No escogió únicamente por sentimentalismo. Beatriz comparó la solvencia, las condiciones y los plazos. La oferta de los segundos compradores resultó sólida y conveniente.
Teresa decidió avanzar.
Dos noches antes de la firma, Álvaro llamó.
—Laura dice que, si esto sigue adelante, nada volverá a ser como antes.
Teresa estaba acomodando sus cartas en una caja nueva.
—Tiene razón.
—No sé si mi matrimonio va a aguantar.
Ella dejó una carta sobre la mesa.
—Eso tienes que decidirlo con Laura.
—Nunca te había oído decirme que resolviera algo solo.
Teresa tardó en contestar.
—Quizá debí decírtelo más veces, sin dejar de quererte.
Su hijo respiró al otro lado de la línea.
—¿Vas a firmar mañana?
Teresa miró la hoja de la libreta de su marido, guardada entre las cartas.
—Sí.
Parte 5 — Un lugar al que volver
La firma no fue una escena de triunfo.
Teresa llegó con Beatriz y una carpeta azul. Escuchó explicaciones, revisó páginas y estampó su nombre varias veces. Cuando terminó, tuvo que pedir un vaso de agua.
Había vendido la casa.
La frase era sencilla. El cuerpo tardó en entenderla.
Los compradores disponían de una fecha de entrega acordada. Durante las semanas siguientes, Teresa organizó la mudanza de sus pertenencias y la pareja preparó su salida.
Álvaro y Laura no podían regresar de inmediato a su departamento porque lo habían alquilado con un compromiso que debían respetar. Buscaron una vivienda temporal más pequeña y utilizaron parte del ingreso del alquiler para pagarla.
También tuvieron que cancelar las reformas.
Las condiciones firmadas les costaron una parte del anticipo. Algunos muebles pudieron devolverlos; otros quedaron a su cargo.
Teresa conoció las cifras porque Álvaro se las mostró una tarde.
No le pidió dinero expresamente.
Se quedó esperando después de poner los papeles sobre la mesa.
Su madre los leyó y se los devolvió.
—Necesitarán ajustar sus gastos.
Álvaro asintió.
No hubo una discusión. Tampoco alivio.
A Teresa le dolió verlo preocupado. Descubrió que poner un límite no eliminaba el impulso de rescatarlo; solo la obligaba a elegir cada vez que aparecía.
Eligió no pagar.
Laura redujo el contacto a mensajes necesarios sobre muebles, cajas y horarios. Teresa tampoco buscó una conversación íntima con ella.
No había palabras suficientes para reconstruir algo mientras una de las dos siguiera considerando la venta una agresión.
El último día, Teresa llegó temprano a La Moraleja.
Los camiones de mudanza ya se habían llevado la mayor parte de sus cosas. La sala vacía parecía más grande y mucho menos solemne. En las paredes quedaban rectángulos claros donde habían estado los cuadros.
Laura esperaba cerca de la escalera con dos bolsas.
No llevaba los zapatos del regalo.
—Ya está todo —dijo.
Teresa asintió.
Laura recorrió la sala con la mirada.
—Pudiste habernos dado una oportunidad.
Teresa la observó sin acercarse.
—Seis meses en esta casa fueron una oportunidad.
Laura apretó las asas de las bolsas.
—Nunca me sentí parte de nada aquí. Todo tenía una historia anterior a mí.
Por primera vez, su voz sonó cansada en lugar de segura.
Teresa entendió algo que antes había pasado por alto. Laura había entrado en una casa llena de recuerdos y había querido marcar su lugar eliminándolos.
Entenderlo no cambiaba lo ocurrido.
—Podías haber traído tus cosas —respondió—. No necesitabas quitarme las mías.
Laura miró hacia la puerta.
—No supe hacerlo.
Teresa dejó que la frase quedara allí.
No la abrazó ni prometió olvidar.
—Tendrás que aprender antes de compartir otra casa con alguien.
Laura salió.
Álvaro permaneció junto al ventanal del jardín.
Cuando quedaron solos, sacó un manojo de llaves del bolsillo y lo dejó sobre la mesa auxiliar que todavía no habían recogido.
—Son todas.
Teresa contó dos juegos.
—Gracias.
Él la miró con los ojos húmedos.
—No te defendí porque me convenía que te fueras.
La confesión llegó sin culpar a Laura.
Teresa sintió un dolor limpio, casi insoportable.
—Sí.
Álvaro pasó la lengua por los labios.
—Me decía que estabas sola en una casa demasiado grande. Que te haríamos un favor ayudándote a cambiar de vida. Pero no quería ayudarte. Quería quedarme con lo que tú tenías sin esperar a que decidieras.
Teresa apoyó una mano en el respaldo de la última silla.
No sabía qué respuesta necesitaba su hijo. Por primera vez, no trató de encontrarla para él.
—Eso fue lo que hiciste.
—No sé cómo arreglarlo.
—Empieza por no pedirme que vuelva a ponerlo como estaba.
Álvaro asintió.
Ella le entregó una caja pequeña que había apartado antes de la mudanza. Contenía fotografías suyas de niño, un coche de juguete y un cuaderno de recetas con anotaciones de su padre.
Su hijo la recibió con ambas manos.
—¿Me lo das de verdad?
—Son recuerdos tuyos también.
Álvaro abrió la tapa. Encontró una fotografía en la que sostenía una bicicleta roja entre los dos olivos recién plantados.
Se sentó en la silla.
Teresa salió al jardín.
Durante unos minutos caminó entre los árboles. Tocó la corteza del que seguía creciendo torcido y recordó a su marido riéndose porque Álvaro insistía en que los olivos necesitaban hablarse desde cerca.
La familia compradora había confirmado que quería conservarlos.
Teresa agradeció ese detalle sin convertirlo en una condición para aceptar la pérdida.
Las raíces se quedarían allí.
Ella podía irse.
Entregó la propiedad en la fecha acordada. Al cerrar la puerta por última vez, no sintió la calma que había imaginado desde el automóvil. Sintió tristeza, cansancio y una pequeña curiosidad por la mañana siguiente.
Aquello bastaba.
En su nuevo piso, la butaca quedó junto al balcón. Los cuadros encontraron paredes distintas. La mesa de trabajo recibió los lápices que Teresa llevaba años guardando.
El dinero de la venta le permitió organizar su futuro sin depender de Álvaro. Lo hizo con asesoramiento y tiempo, sin convertir la operación en una exhibición de riqueza.
La primera compra que disfrutó no fue una joya ni un viaje.
Fue una lámpara para dibujar por las tardes.