“Algún día esta casa será de Álvaro. Que siempre tenga un lugar al que volver”.
Debajo había una lista de arreglos para el tejado.
—Papá lo quería —dijo él.
Teresa tomó la hoja.
Recordó la tarde en que su marido escribió aquellas palabras. Álvaro estaba por independizarse y ambos hablaban de lo extraño que sería no escuchar sus pasos.
—Tu padre escribió que tendrías un lugar al que volver —dijo—. No que yo dejaría de tenerlo.
Álvaro tragó saliva.
—Puedo pedirte perdón. Lo hago. Pero si vendes, perdemos lo que nos queda de él.
Teresa dobló el papel con cuidado.
Ahí estaba la herida que la había retenido años atrás.
Esta vez no respondió enseguida.
Cuando lo hizo, su voz temblaba.
—Si la única forma de recordar a tu padre es dejar que me borres a mí, entonces tenemos que aprender a recordarlo de otra manera.
Álvaro levantó los ojos.
—¿No vas a detener la venta?
Teresa guardó la hoja en su bolso.
-No.

Parte 4 — La fecha escrita
La negativa no terminó la discusión.
La trasladó a los días siguientes, a los mensajes y a las llamadas que Teresa dejó sonar mientras intentaba trabajar con Beatriz.
Laura envió fotografías del comedor preparado para una cena familiar. Había colocado flores y vuelto a colgar uno de los cuadros.
“Todavía podemos arreglar esto”, escribió.
Teresa amplió la imagen.
Su butaca seguía ausente.
No respondió.
Álvaro pidió una reunión en la casa. Dijo que esta vez hablarían los tres sin interrupciones.
Teresa aceptó con una condición: Daniel estaría presente para los asuntos relacionados con la propiedad. La conversación familiar no podía seguir borrando compromisos concretos.
Llegó un sábado por la mañana.
Laura había preparado café en las tazas buenas. Álvaro llevaba una carpeta.
La maleta ya no estaba junto a la escalera.
Teresa dejó el bolso sobre sus rodillas.
—Te debemos una disculpa —empezó Laura.
Lo dijo mirándola directamente. Teresa quiso escuchar.
—No debimos preparar tus cosas de esa manera. Nos precipitamos.
—¿En prepararlas o en decidir que me iba?
Laura sostuvo la taza con ambas manos.
—En cómo lo manejamos.
Álvaro se movió en su asiento.
—En las dos cosas —dijo.
Su esposa lo miró.
Fue un gesto pequeño, pero Teresa lo vio.
Álvaro abrió la carpeta. Propuso que ella conservara el dormitorio y algunas habitaciones mientras ellos asumían parte de los gastos. Querían aplazar la venta un año.
—Podríamos demostrarte que sabemos convivir —añadió.
Teresa escuchó hasta el final.
La propuesta habría parecido razonable seis meses antes. Ahora le exigía regresar a un lugar donde cada puerta se había convertido en una pregunta.
—¿Qué pasaría con las obras?
Laura dejó la taza.
—Cancelaríamos algunas. Otras mejorarían la casa.
—¿Y los olivos?
—Podemos conservar uno.
Teresa sintió que algo se asentaba dentro de ella.
No había sido una torpeza al empacar. Laura seguía creyendo que la decisión debía negociarse alrededor de sus propios planes.
—Se conservan los dos —dijo.
—Teresa, también tienes que ceder.
Álvaro cerró la carpeta.
—Laura, ya basta.
Ella se volvió hacia él.
—Estamos intentando salvar esto.
—Estamos intentando que mi madre pague lo que hicimos.
El silencio que siguió no fue largo. Fue incómodo, sin una frase preparada para cubrirlo.
Laura miró a Teresa.
—¿Eso es lo que querías? ¿Que discutiéramos?
—Quería vivir en mi casa sin que mi hijo tuviera que discutir con nadie para permitirlo.
Daniel colocó sobre la mesa los documentos preparados. Habían acordado una fecha de salida, unas condiciones para las visitas y la entrega de todas las llaves.
Teresa ofreció tiempo suficiente para organizar la mudanza. No ofreció pagar las penalizaciones de las reformas ni devolverles el anticipo de los muebles.
Álvaro leyó las páginas.
Laura se levantó.
—No voy a firmar como si fuéramos unos aprovechados.
—No necesitas aceptar una descripción de ti —respondió Daniel—. Necesitamos dejar claras las obligaciones.
Teresa permaneció sentada.
Antes habría corrido detrás de Laura para suavizar la conversación. Habría dicho que todos estaban cansados, que nadie era malo, que lo importante era seguir juntos.
Esta vez dejó que la incomodidad perteneciera a quienes la habían creado.
Álvaro firmó primero.
Después de varios minutos, Laura regresó y tomó el bolígrafo.
No pidió otra disculpa.
Cuando terminaron, Teresa fue al cuarto de almacenaje. Encontró la butaca cubierta con una sábana.
Álvaro la ayudó a llevarla hasta la sala.
Al apoyarla junto a la ventana, quedó una marca clara en la alfombra donde había estado antes.
—¿Te la vas a llevar? —preguntó.
—Sí.
Su hijo acarició el respaldo.
—Pensé que todo tenía que quedarse aquí.
Teresa lo observó.
—Tu padre también salió de esta casa para vivir. Nosotros no dejamos de quererlo cuando estaba fuera.
Álvaro retiró la mano lentamente.
La colaboración mejoró después de aquella reunión, aunque no fue fácil.
Laura seguía encontrando motivos para retrasar las visitas. Una vez dijo que tenía migraña; otra, que un comprador había llegado antes de la hora. Beatriz reorganizaba lo que podía y documentaba los incumplimientos cuando era necesario.
Teresa se negó a convertirse en vigilante de la mansión.
Mientras tanto, visitó pisos más pequeños.
En el primero no cabía la butaca. En el segundo, las ventanas daban a una pared. El tercero tenía una cocina luminosa, un balcón estrecho y una habitación donde podría volver a dibujar proyectos.
Se quedó un rato mirando la luz sobre el suelo.
No imaginó dónde dormiría Álvaro si llegaba a visitarla.
Imaginó dónde pondría su mesa.
Aquella diferencia la hizo sonreír.
En la mansión, las ofertas comenzaron a llegar cuando Beatriz consiguió mostrar la propiedad con normalidad. Algunas exigían rebajas que Teresa no aceptó. Otras proponían plazos que no encajaban con la entrega.
La competencia que había pedido desde el automóvil tomó forma durante varias semanas.
Finalmente quedaron dos compradores.
Uno quería transformar el jardín por completo. El otro preguntó por la antigüedad de los olivos y pidió visitar la casa una segunda vez a la hora en que daba el sol en la terraza.
Teresa escuchó las propuestas.