El tercero era una copia de una identificación que yo reconocía demasiado bien.

La de mi suegra.

Y junto a su nombre aparecía una firma autorizando una operación por un millón doscientos mil pesos.

Pero la fecha del contrato era anterior a la primera transferencia que yo había descubierto.

Que te guste

Alguien había empezado a mover el dinero mucho antes de que Daniel admitiera sus deudas.

Y el remitente del correo aseguraba tener pruebas de que mi esposo no había sido el verdadero responsable de todas las operaciones.

La primera llamada de mi abogada llegó a las nueve de la mañana del día siguiente.

No había dormido bien. Pasé la noche revisando documentos, comparando fechas y anotando cada movimiento que no reconocía.

Tenía una libreta llena de cifras.

A un lado estaban los doscientos ochenta mil pesos que habían salido de mi cuenta compartida. Al otro, las solicitudes de crédito relacionadas con la casa y los documentos de la empresa de Daniel.

Pero el correo anónimo había abierto una pregunta que no podía ignorar.

¿Quién había recibido realmente el dinero?

Mi abogada, la licenciada Mariana Salgado, me pidió que no respondiera al remitente hasta que revisara los archivos.

—No sabemos quién envió ese mensaje ni por qué quiere involucrarte —me explicó por teléfono—. Vamos a tratarlo como una pista, no como una prueba definitiva.

Le envié copias de los documentos que había reunido.

Una hora después me llamó de nuevo.

—Emily, hay una inconsistencia importante en el contrato.

Me senté frente a la computadora.

—¿Cuál?

—La firma que aparece como responsable de la operación no es la tuya. El documento utiliza tus datos personales, pero la firma parece corresponder a otra persona.

—¿A Patricia?

—No puedo confirmarlo todavía. Necesitamos que un especialista examine el original. Sin embargo, el número de identificación que aparece en el anexo corresponde a tu suegra.

Sentí que el estómago se me encogía.

—Entonces ella solicitó el dinero utilizando mis datos.

—Eso es lo que debemos investigar. También hay que averiguar si Daniel participó, si conocía la operación y quién recibió los fondos.

Miré la pantalla.

El contrato indicaba que el préstamo se había solicitado a través de una empresa privada de financiamiento. La cantidad era de un millón doscientos mil pesos.

La misma cifra que Daniel había reconocido como deuda.

Pero había un detalle adicional.

El dinero no había sido depositado en una cuenta de mi esposo.

Había sido transferido a una cuenta de una sociedad llamada Servicios Patrimoniales del Centro.

Nunca había oído ese nombre.

—¿Conoces esa empresa? —preguntó Mariana.

-No.

—Entonces tendremos que revisar quién aparece como representante y qué relación tiene con Daniel y Patricia.

La abogada me pidió que no me pusiera en contacto con ellos para preguntarles. Quería que las respuestas quedaran documentadas y que ninguna confrontación pusiera en riesgo las pruebas.

Acepté.

Durante la tarde, fui a mi banco para solicitar un historial oficial de movimientos de la cuenta compartida. También pedí información sobre las autorizaciones registradas y cambié mis contraseñas personales desde un dispositivo seguro.

No sabía si Daniel había tenido acceso a mis correos, pero ya no estaba dispuesta a correr riesgos innecesarios.

Al salir del banco, encontré un mensaje de Ernesto.

«Emily, necesito verte. Descubrí algo sobre la empresa que aparece en los documentos. Creo que debes saberlo antes de hablar con Daniel».

Le respondí que podía reunirme con él en un café al día siguiente, siempre que la licenciada Mariana estuviera presente.

Ernesto aceptó.

A la mañana siguiente nos encontramos en un establecimiento tranquilo cerca de una avenida concurrida. Mi suegro parecía haber envejecido varios años en apenas dos días.

Tenía ojeras y llevaba una carpeta azul bajo el brazo.

Mariana llegó unos minutos después.

—Antes de empezar —dijo la abogada—, quiero dejar claro que mi prioridad es proteger los derechos de Emily. Señor Ernesto, puede compartir la información que considere pertinente, pero no esperamos que Emily tome ninguna decisión sin revisar los documentos.

Él asintió.

—Lo entiendo.

Sacó una hoja de registro mercantil.

Servicios Patrimoniales del Centro había sido constituida un año antes. En los documentos figuraba Daniel como administrador y Patricia como representante autorizada para determinadas operaciones.

Pero la empresa no tenía una actividad comercial clara.

Su domicilio fiscal correspondía a una oficina que, según Ernesto, llevaba meses vacía.

—Cuando encontré los documentos de la solicitud de crédito, pedí a mi contador que revisara las sociedades vinculadas a mi familia —explicó—. Descubrió que esta empresa había recibido pagos de varios negocios con los que Daniel había trabajado.

Mariana examinó la hoja.

—¿Qué clase de pagos?

—Anticipos, supuestos honorarios y devoluciones de préstamos. Algunos parecen normales, pero otros no tienen contratos que los respalden.

—¿Cuánto dinero recibió la empresa?

Ernesto abrió otra carpeta.

—No he conseguido reconstruirlo todo. Pero, en los registros que pudimos revisar, aparecen transferencias por más de dos millones de pesos durante el último año.

Me quedé inmóvil.

Dos millones.

No era una cifra que pudiera explicarse fácilmente como una mala inversión.

—¿Y de dónde salió ese dinero? —pregunté.

—De varias fuentes. Una parte provino de la cuenta de Daniel. Otra, de un negocio en el que yo había invertido. Y hay dos transferencias que parecen estar relacionadas con tu cuenta compartida.

Sentí que la boca se me secaba.

Mariana tomó notas.

—Necesitamos obtener los estados de cuenta completos y establecer quién autorizó cada movimiento. No debemos asumir que todas las operaciones tienen el mismo origen.

Ernesto asintió.

Después sacó un documento doblado.

—Hay otra cosa.

Era una carta dirigida a una entidad financiera. En ella, Patricia solicitaba que se revisara una operación de crédito utilizando la casa como respaldo patrimonial.

El documento estaba fechado tres meses antes.

—¿Por qué tenía esto? —pregunté.

—Porque la entidad me contactó para verificar información relacionada con una propiedad que yo había transferido legalmente. Me sorprendió que la solicitud incluyera datos de Emily. Entonces pedí una copia.

Mariana estudió la carta.

—¿Usted autorizó alguna vez que su esposa utilizara esta propiedad como garantía?

—No.

—¿Su hijo?

—Tampoco tenía autorización.

La abogada cerró la carpeta.

—Entonces tenemos varios asuntos que deben revisarse de forma independiente: las transferencias de la cuenta compartida, la posible utilización de datos personales sin consentimiento y los intentos de comprometer una propiedad ajena a los solicitantes.

Miré a Ernesto.

—¿Por qué no me contó esto antes de Navidad?

Su rostro se llenó de culpa.