Y esa fue la primera Navidad que pude imaginar sin miedo: una mesa pequeña, café caliente, la mano de mi madre entre las mías y una tranquilidad que no dependía de que nadie más cambiara.

La casa podía tener escrituras.

Las empresas podían tener contratos.

Las deudas podían tener cifras.

Que te guste

Pero mi dignidad nunca había estado en venta.

Y esa, a diferencia de todo lo que Daniel había prometido, era una verdad que nadie podía quitarme.