Don Gaspar Ibáñez tenía un talento que muy pocos hombres poseen.
Sabía entrar en una habitación y hacer que todos los demás sintieran que él era el único adulto presente.
Se detuvo en el umbral.
Recorrió con la mirada el espejo roto, el vestido de encaje arrugado, la novia tirada en la alfombra, a los dos hombres de gris y a Alessandro, de pie, con la camisa abierta y los ojos encendidos.
Después puso en su rostro una expresión de pena infinita.
—Dios mío —murmuró—.
—Hijo, ¿qué has hecho?
—Buenos días, Gaspar —dijo Alessandro.
—He venido a buscarte porque el sacerdote lleva diez minutos preguntando por ti y la mitad de la sala ya está empezando a murmurar.
—Pero esto…
—Se acercó a Bianca con las manos extendidas—.
—Querida, ¿estás herida?
—Alessandro,

por el amor de Dios, ¿qué clase de violencia es esta?
Bianca lo miró con los ojos llenos de lágrimas, y en ese instante un destello de esperanza le cruzó la cara.
Era la esperanza del náufrago que ve una mano.
—Gaspar —dijo, con un hilo de voz—.
—Me han grabado.
—Me han… tienen cosas.
—Ven, ven aquí, cálmate —respondió él con ternura.
Se agachó junto a ella.
Pero mientras le acariciaba la mano, le apretó los dedos con una fuerza que solo ella pudo sentir.
Fue un gesto minúsculo.
Una advertencia.
Cierra la boca.
Rosalía, desde la puerta entreabierta, no se perdió detalle.
—Inspector Ramos —dijo don Gaspar, incorporándose, con los hombros erguidos—.
—Qué sorpresa encontrarlo aquí.
—¿Puedo saber con qué autoridad se ha entrado en una propiedad privada el día de una boda?
—Con la autoridad de la orden de registro que lleva en el bolsillo mi compañero —respondió Ramos sin cambiar de tono—.


—Y con la invitación del propio dueño de la casa.
—Alessandro, hijo —dijo el notario, volviéndose—.
—Estás pasando por una crisis.
—Es comprensible, con tu historia, con todo lo que has sufrido.
—Pero no puedes destruir tu vida, tu reputación y la de esta mujer por un arrebato.
—Si quieres, firmo yo mismo un documento para que descanses unos días en una clínica.
—Tengo poderes suficientes para hacerlo con discreción.
Hubo un silencio.
Alessandro sonrió.
No fue una sonrisa agradable.
—Qué curioso que menciones los poderes, Gaspar —dijo—.
—Es justo de lo que quería hablar.
—Gaspar, ¿recuerdas lo que te conté el martes por la noche, tomando una copa en mi despacho?
—Muchas cosas, hijo.
—Te conté que el próximo lunes la doctora Salgado recibiría otro mechón de pelo de Livia.


—Que necesitaba una segunda muestra.
—Don Gaspar mantuvo la sonrisa—.
—Es posible.
—Es normal que un padre me cuente sus preocupaciones.
—Se lo conté a una sola persona, Gaspar.
—A ti.
—Y el miércoles por la noche, Bianca ya sabía que había que quitarle el pelo a la niña antes de que llegara el lunes.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que alguien le avisó.
El notario soltó una risa breve, indulgente, como quien oye decir a un niño que el cielo es verde.
—Estás agotado, Alessandro.
—Estás viendo fantasmas.
—Yo jamás haría daño a Livia.
—La conozco desde que nació.
—Yo la sostuve en brazos el día de su bautizo.
—Y también estabas en casa el día en que murió su madre —dijo Alessandro.
Fue entonces cuando el reloj de oro pareció sonar más fuerte.


Fue una ilusión, quizá.
Pero todos oyeron el tic, tic, tic en medio del silencio.
—Marina fue un accidente, hijo —replicó don Gaspar enseguida, y esta vez la voz le salió un poco más rápida de lo que pretendía—.
—Todos lo sabemos.
—No sigas por ese camino.
—Es un dolor que hay que dejar descansar.
—Nadie ha hablado de Marina, Gaspar.
El notario abrió la boca.
La cerró.
Era una cosa pequeñísima, casi nada.
Una frase de más, dicha sin pensar.
Pero el inspector Ramos la había estado esperando durante tres años.
—Eso es cierto —dijo con suavidad—.
—Hasta ahora, en esta habitación, nadie ha pronunciado el nombre de la señora Ibarra.
—¿Por qué lo ha dicho usted?
—Por… por un… —tartamudeó don Gaspar—.
—Estamos hablando de la familia, es lógico, es natural…
—Usted me dijo que Marina se puso tonta —soltó Bianca de pronto, con la voz quebrada.
Todos se volvieron hacia ella.
La novia se había levantado a medias, apoyada en una rodilla, con el rímel corrido por las mejillas y una mirada de pura rabia.
—Usted me dijo que no le pasaría nada a la niña —continuó, con la respiración entrecortada—.
—Que solo se pondría enferma.
—Que con un poco de talio bastaba.
—Que era lo mismo que había funcionado con la otra.
—Cállate —siseó el notario.
—¡No me digas que me calle!
—¡Me lo dijiste tú, Gaspar!