—¡Fuiste tú el que me dijo que Marina había visto los papeles, que había visto lo que había hecho, y que por eso hubo que…!
—¡Cállate, estúpida!
Fue un grito.
Un grito de verdad, sin matices, desde el fondo de la garganta.
La máscara de padre bondadoso se hizo trizas igual que el espejo.
Don Gaspar Ibáñez se quedó de pie, respirando con fuerza, sudando bajo el traje gris perla, mirando a todos los presentes como una rata ve cerrarse una trampa.
Hubo un segundo de absoluta quietud.
Después, con una rapidez que nadie esperaba de un hombre de sesenta años, el notario giró sobre sus talones, empujó al agente que bloqueaba la puerta y salió corriendo hacia el pasillo.
Capítulo 8 – La terraza
—¡Que no salga de la casa! —gritó el inspector Ramos.
Alessandro ya corría.
Pasó entre los dos agentes, salió al pasillo y vio al notario doblar la esquina hacia la escalera de servicio con el traje ondeando y una mano en el pecho.
El reloj de oro tintineó contra el pasamanos.
La finca Rizzano tenía cuarenta y dos habitaciones, tres plantas y un laberinto de corredores que don Gaspar conocía mejor que ningún invitado.
Había paseado por ellos durante treinta años, siempre con la tranquilidad de un hombre que se siente en casa.
Ahora esa tranquilidad se le deshacía a cada paso.
Bajó los escalones de dos en dos, abrió de un empujón la puerta del servicio y salió al corredor de piedra que daba a la parte de atrás del edificio.
Allí, entre dos columnas de mármol, se abría la terraza del primer piso.
La misma terraza.
Con la misma barandilla, ahora de acero nuevo, que Alessandro había mandado sustituir tras la muerte de su esposa.
El aire de la mañana olía a azahar y a hierba mojada.
Más allá, en el jardín, doscientas personas aguardaban con copas de cava a que sonase el órgano.
Nadie miraba hacia arriba.
Don Gaspar se detuvo en el centro de la terraza, jadeante, y se giró.
Alessandro estaba en la puerta.
Detrás de él, a pocos metros, aparecieron el inspector y los dos agentes.
Detrás, un poco más lejos, Rosalía.
—Se acabó, Gaspar —dijo Alessandro.
—No tienes a dónde ir.
—No sabes lo que haces, chico —respondió el notario con la voz ronca—.
—No sabes con quién estás jugando.
—Treinta años.
—Treinta años cuidando de ti, de tu empresa,
de tu familia.
—¿Quién crees que mantuvo esta casa en pie cuando tu padre se murió?
—¿Quién crees que…?
—Marina descubrió que habías robado cuatro millones —lo interrumpió Alessandro.
Gaspar se quedó callado.
—Cuatro millones de euros, en diez años, a través de la fundación y de las sociedades pantalla —continuó—.
—Ella revisaba las cuentas.
—Tú sabías que lo descubriría tarde o temprano.
—Y aquella noche de tormenta fuiste a verla.
—No estaba en casa porque tú me habías pedido que fuera a Madrid a firmar un contrato que no existía.
—Había sido una trampa desde el principio.
—¿Y qué más da ya? —gritó don Gaspar.
Todo su cuerpo temblaba.
La cara, antes impasible, se le había descompuesto en una mueca de rabia y de miedo.
—¡Sí, fui a verla!
—¡Le ofrecí un trato!
—¡Le dije que podíamos arreglarlo,
que me daría un año para devolver el dinero, que nadie tendría por qué enterarse!
—¡Y ella se rio!
—¡Se rio en mi cara y dijo que por la mañana te lo contaría todo!
—¡Una mujer que no sabía nada de la vida y que me hablaba como si yo fuera un ladrón de gallinas!
—Cállese, don Gaspar —murmuró Ramos con los dientes apretados.
—Ya lo he dicho, ¿qué más da?
—El notario levantó los brazos—.
—Salió a la terraza a respirar.
—Yo la seguí.
—Tenía las manos en la barandilla, de espaldas, mirando la lluvia.
—Una barandilla vieja, oxidada, que yo mismo había aflojado esa tarde con una llave inglesa, por si acaso.
—Y entonces…
—Lo que hizo falta hacer.
Un rumor sordo recorrió la terraza.
Alessandro dio un paso adelante con las manos cerradas.
Tenía los ojos húmedos y la mandíbula temblando.
No dijo nada.
No podía.
En ese momento, el inspector Ramos, sin dejar de mirar a don Gaspar, hizo una seña casi imperceptible a Rosalía.
Ella sacó el móvil del bolsillo del delantal.
La pantalla mostraba una llamada en curso.
Al otro lado de la línea, escuchándolo todo desde hacía diez minutos, estaba la fiscal de guardia.
—Lo ha dicho todo —susurró Rosalía.
—Entero.
Don Gaspar la vio.
Entendió.
Y entonces sonrió, con una sonrisa vacía, rota, la de quien ya no tiene nada que perder.
—Muy bien —dijo—.
—Todo grabado.
—Pero una cosa se os ha olvidado.
—No había testigos.
—Nadie vio nada.
—Esa noche solo estábamos ella, yo y el viento.
—Eso es una confesión, pero sin una prueba, mañana tu abogado la…
Una vocecita lo interrumpió.
—Tic, tic, tic.
Todos se volvieron.
En el umbral de la puerta de la terraza, con el vestido de tul arrugado, la cabeza medio pelada y la mano apretada contra la de la doctora Inés Salgado, estaba Livia.
La niña tenía los ojos muy abiertos.
No lloraba.
Miraba al notario sin parpadear.
—Livia, cariño, no mires —dijo Alessandro, dando un paso hacia ella con la voz quebrada.
—Quiero decirle una cosa a papá —respondió la niña, muy bajito—.
—Y al señor del reloj.
Se hizo un silencio total.
Don Gaspar, por primera vez, no supo qué hacer con las manos.