Marchetti schlossen sich als Sudarios über dem großen Salon an und umhüllten das goldene Licht der Kristallfenster. Adeline Croft passte sich gerade dem…