Solo había una persona a quien Alessandro había comentado, de pasada, que el lunes siguiente se enviaría a analizar otro mechón de pelo de Livia.
Una sola.
El hombre que había estado a su lado desde la muerte de su esposa, el que había gestionado la herencia, el que había redactado el contrato matrimonial y el que, por supuesto, iba a ser su padrino de boda.
Don Gaspar Ibáñez.
Notario de la familia durante treinta años.
Amigo de su padre.
Casi un segundo padre para Alessandro.
Un hombre de manos pálidas y trajes buenos que llevaba siempre en la muñeca izquierda un reloj de oro antiguo, de esos que hacen un tic tac sonoro en las habitaciones silenciosas.
Rosalía sintió un frío repentino.
—Tic, tic, tic —murmuró.
—¿Cómo? —preguntó Alessandro.


—Nada —dijo ella—.
—Una cosa que dice Livia.
No dijo más.
Todavía no tenía pruebas.
Todavía no tenía nada más que una carpeta azul llena de dibujos de una niña de seis años.
Volvamos a la suite.
Volvamos a la mañana de la boda, al espejo roto, a la novia sentada en la alfombra rodeada de encaje y cristales.
El inspector Ramos esperaba junto al tocador con el dispositivo negro en la mano.
Bianca, con las rodillas dobladas, intentaba recuperar el control de la situación.
—Me estáis tendiendo una trampa —dijo, y la voz le salió más fina de lo que habría querido—.
—Eso no es una prueba.
—Eso es un montaje de una criada que me odia.
—Puede ser —dijo el inspector con calma—.
—Pero eso lo decidirá un juez.


—A mí, de momento, solo me toca poner en marcha esto.
Apretó el botón.
Un crujido de estática llenó la habitación.
Después, con una nitidez que cortaba el aire, empezó a oírse la voz de Bianca.

Capítulo 6 – La grabación

—Se acabó, Gaspar.
—La leche ya no hace falta.
La voz salió del aparato con un eco metálico, pero era inconfundible.
Bianca, en el suelo, se llevó una mano a la boca.
Había sido el miércoles por la noche.
La habitación estaba vacía, las luces apagadas, un camisón de seda sobre la cama deshecha.
Ella caminaba descalza de un lado a otro, con el teléfono pegado a la oreja, convencida de que nadie la escuchaba.
En el vídeo, la lucecita roja parpadeaba en el marco del espejo.
—Dime que ya está todo preparado —susurraba la grabación,

con un tono impaciente.
—Tengo la máquina en el bolso.
—Mañana, antes de la ceremonia, se la lleno de pelo, la niña llora, hay un escándalo, Alessandro se pone histérico y nadie vuelve a pensar en una muestra para un laboratorio.
Hubo una pausa en la grabación, el murmullo de una voz masculina al otro lado de la línea.
—No me eches la culpa a mí —respondió Bianca—.
—Tú fuiste el que me dijo que había que quitarle el pelo, que el análisis se hace con pelo.
—Yo solo sigo el plan.
—¿Y qué más da lo que cueste una niña, Gaspar?
—Marina también se puso tonta y ya ves.
Nadie respiró en la habitación.
El inspector Ramos cerró los ojos un segundo, como un hombre que por fin oye una canción que lleva años buscando.


La voz de Bianca continuaba.
—Después de la boda, el notario firma a las doce, y a la una ya soy la señora Rizzano.
—A la niña le preparo un par de semanas de leche reforzada, hospital, un informe de «complicaciones», y ya está.
—El treinta por ciento de las acciones pasa a su padre.
—Y de su padre, a mí.
—Y tú te quedas con tu comisión, y con tu silencio, como siempre.
—Prometido.
Un clic.
La grabación se cortó.
Un silencio pesado cayó sobre el cuarto roto.
Bianca estaba pálida, con los labios apretados y la respiración agitada.
Por primera vez no tenía ninguna frase preparada.
—Eso… eso está manipulado —balbuceó.
—Se puede cortar y pegar lo que quieras, hoy en día cualquiera hace…
—Tiene una firma de tiempo y un sello digital —dijo Ramos con una voz cansada y amable—.
—Y tiene un segundo archivo de vídeo en el que usted se echa unas gotas marrones en la mano y luego las huele.
—Así que le recomiendo que no insista.
Ella lo miró con odio.
Después miró a Alessandro.
Y fue entonces cuando hizo lo único que no se esperaba nadie.
Se echó a llorar.
Pero no era llanto de miedo.
Era un llanto largo, fabricado, que le temblaba en la voz y le empapaba las mejillas de rímel.
—Alessandro, mi amor —sollozó—.
—Es que tú no lo entiendes.
—Yo no quería.
—Me obligaron.
—Gaspar me tenía amenazada.
—Tiene las fotos de mi madre, tiene mis cuentas, tiene todo.
—Sin él yo no habría podido…
—Mi vida, por favor, la niña está bien.
—La niña está viva, ¿no? ¡La niña está viva!
Fue una palabra de más.
El pulso de Alessandro, que hasta ese momento había permanecido sereno, se quebró por dentro.
Dio un paso hacia ella.
El inspector alargó el brazo sin tocarlo.
—Aguante un segundo —le dijo en voz baja—.
—Aguante.
—Ahora toca esperar.
Alessandro se detuvo.
Tenía los puños apretados y una vena visible en la sien.
Estuvo así durante diez segundos largos, que parecieron diez años.
Y justo cuando estaba a punto de romper la última barrera de su paciencia, desde el pasillo llegó un sonido que nadie había oído hasta entonces en aquella casa.
Un tic, tic, tic.
Seco.
Rítmico.
Cada vez más cerca.
Rosalía, desde la habitación contigua, con Livia en brazos, se quedó helada.
La niña levantó despacio la cabeza de su hombro.
—Rosalía —susurró, con los ojos desmesuradamente abiertos—.
—El señor del reloj.
—Viene el señor del reloj.
En el pasillo, la puerta se abrió sin llamar.
Y por ella entró, con su traje gris perla, su flor blanca en la solapa y su expresión de padre ofendido, don Gaspar Ibáñez.
—¿Alessandro? —dijo, con una voz grave, afectuosa y perfectamente medida—.
—Hijo mío.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Y en su muñeca izquierda, a la luz limpia de la mañana, el reloj de oro marcaba con una calma insolente las once y cincuenta y dos.

Capítulo 7 – El padrino