—Alessandro pronunció cada palabra con precisión de cirujano—.
—Y hace seis semanas que sé por qué.
Bianca abrió la boca.
No salió nada.
Rosalía pasó junto a ella con la niña en brazos, y por un segundo la novia vio de cerca la expresión de la criada.
No era odio.
Era algo peor.
Era paciencia.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, el inspector Ramos sacó de un maletín un pequeño dispositivo negro y lo puso sobre el tocador, entre los cristales rotos.
—Señorita Moretti —dijo—.
—Le recomiendo que se siente.
—Lo que va a oír ahora le va a interesar muchísimo.
Capítulo 4 – La taza de leche
Tres meses antes, la finca Rizzano guardaba otro tipo de silencio.
Era el silencio denso de una casa en la que cada pasillo recuerda a alguien que ya no está.
Rosalía Vega había llegado allí con un nombre falso a medias —el de su madre, Vega, en lugar del de su padre— y una carta de referencias redactada por una amiga.
Se había presentado como una chica de Jaén que necesitaba trabajo, y la señora de la casa, la madre de Alessandro, había dicho que sí sin hacer preguntas.
Nadie en la finca imaginaba que no había ido a limpiar.
Había ido a mirar.
Durante los primeros meses, observó.
Observó cómo Alessandro se levantaba de madrugada, cómo trabajaba hasta caer rendido, cómo cuidaba de su hija con una ternura torpe y valiente.
Observó que Livia dibujaba mucho y hablaba poco, y que en sus dibujos siempre aparecía la misma figura: un hombre alto, sin cara, con una mancha dorada en la muñeca.
Cuando Rosalía le preguntaba quién era, la niña se encogía de hombros.
—Es el señor del reloj —decía—.
—Hace tic, tic, tic muy fuerte.
Rosalía guardó cada dibujo en una carpeta azul, dentro de su cuarto, bajo el colchón.
Después llegó Bianca.
Llegó con perfume caro, con una risa preciosa y un talento enorme para parecer buena delante de quien convenía.
Llevó flores al despacho de Alessandro, organizó una cena benéfica con tanta elegancia que hasta la madre de él se rindió, y poco a poco se fue instalando en la casa como esas humedades que no se notan hasta que ya han llegado al techo.
A Livia le sonreía siempre que había alguien delante.
A Livia no le sonreía nunca cuando estaban solas.
Y todas las noches, a las nueve en punto,
entraba en la cocina y preparaba con sus propias manos una taza de leche caliente con miel.
—Para que duerma bien mi princesa —decía, con una voz de miel.
Livia tomaba la leche con la mirada baja, sin quejarse, como quien cumple una obligación que no entiende.
Fue en octubre cuando empezó a caerse el pelo.
Primero fue un puñado en el cepillo.
Después, una trenza sobre la almohada.
Después, una zona circular, pálida, justo encima de la sien.
Los pediatras repetían las mismas palabras: estrés, duelo, genética, esperar y ver.
Alessandro, agotado, se las repetía a sí mismo.
Rosalía no.
Rosalía recordaba un caso que había leído años antes, en una revista médica que se leía en la sala de espera de su madre enferma.
Un caso de envenenamiento lento.
Una sustancia sin sabor, sin olor, que se disuelve en cualquier líquido caliente y que, entre otras cosas, hace que el pelo se desprenda en mechones.
No quiso creerlo.
Durante dos semanas no quiso.
Hasta que una noche, mientras recogía la cocina, vio a Bianca sacar del bolso un frasquito de cristal marrón, verter unas gotas en la taza y removerlas con una cucharilla de plata sin quitar la vista de la puerta.
Rosalía se quedó inmóvil detrás de la despensa, con una bandeja en las manos y el corazón golpeándole las costillas.
Esa noche, cuando Livia durmió, se coló en la habitación de la niña.
Con unas tijeras de costura cortó, de la parte de atrás de la cabeza, un mechón fino.
Lo metió en un sobre.
Al amanecer, tomó un autobús hasta la ciudad.
La doctora Inés Salgado era toxicóloga en el hospital universitario y, hacía muchos años, había sido compañera de piso de la madre de Rosalía.
Escuchó la historia sin interrumpirla, miró el sobre y dijo solo una frase.
—Dame diez días.
Fueron los diez días más largos de la vida de Rosalía.
Los pasó viendo cómo Bianca tarareaba por los pasillos, cómo se probaba vestidos de novia y cómo Livia dejaba la taza vacía todas las noches.
Cuando por fin llegó el correo cifrado, Rosalía lo abrió en el baño del servicio, con las manos sudadas.
El informe tenía tres páginas.
En la primera estaba el nombre de la sustancia.
Talio.
En la segunda, la concentración, tan alta que la doctora había añadido a mano, con bolígrafo azul: «Esto lleva semanas. Actúa ya.»
Esa misma noche, a las dos de la madrugada, Rosalía encontró a Alessandro en la cocina, solo, mirando una botella de whisky que no se había atrevido a abrir.
Dejó el informe sobre la mesa de mármol.
Él lo leyó una vez.
Después una segunda.
Después se levantó tan despacio que la silla no hizo ruido, caminó hasta el fregadero y apoyó las dos manos en el borde, con la cabeza hundida entre los hombros.
Los tatuajes de sus antebrazos se tensaron como cuerdas.
—¿Quién más lo sabe? —preguntó, con una voz que no parecía suya.
—Nadie —dijo Rosalía—.
—Solo la doctora y yo.