—No puedo afirmar cuál era la naturaleza de esa relación. Solo puedo decir que la transferencia existe y que no encontré un contrato comercial que la justificara.

Mariana tomó el documento.

—Eso es suficiente para investigar el movimiento, pero no para sacar conclusiones sobre su propósito.

Asentí, aunque la mente ya me estaba llevando a conversaciones que había tenido con Daniel meses antes.

Las noches en que decía que tenía reuniones inesperadas.

Los fines de semana en que salía con el pretexto de visitar proveedores.

Las veces que me pedía que no hiciera preguntas porque estaba bajo mucha presión.

Tal vez había otras mentiras.

Tal vez aquella empresa no era el único secreto que había mantenido lejos de mí.

Mauricio dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Hay algo más que deberían saber. Laura Méndez no fue la única persona que recibió transferencias. Pero su nombre aparece en una instrucción que Daniel envió pocos días antes de Navidad.

Mariana lo miró con atención.

—¿Qué instrucción?

Mauricio deslizó una copia del correo hacia nosotros.

El mensaje estaba fechado el 22 de diciembre.

Daniel pedía que se preparara una transferencia adicional a la cuenta de Laura después de una reunión familiar.

Y al final había una frase que me hizo sentir que todo el aire desaparecía de la habitación.

«Cuando Emily firme los documentos, podremos cerrar el asunto y dejar de preocuparnos por lo que sabe».

Me quedé mirando las palabras.

No era una prueba de infidelidad.

Tampoco demostraba por sí sola que Laura hubiera participado en la operación financiera.

Pero sí demostraba que Daniel había planeado mover más dinero después de obtener mi firma.

Mariana guardó el correo y me explicó que lo incorporaría a la revisión documental.

Yo apenas la escuchaba.

Pensaba en mi alianza, abandonada junto al plato de Navidad.

Pensaba en mi mano vendada.

Pensaba en el hombre que había jurado amarme y que, al parecer, llevaba meses preparando documentos para convertirme en responsable de sus deudas.

Cuando salí de la oficina, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

No tenía saludo ni explicación.

Solo una fotografía.

En ella aparecían Daniel y una mujer de cabello oscuro sentados juntos en una terraza. Él tenía una mano sobre la de ella y sonreía de una manera que no le había visto en meses.

Debajo de la imagen había una frase:

«Si de verdad quieres conocer a tu esposo, pregúntale quién es Laura Méndez y por qué le prometió una vida contigo fuera de la casa».

Me quedé inmóvil en la banqueta.

No sabía quién había enviado la fotografía ni si el mensaje pretendía ayudarme o manipularme.

Pero ahora tenía un nombre.

Laura Méndez.

Que te guste

Y una nueva pregunta que podía cambiar todo lo que todavía creía saber sobre mi matrimonio.

Porque, mientras yo buscaba la verdad sobre el dinero, alguien acababa de abrir una puerta hacia un secreto que Daniel quizá llevaba mucho más tiempo ocultando.

La mujer de la fotografía no solo conocía a mi esposo: llevaba meses recibiendo dinero de una empresa que él había creado en secreto, y alguien acababa de advertirme que Daniel planeaba abandonarme después de conseguir mi firma.

Me quedé mirando la imagen en la pantalla del teléfono hasta que las letras comenzaron a confundirse.

Daniel sonreía en aquella terraza. Tenía una camisa azul que yo le había regalado por su cumpleaños y el reloj que le compré con mis ahorros cuando todavía creía que éramos un equipo.

La mujer sentada frente a él llevaba el cabello oscuro suelto y una blusa blanca. Era atractiva, pero lo que más me inquietó fue la confianza con la que apoyaba la mano sobre la de mi esposo.

No parecía una reunión de negocios.

Tampoco parecía un encuentro casual.

Sin embargo, recordé las palabras de Mariana: una fotografía no demostraba una relación sentimental, y un mensaje anónimo podía esconder intenciones que yo desconocía.

No iba a permitir que alguien más decidiera qué debía creer.

Le envié la imagen a mi abogada y le expliqué que había recibido una amenaza indirecta relacionada con Laura Méndez.

Su respuesta llegó pocos minutos después.

«No confrontes a Daniel ni a esa mujer todavía. Conserva el mensaje original y no respondas al remitente. Primero debemos comprobar qué relación existe entre ella, la empresa y los documentos que estamos revisando».

Hice exactamente lo que me pidió.

Pero esa noche no pude dejar de pensar en la fotografía.

Mi madre intentó distraerme preparando café de olla y calentando unas tortillas para cenar. Me preguntó si quería que viéramos una película, pero le dije que prefería descansar.

Estaba agotada.

No solo por el dolor físico, sino por la sensación de haber vivido tres años dentro de una historia que alguien más había escrito por mí.

A las diez y media, recibí una llamada de Verónica.

—Emily, necesito decirte algo antes de que te enteres por otra persona.

Me incorporé en el sillón.

—¿Qué pasó?

—Mamá fue a buscarte a tu casa esta tarde.

Sentí un escalofrío.

—¿A la casa de Ernesto?

—Sí. Llegó con Daniel y estuvieron discutiendo durante casi una hora. Mi papá no los dejó entrar al despacho, pero alcancé a escuchar algunas cosas.

—¿Qué cosas?

Verónica respiró hondo.

—Mamá le dijo a Daniel que tenía que encontrar una manera de recuperar las escrituras antes de que tú hablaras con un abogado. También le dijo que Laura ya estaba desesperada porque le había prometido que todo estaría resuelto antes de terminar el año.

Me apreté el teléfono contra la oreja.

—¿Escuchaste algo más?

—Sí. Daniel dijo que no podía seguir pidiéndole dinero a Laura. Después mamá respondió que, si él no resolvía el problema, los dos terminarían perdiéndolo todo.

Me quedé callada.

—Emily, creo que Laura no es solamente una mujer con la que Daniel trabaja.

—¿Por qué lo dices?

—Porque escuché a mi mamá decir que Laura había estado en nuestra casa varias veces mientras tú estabas trabajando.

Sentí un golpe en el estómago.

—¿En mi casa?

—Sí.

—¿Y tú la conoces?

Verónica tardó en responder.

—La he visto dos veces. Mamá la presentó como una asesora financiera. Pero la segunda vez, cuando entré a la sala, Laura estaba mirando unas fotografías de tu boda.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué fotografías?

—Las que están en el mueble de la entrada. Las tomó de una caja y estaba revisándolas. Cuando me vio, las guardó rápidamente.

No supe qué decir.

Verónica continuó:

—Pensé que era una curiosidad sin importancia. Ahora me doy cuenta de que quizá sabía mucho más sobre ti de lo que aparentaba.

—¿Sabes si tenía acceso a la casa?

—No lo sé. Pero recuerdo que mamá le dijo a Daniel que le diera una copia de las llaves para que pudiera revisar unos documentos cuando ellos no estuvieran.

Me levanté de golpe.

—¿Cuándo pasó eso?

—Hace unas seis semanas.

Miré a mi madre, que había aparecido en la puerta de la cocina al escuchar mi tono de voz.

Le hice una señal para que esperara.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Sí, Emily. Lo recuerdo porque me sorprendió que mamá confiara tanto en una persona que apenas conocíamos.

Terminé la llamada y marqué inmediatamente a Mariana.

Le expliqué lo que Verónica había contado.

La abogada me recomendó no regresar sola a la propiedad y hablar con Ernesto para determinar quién tenía acceso a las llaves. También me recordó que cualquier cambio de cerraduras o medida relacionada con la vivienda debía realizarse respetando los derechos de quienes legalmente pudieran ocuparla.

No quería correr riesgos ni convertir mis sospechas en acusaciones sin fundamento.

Pero tampoco pensaba quedarme esperando mientras otras personas entraban y salían de la casa que aparecía a mi nombre.

A la mañana siguiente, Ernesto me llamó.

—Emily, necesito pedirte que vengas a la propiedad con Mariana —dijo—. Hay algo que descubrí en el despacho y creo que está relacionado con Laura.

Acordamos encontrarnos a las once.

Cuando llegué, acompañada por mi abogada, Ernesto nos recibió en la entrada. Parecía avergonzado.

—No sabía que Laura tenía llaves —admitió—. Pero ayer descubrí que alguien abrió el despacho mientras yo estaba fuera.

—¿Falta algo? —preguntó Mariana.

—No lo sé. Hay documentos que estaban desordenados y una carpeta que no encuentro.

Nos condujo al despacho.

La habitación olía a madera encerada y café. Sobre el escritorio había varios archivadores, una computadora y un pequeño marco con una fotografía familiar.

Ernesto señaló una estantería.

—La carpeta que falta contiene copias de los documentos de la propiedad y algunos registros de las sociedades de Daniel.

Mariana observó la cerradura.

—¿Quién más tiene acceso a esta habitación?

—Mi esposa, Daniel y yo. También la persona que tenga una copia de la llave de entrada.

—¿Hay cámaras?

Ernesto asintió.

—En la entrada y en el pasillo.

Llamó al encargado de seguridad de la propiedad y le pidió que revisara las grabaciones disponibles.

Mientras esperábamos, miré el escritorio.