—Esa noche yo estaba debajo de la cama —dijo Livia, hablando despacio, como quien repite una lección muy antigua—.
—Mamá me escondió.
—Me dijo que si venía el señor del reloj me quedara calladita.
—Y yo me quedé calladita.
—Y luego el señor del reloj vino a mi cuarto.
—Se agachó junto a la cama.
—Hacía tic, tic, tic, muy fuerte, aquí cerca de mi oreja.
—Y me dijo: «Duérmete, pequeña.
—Esta noche no ha pasado nada».
—Y yo me hice la dormida.
—Don Gaspar retrocedió un paso.
—Pero no dormí —añadió Livia, con una claridad que le heló la sangre a todos los presentes—.
—Lo vi todo.
—Se me olvidó durante mucho tiempo.
—Pero hace unas semanas, Rosalía me enseñó a dibujarlo.
—Y ahora ya no me acuerdo de nada más.


—Ya no estoy calladita.
El notario se quedó mirando a la niña como si fuera un fantasma.
Algo en su rostro cedió, se vino abajo, igual que un edificio al que le quitan el último pilar.
No gritó.
No corrió.
Se dejó caer de rodillas sobre las baldosas de la terraza, con los brazos colgando, mientras el inspector Ramos le ponía las esposas con una lentitud casi respetuosa.
—Don Gaspar Ibáñez —dijo—, queda detenido por el homicidio de Marina Ibarra, por el intento de asesinato de una menor y por apropiación indebida.
—Tiene derecho a guardar silencio.
—Aproveche.
Mientras los agentes se lo llevaban, el reloj de oro resbaló por la muñeca y cayó al suelo.
Se rompió el cristal.
Las agujas se detuvieron.
Y por primera vez en tres años,

la terraza de la finca Rizzano quedó en silencio, sin ningún tic, tic, tic.
Alessandro corrió hacia su hija y la levantó en brazos con tanta fuerza que ella soltó una risita sorprendida.
Rosalía, a pocos pasos, se había quedado quieta, con una mano apretada contra el pecho.
Bajo el cuello blanco del uniforme asomaba una cadena fina y, colgada de ella, una pequeña medalla azul.
La doctora Salgado la miró y bajó la voz.
—¿Se lo vas a decir tú o se lo digo yo?
—Rosalía cerró los ojos.
—Todavía no —susurró—.
—Primero, que la niña respire.

Capítulo 9 – La medalla azul

La noticia corrió por el jardín como un incendio en un pajar.
Primero fueron murmullos.
Después, un revuelo de copas que se posaban en las mesas, de abanicos que se detenían,

de móviles que empezaban a vibrar en los bolsos.
Doscientas personas vestidas para una fiesta vieron salir por la puerta principal a un notario esposado, entre dos agentes, con la cabeza gacha y el traje arrugado.
Poco después, escoltada por el inspector Ramos, apareció la novia.
Aún llevaba el vestido de encaje.
Le habían quitado el collar y la tiara, y el pelo se le había soltado de las ondas perfectas.
Caminaba despacio, con los labios temblorosos y los ojos fijos en el suelo, y por primera vez en mucho tiempo no se parecía a nadie que valiese la pena imitar.
A la altura del último escalón se detuvo.
Se giró, buscó con la mirada a Alessandro y levantó la voz.
—¡Alessandro!
—¡Dile que lo siento!
—¡A la niña, dile…!
No terminó.


El inspector Ramos le puso una mano en el hombro con una firmeza casi paternal, y ella dejó de resistirse.
Alessandro no se movió.
Estaba de pie en lo alto de la escalinata, con Livia en brazos, y no dijo una sola palabra.
Había cosas que no merecían una respuesta.
La finca se vació en menos de una hora.
Las flores quedaron marchitándose en sus floreros.
El cuarteto guardó los instrumentos sin atreverse a mirar a nadie.
Cuando el último coche cruzó la verja, el silencio volvió a caer sobre los jardines, esta vez limpio de verdad.
Rosalía lo encontró en la biblioteca.
Alessandro estaba sentado en el suelo, de espaldas a las estanterías, con la corbata deshecha y los zapatos quitados.
Livia dormía en el sofá, con la mitad rapada de la cabeza apoyada en un cojín y una manta de lana que alguien le había colocado hasta la barbilla.
La doctora Salgado le había dado algo suave para calmarla.
Dormía con una respiración tranquila y un puño cerrado sobre un peluche viejo.
—Se ha dormido preguntando si Bianca iba a volver —murmuró Alessandro, sin levantar la vista—.
—Le he dicho que no.
—Y me ha dicho: «Menos mal».
Rosalía se sentó frente a él, sin hablar.
Durante un rato largo solo se oyó el tictac de un reloj de pared, uno corriente, inofensivo, de madera de nogal.
Alessandro lo miró y soltó una risa seca, cansada.
—Voy a tardar en volver a oír un reloj sin sentir algo.
—Te acostumbrarás —dijo ella.
—Tú ya lo has hecho.
—No —respondió Rosalía—.
—Yo solo he aprendido a no mostrarlo.
Él giró la cabeza.
La miró con atención, con esa mirada paciente y profunda que había reservado durante meses para los papeles de los abogados y que ahora, por primera vez, dedicaba a una persona.
—Dime, Rosalía —dijo despacio—.
—Esta mañana, en la terraza, la doctora Salgado te ha preguntado si me lo ibas a decir tú.
—¿Qué es lo que tenías que decirme?
Rosalía se llevó la mano al cuello.
Con dedos que no le obedecían bien, sacó la cadena del interior del uniforme y la dejó colgar a la luz de la lámpara.
Una medalla pequeña, ovalada, de esmalte azul gastado, con la imagen casi borrada de una Virgen.
Alessandro la reconoció al instante.
Se le fue la sangre de la cara.
—Esa medalla…
—Es igual que la de Marina —dijo Rosalía—.
—No.
—Es la misma.
—Hay dos.
—Las compró nuestro padre hace treinta años en Úbeda, una para cada hija, aunque Marina y yo ni siquiera nos conocíamos.
Alessandro no se movió.
—Marina Ibarra era mi hermana —continuó ella, con la voz muy baja—.
—Mi hermana mayor, por parte de padre.
—Su padre tuvo otra familia que nadie conocía, en otra ciudad, y yo fui la última de esa historia.
—Marina me encontró cuando yo tenía veinte años.
—Me escribió una carta.
—Me dijo que quería conocerme, que no me debía nada pero que quería darme algo.
—Yo estaba sola con mi madre, enferma, sin dinero para la medicina.
—Ella me pagó el tratamiento.
—Venía a verme cada dos meses, sin avisar, con bolsas de naranjas y novelas.
—Hablábamos de todo.
—Me enseñó a leer balances, me dio esta medalla, que había guardado para mí toda su vida, y me prometió que algún día me presentaría a su familia.
—Se le llenaron los ojos—.
—La noche de la tormenta me llamó.
—Dejó un mensaje en el contestador que yo no oí hasta el amanecer.
—Decía: «Rosalía, mañana vente a la finca, que tengo que contarte algo sobre Gaspar y no quiero hacerlo sola».
—Y luego, muy bajito: «Y si me pasa algo, cuida de Livia.»
—Esa llamada es lo único que me queda de ella.
Se le quebró la voz.