—¿Por qué me lo cuentas a mí y no a la policía?
—Porque si voy a la policía con un informe y una criada de la que nadie se fía, Bianca llora delante de una cámara, se hace la víctima, y mañana la vuelve a tener a usted de su lado.
—Rosalía se aferró al borde de la mesa—.
—Y la niña seguiría bebiendo esa leche.
Alessandro se dio la vuelta.
La miró durante un rato largo, como si la viera por primera vez.
—Tú no eres una criada.
Ella sostuvo la mirada.
—Hoy sí —dijo—.
—Necesito que hoy lo sea.
Hubo un silencio.
Fuera, en el patio, un perro ladró dos veces y se calló.
—Dime qué hay que hacer —dijo él al fin.
Rosalía respiró hondo y le contó el plan que llevaba semanas armando en la cabeza.


Fingir que nada había cambiado.
Cambiar la leche de la niña por otra, sin que nadie lo notara, y reunir pruebas mientras Bianca creyera que todo iba bien.
Llamar a la única persona que podía actuar sin levantar sospechas, un inspector apartado de su propio caso que le debía un favor a su madre.
Y esperar.
Esperar a que la novia diera un paso en falso.
—Una boda —murmuró Alessandro, con una mueca amarga.
—¿Quieres que me case con la mujer que está envenenando a mi hija?
—No —dijo Rosalía—.
—Quiero que lo parezca.
Hacia el final de la noche, antes de que amaneciera, Alessandro le hizo una última pregunta, mirando por la ventana el cielo todavía oscuro.
—¿Por qué lo haces, Rosalía?
—No tienes nada que ganar.
Ella tardó en responder.


Cuando lo hizo, su voz sonó más joven de lo que era.
—Porque alguien me enseñó una vez que a los niños hay que cuidarlos aunque nadie se dé cuenta.
Alessandro no preguntó más.
No sabía todavía que aquella frase escondía un nombre.
Y que ese nombre, tres meses después, iba a cambiarlo todo.

Capítulo 5 – Lo que dicen los tatuajes

En el brazo izquierdo de Alessandro Rizzano había una golondrina y una fecha.
Catorce de noviembre.
Todo el que lo conocía creía que era un tatuaje de juventud, uno de esos caprichos de los que uno no sabe ya por qué se hizo.
Pero esa fecha no era de juventud.
Era la noche en que Marina murió.
Marina Ibarra era su esposa, la madre de Livia, una mujer menuda,

de risa fácil y mirada tenaz, que llevaba las cuentas de la empresa familiar con un rigor que irritaba a muchos y salvaba a todos.
Tres años atrás, en plena tormenta, la encontraron al amanecer al pie de la terraza de la finca.
Había caído desde el balcón del primer piso, a través de una barandilla de hierro que llevaba generaciones en su sitio.
El informe oficial habló de un accidente.
La barandilla estaba oxidada, decían.
La lluvia había hecho el resto.
Livia tenía entonces tres años.
La encontraron dormida en su cuarto, con el camisón sucio de barro, y desde aquella noche no volvió a pronunciar una sola palabra durante meses.
Alessandro no se perdonó nunca no haber estado en casa.
Esa culpa se le fue haciendo piel.
Primero un tatuaje,

después otro, hasta que llegó un día en que ya no cabía más dolor en el cuerpo y se limitó a trabajar.
Por eso se dejó querer por Bianca.
No porque la amara.
Porque estaba tan cansado de estar solo que confundió el calor con la bondad.
—No es culpa suya —le dijo Rosalía aquella misma mañana en la cocina, cuando todavía no había amanecido y los dos seguían mirando el informe sobre la mesa.
—Las personas como ella son buenas en una sola cosa.
—En parecer lo que la gente necesita.
Desde ese día, la casa se convirtió en un escenario.
Alessandro sonreía a Bianca en la cena.
Elegía con ella las flores, las servilletas, el menú.
Fingía besarla en la mejilla mientras apretaba el puño bajo la mesa.
Cada noche, a las nueve, la leche caliente de Livia iba a parar al fregadero, y otra leche, comprada por Rosalía en una tienda del pueblo, llegaba en su lugar a la taza de la niña.
Cada mañana, Rosalía registraba los gestos de Bianca como un cirujano que busca una vena.
El inspector Ramos venía de noche, por la puerta de la cocina, con una gorra de repartidor y un termo de café.
Era un hombre grande, cansado, con las manos manchadas de nicotina y una memoria de elefante.
Había tenido el caso de Marina entre manos tres años antes, antes de que lo apartaran sin explicaciones.
Todavía lo recordaba.
—Eso nunca me gustó —dijo la primera noche—.
—Esa barandilla estaba en perfecto estado.
—Yo la inspeccioné dos días antes de la tormenta.
—¿Usted lo dijo en su informe? —preguntó Rosalía.
—Lo dije.
—Y el expediente se cerró en una semana.
—Alguien tenía prisa.
Rosalía y Alessandro se miraron.
Aquella frase quedó flotando en la cocina como el humo del café.
Hubo una pausa.
—Hay una cosa que debo decirle antes de seguir, señor Rizzano —continuó el inspector, bajando la voz—.
—Con una mujer como la señorita Moretti, el veneno es el síntoma.
—Lo que busca es otra cosa.
—¿Dinero? —preguntó Alessandro.
—Control.
—Rosalía sacó de un cajón un montón de papeles—.
—Marina dejó a Livia el treinta por ciento de las acciones de la empresa, a través de un fideicomiso.
—Mientras la niña viva, ese dinero queda bloqueado hasta que cumpla veinticinco años.
—Pero si algo le sucediera, pasaría directamente a su padre.
—Y si su padre estuviera casado en comunidad de bienes… —continuó Ramos.
—Pasaría a la esposa —terminó Alessandro, con la boca seca.
Nadie dijo nada.
Fuera, un trueno lejano retumbó sobre la sierra.
Esa tarde, Alessandro aceptó el plan hasta el final.
Se casaría con Bianca.
O mejor dicho: haría que Bianca creyera que se casaría con él.
El día de la boda, a las doce, un notario firmaría el acta en un salón contiguo a la capilla.
En ese momento, la policía entraría con las pruebas.
Pero había un problema.
Un problema que Rosalía había detectado dos semanas antes y que no se había atrevido a contar.
—Hay alguien más —dijo, mientras recogían las tazas de la última reunión—.
—Bianca no ha tenido un solo momento a solas con la medicina.
—Siempre sabía exactamente cuándo la doctora Salgado me iba a enviar los resultados.
—Siempre se adelantaba.
—¿Quieres decir que alguien le avisa? —preguntó el inspector.
—Digo que alguien de esta casa le cuenta lo que no debería.
—¿Quién sabía lo de la segunda muestra? —preguntó Alessandro.
Hizo falta poco para llegar a una respuesta.