Ahora Laura afirmaba que existía una tercera persona.
Que te guste
Alguien que conocía a mi esposo desde antes de que nuestras vidas se cruzaran.
Y si ese mensaje era cierto, la historia que yo había descubierto hasta entonces todavía estaba incompleta.
La reunión con Laura se realizó a las diez de la mañana en la oficina de Mariana.
Yo no quería verla.
No quería escuchar explicaciones de la mujer con la que mi esposo me había engañado durante casi un año, ni conocer detalles de una relación que había existido mientras yo seguía intentando salvar nuestro matrimonio.
Pero tampoco podía ignorar los documentos que decía tener.
Laura llegó acompañada por un abogado propio.
Vestía de negro y llevaba una carpeta blanca contra el pecho. Parecía más joven que en las fotografías, aunque sus ojos tenían una expresión cansada.
Cuando me vio, se detuvo junto a la puerta.
—Emily, sé que no tengo derecho a pedirte nada.
—Entonces no me pidas nada. Entrega los documentos y responde las preguntas.
Su abogado intervino.
—Mi clienta está dispuesta a colaborar, siempre que quede claro que no está admitiendo ninguna responsabilidad que no haya sido determinada.
Mariana asintió.
—Eso es razonable. Estamos aquí para conocer los hechos y revisar la documentación.
Nos sentamos alrededor de la mesa.
Laura abrió la carpeta.
Sacó una copia de un contrato, varios correos electrónicos y una memoria USB dentro de una bolsa transparente.
—Este es el documento que Patricia me pidió esconder —dijo.
Mariana examinó la primera página.
Era un acuerdo relacionado con Servicios Patrimoniales del Centro. En el encabezado aparecían los nombres de Daniel y Ricardo Salvatierra.
La fecha correspondía a principios de año.
Laura explicó que había conocido a Daniel en una reunión comercial. En aquel momento, él le había dicho que buscaba inversionistas para un proyecto inmobiliario y que necesitaba ayuda para organizar las operaciones financieras.
Ella trabajaba como asesora independiente y aceptó colaborar.
Durante los primeros meses, según su versión, los pagos correspondían a servicios reales.
Después comenzaron a aparecer transferencias que no tenían contratos ni facturas que las respaldaran.
—¿Por qué seguiste trabajando con él? —pregunté.
Laura bajó la mirada.
—Porque estaba enamorada de él y porque me convenció de que todo tenía una explicación. Cuando empecé a hacer preguntas, me dijo que la empresa atravesaba un problema temporal y que necesitaba que confiara en él.
—¿Cuándo supiste que estaba casado?
—Lo sabía desde el principio.
La respuesta me dolió, aunque ya no me sorprendía.
—Entonces sabías que me estaba engañando.
—Sí.
Laura no intentó justificarse.
—Me dijo que ustedes vivían separados emocionalmente, que el matrimonio era una obligación familiar y que pronto terminaría. Yo quise creerle.
—¿Y cuándo empezaste a sospechar que también te estaba utilizando?
Laura abrió uno de los correos electrónicos.
—Cuando me pidió que recibiera pagos de la empresa en mi cuenta personal. Me dijo que era una manera de resolver unos problemas administrativos. Después me pidió que devolviera parte del dinero a otra cuenta.
Mariana estudió los documentos.
—¿Usted recibió dinero sin prestar los servicios correspondientes?
Laura apretó los labios.
—Recibí transferencias que no puedo justificar con contratos. No voy a negar eso. Pero puedo mostrar de dónde llegaron y qué instrucciones recibí.
Sacó una lista de movimientos.
Las cantidades coincidían con algunas de las transferencias que habíamos encontrado en los registros de la empresa.
No todas.
Había otras operaciones que todavía no conocíamos.
—¿Qué ocurrió con el dinero? —pregunté.
—Una parte permaneció en mi cuenta. Otra fue transferida a una empresa que Daniel me indicó. Cuando me di cuenta de que algunas operaciones podían ser irregulares, dejé de colaborar y busqué asesoría.
—¿Y la fotografía que me enviaron?
Laura palideció.
—No fui yo.
—¿Sabes quién la envió?
—No. Pero imagino que alguien quería que descubrieras nuestra relación.
Mariana intervino.
—No vamos a especular sobre la identidad del remitente. Lo importante es revisar los documentos que está entregando y verificar las operaciones.
Laura asintió.
Después sacó la memoria USB.
—Aquí hay copias de los correos que intercambié con Daniel y Patricia. También hay una conversación que me hizo comprender que estaban utilizando a Emily para resolver una deuda que yo no había creado.
Mariana le pidió que explicara antes de abrir los archivos.
Laura respiró hondo.
—Ricardo Salvatierra no fue el primer inversionista de Daniel. Antes de conocerlo, Daniel ya había recibido dinero de otra persona para un proyecto que nunca se concretó.
—¿Quién? —pregunté.
Laura miró directamente hacia mí.
—Un hombre llamado Gabriel Torres.
El nombre no me resultaba familiar.
Mariana tomó nota.
—¿Qué relación tiene con Daniel?
—Fueron socios en un negocio hace varios años. Daniel me dijo que Gabriel había perdido una gran cantidad de dinero y que seguía reclamándosela.
—¿Cuánto dinero? —preguntó Mariana.
—No sé la cantidad exacta. Pero escuché a Daniel decir que la deuda original había crecido con los intereses y que necesitaba pagarla antes de que Gabriel presentara una demanda.
Sentí que la cabeza me daba vueltas.
—¿Y por eso creó la empresa?
Laura asintió.
—Según lo que me dijo, la empresa iba a permitirle reorganizar sus inversiones y conseguir nuevos créditos. Pero los proyectos no generaron suficiente dinero.
—¿Y qué tiene que ver mi casa?
Laura bajó la mirada.
—Daniel creía que, si conseguía que firmaras los documentos, podría presentar la propiedad como parte de su respaldo financiero. Eso le habría dado tiempo para negociar con Ricardo y Gabriel.
Mariana no apartaba los ojos de los papeles.
—Necesitamos separar lo que usted escuchó de lo que puede demostrar documentalmente. ¿Tiene mensajes que respalden esa versión?
Laura abrió un correo electrónico.
El remitente era Daniel.
La fecha era de hacía ocho meses.
El mensaje mencionaba a Gabriel y una deuda pendiente. Daniel pedía a Laura que preparara un resumen financiero para presentar a posibles inversionistas.
Adjunto al correo había una hoja de cálculo.
En ella aparecían varias obligaciones acumuladas.
La primera correspondía al dinero recibido de Gabriel.
La segunda, a los préstamos posteriores.
La tercera, a los pagos que Daniel había realizado a través de Servicios Patrimoniales del Centro.
Y la última incluía una cantidad que me hizo sentir que el suelo se movía bajo mis pies.
Doscientos ochenta mil pesos.
El dinero que habían sacado de mi cuenta compartida.