Había una fotografía de Daniel tomada durante una comida de negocios. A su lado estaba Laura.

Era la misma mujer de la imagen que había recibido.

Pero en esa fotografía había algo que no había visto antes.

Laura llevaba un anillo de oro en la mano izquierda.

No podía distinguir si era de compromiso o simplemente una joya, pero el detalle me hizo recordar una conversación que había tenido con Daniel unos meses antes.

Él había regresado a casa después de una supuesta reunión con inversionistas y me había dicho que uno de sus socios estaba pasando por un divorcio complicado.

Ahora no sabía si aquella historia tenía alguna relación con Laura.

El encargado de seguridad llegó con una computadora portátil.

—Encontré una grabación del martes pasado —dijo—. No es de muy buena calidad, pero se distingue a las personas que entraron.

Reprodujo el video.

A las cuatro y doce de la tarde, una camioneta se estacionó frente a la casa.

Patricia bajó primero.

Daniel apareció unos segundos después.

Y luego salió Laura.

Los tres entraron por la puerta principal.

Me quedé mirando la pantalla.

La hora coincidía con una tarde en la que yo había estado trabajando con un cliente en su oficina. Daniel me había enviado un mensaje ese día para preguntarme si regresaría tarde.

Yo le había contestado que probablemente sí.

En el video, Laura no parecía una visitante nerviosa. Entró como alguien que sabía exactamente adónde iba.

Unos veinte minutos después, Patricia salió al jardín para contestar una llamada.

Daniel y Laura permanecieron dentro.

La grabación no mostraba qué hicieron, pero cuando salieron, Laura llevaba una carpeta azul bajo el brazo.

Ernesto se puso de pie.

—Esa es la carpeta que falta.

Mariana detuvo el video.

—Necesitamos conservar la grabación original y documentar cómo se obtuvo. No vamos a sacar conclusiones sobre el contenido de la carpeta hasta que podamos verificarlo.

Ernesto asintió y pidió una copia oficial al encargado.

Yo no podía dejar de mirar la pantalla.

La mujer que aparecía junto a mi esposo había entrado en mi casa mientras yo trabajaba. Había salido con documentos que mi suegro consideraba importantes.

Y ahora sabía que tenía acceso a las llaves.

—Quiero hablar con ella —dije.

Mariana me miró con seriedad.

—Podemos intentar localizarla, pero te recomiendo que no la contactes por tu cuenta ni acudas a ningún lugar sin que sepamos qué está ocurriendo.

Ernesto sacó su teléfono.

—Tengo su número. Daniel me lo dio hace meses porque supuestamente ella coordinaba algunos asuntos financieros.

Mariana le pidió que no llamara todavía.

Primero verificó los datos que aparecían en los documentos de la empresa. Laura Méndez figuraba como asesora externa y beneficiaria de varias transferencias.

También aparecía como contacto de emergencia de Servicios Patrimoniales del Centro.

Eso no demostraba que hubiera participado en un delito, pero sí establecía una relación financiera que merecía investigarse.

Al mediodía, mientras Mariana terminaba de revisar los documentos, mi teléfono recibió una llamada de un número desconocido.

Contesté sin decir nada.

—¿Emily? —preguntó una voz femenina.

Reconocí inmediatamente el tono.

Era Laura.

—¿Quién habla?

—Soy Laura Méndez. Necesito hablar contigo.

Miré a Mariana, que me hizo una señal para que mantuviera la conversación tranquila.

—¿Cómo conseguiste mi número?

—Daniel me lo dio hace tiempo.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Para qué quieres hablar conmigo?

Laura guardó silencio unos segundos.

—Porque Daniel no te está diciendo toda la verdad. Y porque Patricia acaba de pedirme que destruya unos documentos que podrían demostrarlo.

Mariana se acercó para escuchar mejor.

Yo respiré profundamente.

—¿Qué documentos?

—Los que saqué de la casa.

—¿Tú sacaste la carpeta azul del despacho de Ernesto?

—Sí.

La respuesta me dejó sin palabras.

Laura continuó:

—Pero no la tengo yo ahora. Daniel me la quitó ayer y me dijo que, si alguien preguntaba, debía negar que había estado en la casa.

Mariana tomó una hoja y escribió una pregunta para que yo la hiciera.

«¿Por qué aceptaste llevarte los documentos?».

Repetí la pregunta.

Laura soltó un suspiro.

—Porque Daniel me prometió que iba a terminar su matrimonio. Me dijo que la casa estaba destinada a él y que solo necesitaba resolver unos asuntos antes de que pudiéramos empezar una vida juntos.

Sentí que las lágrimas comenzaban a llenar mis ojos.

No quería darle a Laura el poder de lastimarme con sus palabras, pero escucharlas hizo que la traición adquiriera una forma mucho más concreta.

—¿Eres su amante? —pregunté.

Hubo un silencio largo.

—Sí —respondió finalmente—. Desde hace casi un año.

Cerré los ojos.

Mariana permaneció a mi lado.

Laura continuó hablando con voz temblorosa.

—Sé que no tengo derecho a pedirte comprensión. Yo sabía que estaba casado, pero Daniel me dijo que su matrimonio estaba terminado y que tú solo seguías con él porque dependías económicamente de su familia.

Solté una risa amarga.

—¿Dependía económicamente de él? Trabajo desde antes de conocerlo.

—Lo sé ahora.

—¿Y por eso aceptaste recibir dinero de su empresa?

Laura comenzó a llorar.

—Al principio me dijo que eran honorarios por ayudarlo con unos proyectos. Después descubrí que algunos pagos no tenían relación con ningún trabajo real. Cuando quise retirarme, me dijo que ya estaba involucrada y que, si hablaba, podía perderlo todo.

No sabía si creerle.

Podía estar diciendo la verdad.

También podía estar intentando salvarse al ver que las cosas comenzaban a salir a la luz.

Mariana me hizo otra señal.

—Necesitamos saber qué documentos tienes y si estás dispuesta a entregarlos por los medios adecuados.

Laura respondió inmediatamente:

—Sí. Pero hay algo que debes saber antes.

Su voz cambió.

Ya no sonaba avergonzada.

Sonaba asustada.

—Daniel no quiere quedarse con la casa por orgullo ni porque su mamá crea que le pertenece. Necesita que tú aparezcas como responsable de la deuda porque alguien más le está exigiendo el dinero.

Me incorporó.

—¿Quién?

Laura respiró con dificultad.

—Una persona que le prestó una cantidad mucho mayor de la que te ha dicho.

—¿Cuánto dinero?