Inés acudió a cenar el viernes de la primera semana. Llevaron los platos a la mesa pequeña y descubrieron que Teresa había preparado comida para seis.
Las dos se rieron.
—Todavía estoy aprendiendo las cantidades —dijo Teresa.
—Puedes empezar por congelar la mitad.
La vida nueva tuvo cosas así: errores pequeños, visitas sencillas, mañanas en que Teresa seguía despertando con la sensación de haber olvidado cerrar alguna habitación.
También tuvo días difíciles.
En Navidad echó de menos la escalera grande. Un domingo lloró al encontrar una factura antigua escrita por su esposo. A veces sentía rabia al recordar a Laura cerrando su maleta.
No se obligó a llamar a aquella rabia gratitud.
La dejó pasar sin entregarle las decisiones.
Álvaro empezó a asistir a terapia por iniciativa propia. Teresa lo supo cuando él se lo contó, sin pedirle que lo felicitara. Dejó de enviar mensajes urgentes y comenzó a preguntar cuándo podía hablar con ella.
Su matrimonio siguió adelante, aunque con discusiones que ya no podían trasladar a una tercera persona. Laura tomó distancia de Teresa y, meses después, envió una disculpa breve en la que reconocía haber querido disponer de una propiedad que no le pertenecía.
Teresa respondió que había leído el mensaje.
No ofreció más de lo que sentía.
La relación con su hijo tampoco volvió a ser la de antes.
Se reconstruyó despacio, en encuentros de una hora, cafés y conversaciones donde Álvaro tuvo que escuchar hechos que antes había llamado exageraciones.
Teresa descubrió que podía quererlo sin convertir cada visita en una absolución.
Una tarde de primavera, él acudió a su piso para cenar.
Llamó al timbre.
Teresa abrió. Álvaro llevaba pan y una bolsa de mandarinas.
—¿Puedo pasar?
Ella se apartó.
—Sí. Cierra la puerta, por favor.
Él obedeció y esperó antes de dejar las cosas.
—¿Dónde pongo esto?
Teresa señaló la cocina.
Después fue hasta la mesa y sirvió dos platos.
La butaca estaba junto al balcón. Los cuadros seguían donde ella había decidido colgarlos. Nadie había movido una silla para demostrar que tenía derecho a hacerlo.
Álvaro se sentó frente a su madre.
—Está bonito aquí.
Teresa miró la luz sobre su mesa de trabajo.
—Sí —respondió—. Esta casa es mía.