su teléfono móvil del bolso a toda prisa. “No vas a llamar a nadie, Lauren”, dije, sacando el dispositivo USB de mi bolsillo con la mano izquierda y arrojándolo sobre la cama de mi madre, junto a las manos de Sterling. “Ahí están todas las cuentas de Panamá”, dije, mirando a Sterling a los ojos. “Todas las transferencias de Blue Lake Holdings. Todas las firmas que hiciste con Lauren para comprar la casa de Sag Harbor. Y las copias ya están en el servidor privado de Elena Rostova, la Fiscal General del Estado.” El rostro de Sterling perdió el color de inmediato. Su sonrisa se congeló y se evaporó en una fracción de segundo. “¿Elena Rostova?”, susurró Sterling, y por primera vez vi una grieta de auténtico terror en sus ojos. “Rostova lleva dos años buscando una sola prueba para vincularme con las empresas fantasma del Caribe”, dije, dando otro paso hacia él. “Y tú acabas de dársela en un fianza de tres millones de dólares.” “¡Está mintiendo, Marcus!”, gritó Lauren, con las manos temblándole sobre el teléfono. “¡No puede haber contactado a la Fiscal General tan rápido! ¡Está desesperado!” “Pruébalo, Lauren”, dije, mirándola con desprecio. “Llama a la policía. Llama a los oficiales que tienes comprados en Park Avenue. Diles que vengan a este sanatorio ilegal a ver cómo tienes a mi madre dopada para obligarla a firmar transferencias de fondos.” Sterling miró el dispositivo USB sobre la cama. Luego miró a Lauren. Y finalmente me miró a mí. Su cerebro de abogado penalista estaba calculando las probabilidades a una velocidad vertiginosa. Sabía que si la policía venía ahora mismo, las pruebas de la extorsión estarían servidas en bandeja para la fiscalía. “Nos vamos, Lauren”, dijo Sterling en voz baja, recogiendo su carpeta de piel de la mesa de noche. “¿Qué?”, gritó Lauren, mirando a Sterling como si hubiera enloquecido. “¿Nos vamos? ¡Lo tenemos acorralado! ¡Tiene una orden de arresto a su nombre!” “¡Dije que nos vamos!”, le gritó Sterling, agarrándola del brazo con tanta fuerza que Lauren dejó caer su teléfono al suelo. “Si la Fiscal General tiene esos registros, las cuentas de Panamá serán congeladas en dos horas. Necesitamos llegar al aeropuerto de Teterboro antes de que pongan una orden de prohibición de salida del país a nuestros nombres.” Sterling me miró una última vez antes de cruzar la puerta de la habitación. “Ganaste esta ronda, Vance”, dijo Sterling con un tono helado. “Pero te prometo que no vas a disfrutar de tu victoria.” Salieron corriendo por el pasillo del segundo piso. Escuché sus pasos apresurados bajando por la escalera principal y, pocos segundos después, el rugido del motor del sedán negro acelerando a toda velocidad sobre la grava del patio exterior.
Capítulo 7 – La última cuenta
El silencio volvió a la habitación 204. Me acerqué a la cama de mi madre. Me arrodillé junto a ella y tomé sus manos frías y delgadas entre las mías. “Ya pasó, mamá”, le susurré, sintiendo que las lágrimas finalmente me nublaban la vista después de tres semanas de infierno. “Ya pasó. Estás a salvo. Te voy a llevar a casa.” Margaret me miró. Sus ojos, que habían estado apagados y aterrorizados durante días, recuperaron una chispa de claridad y reconocimiento. Apretó mis dedos con la poca fuerza que le quedaba. “Sabía… que vendrías… Daniel…”, susurró Margaret. “Siempre… vuelves…” Desconecté con cuidado la vía del suero intravenoso de su brazo. La tomé en mis brazos, sorprendido de lo ligera que se sentía, como si sus ochenta y dos años de vida se hubieran reducido a un manojo de huesos y recuerdos. La llevé en brazos por el pasillo del sanatorio, bajé por las escaleras del sótano y la acomodé en el asiento delantero del coche de alquiler, envolviéndola con mi propia chaqueta para protegerla del frío de la noche. A las seis de la mañana del día siguiente, el coche de alquiler se detuvo frente al edificio de la Fiscalía General del Estado de Nueva York, en el número 28 de Liberty Street, en el bajo Manhattan. La tormenta de la noche anterior había cedido, dejando paso a una mañana limpia, de un azul frío y cristalino. Tres furgonetas de la Policía Estatal de Nueva York estaban aparcadas frente a las escalinatas del edificio con los motores encendidos. La Fiscal Elena Rostova bajó las escalinatas vestida con un abrigo largo de color azul marino y una carpeta oficial bajo el brazo. A su lado estaba Leo Kang, que me hizo una leve inclinación de cabeza al verme bajar del coche. Dos agentes estatales se acercaron al vehículo y ayudaron a acomodar a mi madre en una silla de ruedas médica para trasladarla de inmediato a la clínica privada del centro de la ciudad donde un equipo independiente la esperaba. “Señor Vance”, dijo la Fiscal Rostova, extendiéndome la mano. “La Sra. Kang me entregó los archivos de Panamá a las tres de la mañana. Nuestros peritos contables han estado trabajando toda la noche.” “¿Y bien?”, pregunté, apretando su mano. “El caso es impecable”, dijo Rostova con una sonrisa dura. “No solo hemos congelado la cuenta Helios Trust en Suiza. Hemos emitido una orden de detención federal por fraude bancario, lavado de dinero, extorsión y secuestro de personas vulnerables contra Marcus Sterling y Lauren Vance.” Miró hacia la calle. “A las cinco de la mañana, agentes federales interceptaron el jet privado de Sterling en la pista del aeropuerto de Teterboro cuando intentaban despegar hacia Zúrich.” “¿Están detenidos?”, pregunté. “Ambos están en la prisión federal de Brooklyn en este momento”, dijo Rostova. “Sin derecho a fianza. El juez consideró que existía un riesgo extremo de fuga.” Respiré hondo, sintiendo cómo el peso aplastante que había llevado sobre el pecho durante casi un mes se disipaba en el aire fresco de la mañana. “¿Y el piso de Park Avenue?”, pregunté. “La orden de restricción ha sido anulada por el tribunal esta misma mañana”, respondió la Fiscal. “El fideicomiso ha sido restituido a su estado original bajo su administración exclusiva. El dúplex es suyo de nuevo, Señor Vance.” Le di las gracias a la Fiscal Rostova y caminé hacia la silla de ruedas de mi madre antes de que la subieran a la ambulancia que la llevaría al hospital. Me agaché frente a ella. “Nos vamos a Park Avenue, mamá”, le dije suavemente. Margaret sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír en casi tres meses. “El salón… de la mañana…”, dijo Margaret con voz clara. “Las ventanas… dan a Central Park…” “Sí, mamá”, le dije, besándole la frente. “Las ventanas dan a Central Park.”
Epílogo – Lo que queda en la memoria